PUNTOS DE VISTA – Pancho L. Guerrero

Esta historia habla sobre las distintas formas de ver las cosas, se llama “Puntos de Vista” y pertenece a las FÁBULAS MACABRAS de Pancho L, Guerrero.

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PUNTOS DE VISTA

PARTE 1 – “LA HORA GRIS” (GP RADIO – 105.7 F.M.)

Alejandro Tebas era un periodista e investigador de renombre en nuestro país. Presentaba y dirigía un conocido programa sobre parapsicología que se hacía a diario en la radio local del Grupo Progresista, emitido desde Cañaveral para el resto de Estados Unidos y llamado “La Hora Gris”. El programa estuvo en antena más de diez años, y si bien no  tenía unos índices de audiencia como para convertir al Grupo Progresista en la radio líder de América, “La Hora Gris” se colgaba en un podcast cada día tras su emisión y llegaba a reunir casi un millón de visitas diarias de aficionados al misterio de habla hispana en todo el mundo (Cañaveral era un distrito íntegramente hispano que junto a Kocoa, Northsmith y Southsmith completaba el pequeño pueblo estadounidense de Cabbeytown, de ahí el éxito del programa principalmente en tierras latinoamericanas).

Tebas vivía “por”, “para” y “del” misterio, y cada día antes de acostarse, su particular oración tenía como destinatarios a unos seres a los que no conocía, de cuya hipotética existencia no tenía ninguna prueba (aunque una fe ciega le transmitía la certeza de que no había ninguna otra opción) y a los que les pedía, noche tras noche, a través de las ondas de la radio y los binarios de internet, la oportunidad de un encuentro real. Ese hubiera sido para Tebas, como para cualquier amante de lo misterioso, el inmejorable colofón a una vida entregada a la investigación del fenómeno U.F.O., y que por algún motivo parecía resistírsele. Cuando Tebas entrevistaba, por ejemplo, al testigo directo de un caso de Ovni, sumado a su admiración podía notarse sin mucho esfuerzo un gran deje de envidia. Los seguidores de “La Hora Gris” ya conocían de memoria la despedida oficial que Tebas, siempre y sin excepción, usaba para emplazar a los oyentes a la emisión del día siguiente:

-…y recuerden, estén donde estén, que aquí estamos esperando con todo nuestro amor y respeto el momento en que decidan unirse a nosotros y formar parte de nuestra familia. Esperamos como cada día que este mensaje pueda llegar al reducido número que forman todos los terrícolas y también al resto del Universo.

Lo que no sabían ni el resto de tertulianos de su programa ni sus millones de oyentes, era que Tebas, como cualquier adicto, nunca dejaba el trabajo en las estancias de la emisora, ya que de camino a casa solía tomar desvíos para comprar una pizza de pepperonni y elegir una buena atalaya en la que instalar su telescopio y explorar los horizontes azules del infinito cosmos.

Cualquier yonki sabría reconocer la adicción  en este comportamiento. Primero viene el regocijo máximo, compartido y rodeado de compañeros de adicción, pero tras la despedida general, cuando termina el show, llega el momento de seguir con la fiesta por otro lado, de forma totalmente individual, porque si uno ha respetado las prisas que tenían los demás y los planes que les impedían seguir con la juerga, el mundo entero debería respetar también la insaciabilidad, la dedicación y la falta de reloj del adicto.

Tebas hacía esto muy a menudo, sintiendo a la vez, vergüenza propia por dicho comportamiento y la sensación victoriosa de haber conseguido que nadie le impidiera disfrutar de su merecida dosis de misterio.

Era un yonki de los Ovnis que acabó, para bien y para mal, con sus sueños hechos realidad.

Aquella mañana, se miró al espejo y vio que sus ojos no tenían iris, ni córneas, ni pupilas. Eran dos brillantes esferas de color rojo salpicadas por mil diminutos puntos blancos que, a priori, parecían funcionar tan bien como los anteriores y que se parecían al sombrero de la Amannita Muscaria, el famoso champiñón alucinógeno en el que habitualmente emplazaban su hogar Los Pitufos.  Recordó haber visto con anterioridad aquellos ojos inhumanos. Recordó habérselos visto a aquellas enormes criaturas la noche antes, y así fue como reconstruyó en su mente  todo lo ocurrido en la Cima del Viejo la última vez que vio el mundo a través de sus ojos humanos de siempre, aquellos con los que nació cuarenta y siete años antes.

Tebas decidió ponerse las gafas de sol antes de salir de casa.

PARTE 2 – “SERES DE UN VIDEOJUEGO”

La noche anterior, como de costumbre, Alejandro salió del polígono industrial de Las Naves, situado al norte de Cañaveral y en el que se encontraba la emisora de radio del Grupo Progresista, y se fue a buscar Ovnis con su telescopio a una explanada en la Cima del Viejo, un paraje natural bastante tranquilo a unos veinte kilómetros de su casa en Punta Carnero, frontera con México.

Tebas instaló el telescopio en una explanada muy tranquila a la que solía acudir a menudo y a la que  había bautizado como “El Observatorium”, y allí desplegó todos los accesorios que completarían plenamente su exploración astral; una nevera portátil de las que usan los domingueros para enfriar el tinto con casera en las excursiones a la playa, su grabadora, siempre encendida y en posición de Rec, una pequeña cámara modelo GoPro que ritualmente era colocada encima del maletero y orientada hacia el cosmos, con la esperanza de captar algún movimiento inusual, y una tumbona también propia de domingueros en la que Alejandro descansaba mientras disfrutaba en su Mp3 de lo mejor de Metallica, Alice Cooper o Su Majestad, Ozzy Osbourne. Le gustaba el rock duro y en aquel momento sonaba “I’m Eighteen”, del mítico Alice Cooper.

 No llevaba ni cuarenta minutos en “el Observatorium” cuando sintió a su espalda un movimiento entre las hojas de los árboles acompañado por el crujir de las ramas y hojarascas que alfombraban la colina. Debían ser al menos dos personas, a juzgar por el ajetreo, y Tebas temía que pudieran intentar robarle el coche o incluso el telescopio (el periodista tenía la esperanza de que si alguna vez tenían que robarle una de esas dos cosas fuera el coche, de un valor económico infinitamente menor al de su Meade LX200 de 16 pulgadas). Aquel temerario locutor cuyo hobby era desafiar a lo desconocido a diario en antena sentía en cambio pavor por la mayoría de las opciones que le ofrecía su propio mundo. El miedo se apoderó de él, y se descubrió a sí mismo rogando a Dios (a algún Dios, aún por definir…) que se tratase de una pareja de policías, y no de unos clandestinos criminales dispuestos a robarle o simplemente darle una paliza por puro placer.

 Por un lado, Tebas estaba de suerte. No se trataba de ningún criminal. Por otra parte, tampoco eran policías.

Se trataba de una opción que en principio no contempló, y eso que precisamente solía acudir allí con la esperanza de que le sucediera justo lo que le estaba ocurriendo en ese momento.

            Nadie parecía salir de entre el follaje, cuando su reproductor de música comenzó a fallar de un modo que nunca había experimentado antes. Era como si de pronto, una especie de potente emisora se mezclara con el sonido rockero de Alice Cooper, que veía como los dieciocho años del protagonista de su canción se alejaban cada vez más en el infinito silencio a medida que aquella extraña emisión “pirata” se le filtraba a través del Mp3.

            – Creo que ahora puede usted oírnos, ¿verdad señor? No hubo lugar a dudas; el mensaje fue alto y claro. Aquello era alucinante. Tebas esperó la respuesta tan ansioso como el portavoz de la pregunta, que repetía de nuevo: ¿Puede usted oírnos, señor? A aquella voz prácticamente no le quedaban restos de Alice Cooper de fondo. – Nosotros ya hemos establecido contacto visual pero no queremos crear un impacto demasiado grande, esperamos primero su consentimiento. ¿Sería posible que nos mostrásemos ahora?

Aquello cada vez era más interesante. Por la forma de hablar, parecían militares, aunque Tebas aún no estaba seguro de qué tipo de mensaje filtrado acababa de interceptar su pequeño aparato de música, y esperaba que la respuesta del interlocutor pudiera sacarle al fin de la duda. Pero nadie contestaba al otro lado.

Menuda decepción.

Seguramente había conseguido reproducir solamente la banda de emisión de la persona que preguntaba, pues hacía ya un buen rato que el Mp3 no reproducía ni música rock ni la voz misteriosa de ningún supuesto militar avisando de su posición. Posiblemente, la pequeña aventura al estilo KGB de Alejandro Tebas había llegado a su fin.

            Señor, sabemos que se llama Alejandro Tebas, y si estamos comunicándonos ahora con usted es solamente por el respeto que siempre ha mostrado hacía las distintas formas de vida del universo y por la invitación que usted mismo nos ha lanzado a través de distintos medios de forma repetida. Díganos ahora, señor, si está usted preparado para que nos mostremos ya o si prefiere hablar con nosotros usando el sistema de comunicación con el que me dirijo a usted actualmente.

            Entonces Tebas se giró muerto de miedo y vio que allí no había nadie. Observó fijamente el display del Mp3, que seguía reproduciendo en teoría el álbum “Alice Cooper”, y que presuntamente hacía sonar en este momento el clásico “Poison”, aunque Alejandro seguía sin oír música alguna, pero seguía oyendo, eso sí, aquella misteriosa voz que parecía dirigirse a él.

Es inútil que intente localizarnos, señor. Nuestra imagen ha sido bloqueada para evitar posibles altercados en el espacio físico de La Tierra. Solo si usted nos da su permiso nos dejaremos ver tal y como somos y podremos hablar cara a cara sin necesidad de la psico-comunicación. Huelga decir que nuestro mensaje es totalmente pacífico, pues sólo busca la unión de nuestros pueblos y el mayor intercambio posible de conocimientos en cuanto a nuestras culturas, aunque me temo que para poder darle más detalles, señor, voy a necesitar su permiso para mostrarnos. Díganos que sí y podremos explicarle más a fondo nuestra visita. Díganos que no, o en su defecto permanezca usted en silencio, y pondremos fin a esta conversación de forma inmediata y definitiva.

 Tebas salió de su burbuja de incredulidad y fue incapaz de reprimir una sonrisa. Lo había conseguido. Al fin habían recibido su mensaje y además le habían considerado a él un mediador perfecto para entablar relaciones con nuestro planeta. No podía dejar que esta oportunidad se le escapara, de modo que, sin estar del todo seguro de que aquello funcionara así, Tebas pronunció la palabra – SÍ – mientras asentía con el gesto aun sonriente.

 El mundo estalló de pronto en el rugido de las guitarras eléctricas y la batería hard rock de Alice “Mr. Niceguy” Cooper, que sonaba en el Mp3 desde que Tebas llegara al “Observatorium”. No recordaba que aun llevaba los auriculares puestos, y en cuanto dio su permiso para mostrarse a aquel misterioso mensajero del Más Allá, la música volvió a sus oídos de forma repentina, aunque nadie apareció ante su mirada. Primero, Tebas se puso a girar sobre sí mismo como un demente, hasta que notó una especie de sombra gigantesca que de pronto le envolvía desde atrás. Entonces, se giró y por primera vez en su vida contempló el rostro de un ser de otro planeta.

 Lo que vio detuvo el tiempo durante varios infinitos.

Ciclos de Milancovitch, Bamboleo de Chandler y los movimientos de Nutación, Precesión, Rotación y Translación de La Tierra volvieron por un instante eterno a su estado de espera, hibernación o inexistencia; a la cifra cero coma cero, como antes del primer rayo de Sol.

Como antes de que el mundo girase por primera vez.

 Se trataba de dos individuos descomunales con enormes corazas rocosas y casi tres metros de envergadura.

De aspecto humanoide, aquellos titánicos seres poseían un par de retorcidos cuernos de un extraño cristal azul sobre sus cabezas, recordando a los machos cabríos con los que tantas veces se ha personificado la figura de Satanás. Sus mandíbulas, redondeadas y simiescas, eran desproporcionadamente grandes comparadas con el tamaño de sus cabezas, que bien podrían ser rocas milenarias sobre las que se hubiera esculpido con el máximo detalle el conjunto más básico de formas que componen un rostro. Sus ojos eran de un único color rojo brillante, y cautivos, tras la dureza de aquellos toscos semblantes, parecían iluminar allí entre la bruma todo el “Observatorium”, envolviendo la fría noche con un íntimo aura carmesí. Multitud de minúsculos puntitos blancos aparecían y desaparecían sobre el fondo escarlata de aquellos ojos. Eran dos pozos de sangre a los que a Tebas, a duras penas, se asomó aterrorizado.

Los extraños mensajeros parecían bisontes a dos patas.

Para ser más exactos, aunque el símil sea limitado a los gamers, lo más acertado es decir que aquellos desconocidos le recordaron a Tebas a los Orcos del juego en red “World of Warcraft” cuando conseguías vestirles la armadura más cara, imponente y presuntuosa de todo el continente de “Rasganorte”.

 PARTE 3 -“UN TRATO JUSTO”

– No tenga miedo, por favor. Dijo uno de aquellos extraños seres.Es usted una de las mentes más abiertas de su planeta, señor. No tenemos intención de causarle daño alguno.

Tebas, que no había jugado nunca, se sintió de pronto como un vagabundo al que acabara de tocar la lotería.

– Pero, ¿qué sois? Perdón… – Tebas estaba tan entusiasmado que no acertaba a encontrar las palabras correctas. – ¿De dónde venís?

No importa de dónde vengamos. – Respondió uno de aquellos seres – Es tanta la distancia que separa nuestro mundo del tuyo que tardaríamos una eternidad en explicarte donde se encuentra nuestro hogar. Perdona nuestra tosquedad, pero el riesgo por nuestra exposición ahora mismo es máximo y tenemos un mensaje para ti de parte de nuestro Ser Supremo. Es importante que escuches con atención y decidas con libertad, humano: Entonces el mensaje comenzó alto y claro mientras aquellos seres desaparecían para siempre de la visión de Tebas:

“Desde el planeta Kronn hemos estudiado vuestra especie con detenimiento. Sabemos todo lo que se puede saber desde la distancia, pero ha llegado la hora de que comprobemos en primera persona los detalles de vuestro mundo, a fin de garantizar las mejores relaciones para el futuro más inmediato. Ambos planetas comparten similares condiciones ambientales, de densidad, de gravedad e incluso de composición, lo cual será a corto plazo un punto de inflexión determinante cuando los humanos tengan que abandonar la Tierra y nosotros debamos decidir si les permitimos o no habitar en Kronn para salvaguardar su especie. Desde Kronn contacto con usted para proponerle un trato justo, humano. Permítame durante un solo día ser sus ojos que para usted pueda conocer mi mundo; pero no antes de que usted haga lo mismo por mí. Así es como hacemos las cosas en Kronn y confiamos en que sepa decidir sabiamente y sin coacción alguna.

En caso de que acepte este trato, mañana poseerá la visión de los Kronn, permitiéndome a mí recibir cada imagen en la distancia de todo aquello que usted vea un día cualquiera en su mundo, aunque ha de saber que los Kronn no vemos su planeta del mismo modo que lo ven ustedes, los humanos. Pasadas veinticuatro horas volveremos a ponernos en contacto con usted y vivirá un día en la piel de un Kronn, a más de un infinito de distancia de su mundo, sin correr peligro alguno durante el tiempo que dure la experiencia, pues estará tranquilamente en su planeta, en su hogar, mientras recibe toda la información directamente a través de las pupilas.

En caso de que su respuesta sea negativa no le causaremos molestia alguna y borraremos de su memoria cualquier recuerdo de este encuentro, para evitarle posibles perjuicios.

Exigirle una respuesta de forma inmediata sería una vulgaridad, además de una insensatez, de modo que no se preocupe por nada; descanse esta noche y, mañana, usted mismo sabrá cuál ha sido el resultado de su propia decisión. Ha sido un placer poder compartir nuestras nobles intenciones con un humano de su talla. Esperamos que esta reunión haya sido el primer paso de un largo camino que podamos recorrer juntos. Y ahora vuelva a la normalidad de su vida y su mundo, y gracias, noble anfitrión, por haber sabido escucharnos.

 Saludos afectuosos del Ser Supremo de Kronn”

Y terminó.

Tebas no quería que aquel mensaje acabara nunca, pues gozaba con tan solo imaginar aquel planeta, de similares condiciones a la Tierra y aquellos seres que aseguraban venir de tan lejos y que se habían desintegrado delante de él demostrado dominar a la perfección el misterio del teletransporte.

Pero el mensaje acabó y Alejandro se quedó allí solo, en mitad de la explanada, con un telescopio y varias cámaras grabando el techo de… de pronto Tebas dio un brinco y corrió a comprobar la grabación de la GoPro, esperando, al menos, que el audio del mensaje se hubiera grabado con claridad.

Tal y como cabía esperar, la grabación se interrumpía en cierto punto y no se volvía a recuperar hasta el momento en el que Tebas dejó de oír la voz del Ser Supremo de Kronn.

Seguramente Alice Cooper enmudeció también a la vez que la pequeña cámara de video dejó de cumplir con sus funciones.

PARTE 4 – “PRIMER DÍA EN LA TIERRA”

Tebas salió de casa con las gafas de sol que camuflaban su reciente adquisición interplanetaria y se encontró de frente a su vecina Gladis, que llegaba cargada con las bolsas de la compra. Instintivamente, Alejandro cogió las compras de Gladis para echarle una mano a subir las escaleras mientras la saludaba, pero entonces una enorme lata de piña en conserva, un cartón de huevos y varias botellas de cristal se estrellaron contra el suelo después de que Tebas dejara caer la bolsa aterrorizado. El rostro de su vecina parecía hecho de cera, solo que la temperatura del ambiente debía ser entonces de al menos doscientos grados, porque a la señora Gladis se le derretía la carne de la cara y se le caían los dientes al hablar. Alejandro se horrorizó, aunque intentó que su vecina no se lo notara, y mientras la mujer se lamentaba por las compras perdidas, Tebas le prometió que en seguida le traería del supermercado todos aquellos productos que acababa de echar a perder en el rellano del edificio, aunque exigió a la anciana que se quedara en casa descansando mientras él volvía con aquellos recados.

La decrépita Doña Gladis aceptó el ofrecimiento y se encerró en casa a esperar hasta que Alejandro regresara con su compra, cosa que nunca ocurriría. Tebas por su parte, se encaminó al establecimiento para cumplir el trato que había hecho con la momia de su vecina, y de camino comprendió que así es como debía ser para el Ser Supremo desde Kronn la imagen del avanzado estado de cáncer que sufría la pobre Gladis.

Pero aquello no fue nada. Tan solo eran las nueve de la mañana y el festival de lo bizarro no había hecho más que comenzar.

Tebas salió a la calle con la intención de recuperar para su enferma vecina los enseres que en su confusión él mismo había destruido, pero aquella sería una cuestión que abandonaría su mente poco después de poner los pies fuera del marco de la puerta principal de su edificio. La ciudad parecía infestada de gente. La gente iba y venía, como pollos sin cabeza (y nunca mejor dicho) y parecía que de pronto se hubiese multiplicado por veinte el nivel de población de Cañaveral. Por si esto fuera poco, todo el barrio se encontraba envuelto por una espesa masa de humo gris, procedente en su mayor parte de los vehículos, aunque también se le veía salir a través de las ventanas de cocinas, baños y algunos negocios. Tebas interpretó que el Ser Superior de Kronn, haciendo uso de su cuerpo y compartiendo con él sus órganos visuales in situ, estaba recibiendo esas imágenes porque esa era la visión que los extraterrestres tenían de la Tierra. “Así es como nos ven aquellos gigantescos seres de otro mundo” reflexionó Tebas.

Alejandro avanzó unos metros obsesionado con el extraño  hedor del ambiente y los distintos elementos discordantes que iba captando al otear sin tiempo para analizar a fondo, tales como personas desnudas por la calle o gente con cabeza de animal (había desde chicos jóvenes con cara de serpiente hasta hombres maduros vestidos de ejecutivos cuyo rostro, según los Kronn, más se ajustaba al de un buitre). Lo más desconcertante era como el resto de la gente, los que conservaban sus cabezas humanas,  les hacían caso omiso o los trataban con normalidad, mientras que Tebas, armado ahora con una excelente visión interplanetaria, sí que podía distinguirlos. Era extraño que nadie más pudiera captar el antinatural detalle, pero también era algo íntimo. De forma exclusiva y fraternal, solamente Alejandro Tebas y el Ser Superior del planeta Kronn estaban recibiendo una visión de la Tierra en la que algunas personas tenían cabeza de animales salvajes, todos generalmente agresivos y peligrosos.

…entonces comenzó la noria de colores en la mente del locutor de radio. Primero fue como un reguero de sangre, una salpicadura roja que quedaba de forma arqueada en su natural pincelada imaginaria y que, a medida que el dolor se incrementaba (o al revés; nunca sabría si aquellos colores eran causa o consecuencia) giraban alrededor de un eje invisible haciendo que a Tebas todo le diera mil vueltas y sintiera ganas de vomitar…

No había tenido tiempo de asimilar la demencia de aquel nuevo mundo que se suponía el suyo cuando una señora que pasaba junto a él paseando a un perro se paró a permitir que una joven saludara de forma afectiva al animal. La muchacha, que acariciaba el hocico del perro, comenzó a besarlo en la boca mientras el pobre animal lamía la suya a la insensata. Luego, la chica comenzó a sobar la entrepierna del perro mientras la señora mayor esperaba pacientemente que acabara aquel aberrante espectáculo que no había hecho más que empezar. Alejandro no esperó en cambio, y a empujones entre la gente entró en la primera tienda que encontró justo al rodear la esquina con la intención de esconderse de las horrendas visiones que nuestro planeta ofrecía a la raza de los Kronn y ahora también a él.

Apenas pudo dar un paso dentro del establecimiento, una carnicería,  y ya pudo distinguir horrorizado como en el escaparate de la tienda había cabezas de perros, de gatos, unas manos humanas, varias ratas y las tripas de todos aquellos seres juntas en una esquina en una bandeja. Se giró y vomitó junto a la puerta, antes de salir corriendo a empujones y puñetazos en dirección a su casa para intentar ponerse a salvo de aquella horrible maldad.

Ya no quería seguir con aquello.

…una nueva pincelada, ésta ahora de color negro, apareció en su imaginación formando una especie de yin-yan con la ya citada mancha roja que agobiaba al hombre, en su mente, girando cuando el dolor de cabeza se intensificaba. Ahora era una especie de ataque brutal de migrañas acompañado del vertiginoso danzar de aquel par de figuras con forma de salpicadura en su mente.

Estaba volviéndose loco.

Se dirigió a su casa y de camino pudo oír en su cabeza la voz del Ser Superior de Kronn.

“Tu mundo sigue siendo el mismo, humano; solo estás experimentando su visión desde otro punto de vista. Pronto todo habrá pasado y conocerás, sin riesgo alguno, todos los detalles de la vida en el planeta Kronn, el cual podríamos llegar a compartir con el resto de tu raza. Tendrás todas las respuestas que durante tanto tiempo has deseado. Se fuerte. Pero no puedes encerrarte en casa; hemos hecho un trato y debes mostrarme tu mundo”.

Se lo pensó durante un buen rato haciendo un esfuerzo en vano por cerrar los ojos (parecía como si aquellos nuevos ojos no entendieran de párpados, y además el carrusel de pintura en su cabeza era constante hiciera lo que hiciera) y finalmente decidió que El Ser Supremo de Kronn tenía toda la razón; estaba a punto de pasar a la historia como un pionero espectador de la vida extraterrestre y como una pieza clave en la salvación de la humanidad, pero nadie dijo que fuera fácil. Además, él conocía una técnica que le permitiría cumplir con su parte del trato sin la necesidad de pasar por toda aquella tortura psíquica.

Entonces Alejandro dio media vuelta y se dirigió, entre náuseas y jaqueca, atravesando a empujones la bruma gris, a la Biblioteca municipal de Cañaveral.

PARTE 5 – “HISTORIA DE LAS CIVILIZACIONES”

 El camino entre los gases de la ciudad no fue corto ni fácil. A medida que Tebas avanzaba entre la inmensa turba en la que sin respeto se pisoteaban las unas a las otras horrendas criaturas con cabezas de fieras salvajes, los colores que giraban en la mente de Alejandro incrementaban su velocidad, haciendo que a veces el hombre incluso perdiera el equilibrio. Pero al fin llegó al edificio público y sintió que de algún modo acababa de ponerse a salvo de aquella locura.

Nada más lejos de la realidad.

Las personas que había dentro de la biblioteca, al menos la mayoría, conservaban las cabezas propias del planeta donde Alejandro se había criado, a excepción de un dóberman y una hiena que, sin causar ningún revuelo, practicaban la lectura tranquilamente usando sus cuerpos humanos.

Tebas, cuya reciente idea no era otra que la de dar respuesta a las dudas del Ser Supremo de Kronn a través de la lectura, oteó entre las estanterías buscando algún tomo que pudiera resultar interesante al líder de aquellos seres extraterrestres. Entonces el hombre divisó un ejemplar que le llamó la atención por lo singular de su título. El libro en cuestión se llamaba “Los trapos más sucios de Hitler”, y Tebas pensó que sin duda aquella lectura causaría una sensación más que desagradable a la par que una idea equivocada sobre los humanos al extraño ser, que con su consentimiento, estaría mirando ahora a través de sus nuevos ojos compartidos. Entonces se decantó por un manuscrito que encontró a pocos metros de “Los trapos más sucios de Hitler” y que se titulaba “Historia de las Civilizaciones”. Tebas abrió el libro por la primera página y en cuanto se concentró en las palabras que introducían el primer párrafo experimentó la sensación de Pura Sabiduría más grande de su vida. A toda prisa, sin haber leído del todo el primer párrafo entero (aunque tenía la sensación de haber leído ya ese libro antes; de conocerlo, de haberlo escrito él e incluso de haber vivido todo lo que en él se narraba)  pasó las hojas a toda velocidad, casi sin tiempo para pararse a leer el número de página de cada una de ellas, y en menos de tres minutos Tebas había devorado aquel libro. Se había informado de pronto, aunque ya tenía conceptos claros antes de leer el libro, de lo que podía entenderse por cultura, por pueblo y por civilización. De las distintas formaciones de hombres y mujeres que habitaron la Tierra desde la Edad Antigua, pasando por la Edad Media, la Edad Moderna y la Era Contemporánea. Había grandes desastres de por medio, casi universales, y grandes descubrimientos que hacían del hombre una especie sabia y trabajadora. Aquella sensación fue tan inmensa para Alejandro, que no tuvo miedo de agarrar libros y devorarlos en un afán de aprovechar su nuevo don. Entonces decidió que se atrevería con el ya citado “Los trapos más sucios de Hitler”, pensando que todo lo que el Fürher pudiera empañar sobre la especie humana a juicio de aquel lejano explorador que era el Ser Superior de Kronn, podría equilibrarlo él en pocos segundos gracias a su nueva capacidad de lectura ultra-rápida y a la biografía de grandes genios como Einstein o Stephen Hawkings.

Tebas puso las manos sobre la portada y volvió a sentir de nuevo, aunque la primera vez casi no le prestara atención, un escalofrío que recorrió su espalda en un instante y que el hombre asoció a la sugestión provocada por sus propios conocimientos sobre las barbaridades del holocausto. Abrió la primera página y pasó las hojas a la velocidad que había practicado antes.

Antes de llegar a la mitad del libro, apenas treinta segundos después de recuperarlo de las estantería y aun con el repelús en la espalda provocado por la simple impresión de la portada, Tebas lanzó al suelo el tomo maldiciendo entre lágrimas, y huyó del espanto que le provocaban aquellas historias y aquella nueva visión. No sólo es que absorbiera la información a la velocidad del rayo; es que, en parte, Tebas había vivido ahora aquellas torturas, aquellas vejaciones y las horribles muertes injustificadas que millones de personas sufrieron en aquellos tiempos. Bebés que lloraban antes de que un militar les aplastara la cabeza de un pisotón con una sucia bota de acero. Antes de que el mismo Tebas les pateara con sus botas militares. Una muchacha a la que humillaban torturándola y matándola después de desnudarla y atarla a un poste en el que los perros de los soldados orinan continuamente. Tebas reía y por dentro lloraba mientras los sabuesos olisqueaban a la chica, que se había orinado encima. Otra mujer era violada hasta la muerte y luego violada después de la muerte; su hijo lo veía todo escondido desde el armario; Tebas lo veía todo escondido desde el armario. Entonces le descubrían y le disparaban en las dos rodillas.

…en su mente hubo una explosión roja y negra, y todo quedó salpicado de pronto de adrenalina…

Alejandro huía a toda carrera pisoteando a la gente y arrastrando tras de sí, una estela de demencia y de dolor insoportable. Lloraba a lágrima viva y la gente, en su mundo, se apartaba o se levantaba del suelo (aquellos que al suelo caían) intentando comprender qué mal podía afligir a aquel tipo para llorar y correr de esa manera tan ciega y desconsolada.

Vencido y sin saber dónde acudir, sintiendo bombear la sangre en su sien y flotando en una burbuja formada, sin duda, por la presión del mareo, las alucinaciones y la horrible migraña, Tebas divisó la figura de una catedral, concretamente la de San Huberto de Lieja, mientras, dentro de su cabeza, en sus peores recuerdos recientes, un hombre veía morir a su hijo a causa de su propio disparo intencionado. Luego el señor, que era judío, se quitaba la vida junto al cadáver de su hijo.

Después de vivir la sensación de disparar a su propio hijo, Tebas entró sin pensarlo a buscar el perdón y la ayuda de su antiguo y olvidado Dios.

PARTE 6 – “LA ÚLTIMA TENTACIÓN”

Cuando el hombre entró a la Iglesia no vio a nadie, sólo una figura de madera crucificada al fondo del salón de actos vacío. Por algún motivo, eso es lo que Tebas vio y así lo explicaría si tuviera que usar las primeras palabras que le vinieran a la cabeza en el momento de entrar a la parroquia; una cruz y un muñeco de madera al fondo de un salón de actos vacío.

Entonces, una señora de mediana edad de aspecto amable a pesar de su rostro de alimaña salió silenciosa de uno de los dos confesionarios perfectamente camuflados a la derecha de aquel receptáculo. Aquellos confesionarios estaban como escondidos del resto del templo. Era como si se apartaran de la vista de los posibles feligreses por si, en algún caso, las historias narradas en su interior acababan resultando contagiosas. Quién sabe si no lo eran.

Tebas no esperó un segundo y se adentró en la íntima y oscura cabina hecha también de madera, deseoso de una llevar a cabo una confesión que le pusiera a bien con su particular “Ser Superior” y que pudiera ayudarle a sobrellevar aquel calvario.

– Ave María Purísima – dijo Tebas, únicamente porque en televisión es lo que solían decir las personas que iban a confesarse. La sensación que le dio agarrar un crucifijo de madera de unos quince centímetro que había situado junto a la cortinilla del confesionario no hizo más que aumentar sus náuseas y su migraña. A juzgar por el dolor aquello ya no eran migrañas; debía andar cerca ya de Tumor Cerebral.

– Sin pecado concebida – respondió apenas un leve susurro desde el otro lado de la cortinilla grisácea.

– ¡Padre, quiero confesarme de mis pecados y pedir perdón por mi osadía! – dijo difícilmente Tebas, a quien las lágrimas casi no dejaban hablar. Un hilillo de sangre comenzó a resbalar por su codo debido a la fuerza con la que apretaba la cruz de madera – ¡he sido tan pretencioso como para querer descubrir la obra de Dios más allá de donde él nos ha permitido, Padre!

– Espera un segundo hijo, y tranquilízate un poco, ¿quieres? – respondió el sacerdote.

Al otro lado de la cortinilla que separaba a Tebas del Siervo de Dios se producían extraños sonidos que tenían desconcertado al hombre con la visión de los Kronn, de modo que, retirando la pieza de tela, Alejandro se asomó a ver el rostro del supuesto sacerdote que estaba escuchando sus más íntimas miserias.

El párroco, con la cabeza de un jabalí y unas garras cargadas de anillos de oro y de gemas de colores vivos, se levantaba los hábitos mientras un pequeño, de no más de ocho años y con una expresión en su rostro parecida a la de los pacientes de una lobotomía, salía de debajo de la sotana dejando entrever de fondo las desnudas piernas peludas del maldito engendro.

Entonces Tebas estalló:

-¡¡¡¡ASÍ QUE QUERÉIS VER MI MUNDO, ¿VERDAD?!!!!- gritó fuera de sí -¡¡¡¡¡¡¿QUERÉIS VER MI MUNDO?!!!!!

PARTE 7 – “MEDIDAS DESESPERADAS”

El sheriff H. P. Davidson aparcó su Bentley en la puerta de la capilla de San Huberto de Lieja y se apresuró al interior con el revolver en la mano mostrando una agilidad difícil de creer en alguien de su edad.

Al pasar al interior de la iglesia, Davidson divisó un pequeño río de sangre que llegaba desde uno de los confesionarios, a la derecha del santuario, lugar desde el que se podían oír los gritos de aquel demente. El Padre Morris le recibió en la puerta.

– Lleva todo el rato ahí, Sheriff. No se cómo no se ha desmayado aun… – dijo el sacerdote mientras abrazaba a un afligido monaguillo apartándole de la terrible escena.

– Déjeme a mí, Padre. Ha hecho bien en llamarme. – respondió el Sheriff.

Davidson tiró del biombo que hacía las veces de puerta para el confesionario y se quedó boquiabierto ante la visión que tenía delante.

El habitáculo por completo era una auténtica carnicería. Había sangre por todas partes. El hombre, de mediana edad, estaba arrodillado dentro del confesionario con la postura de un feligrés poniéndose a bien con Dios, pero él utilizaba el crucifijo que tenía entre las manos para clavárselo una y otra vez en el desastre carmesí en el que se habían convertido las vacías cuencas de sus ojos. En el suelo, junto al perturbado, podían verse los escasos restos gelatinosos de lo que otrora hubieran sido los ojos de aquel pobre tipo.

Sin parar de clavarse continuamente aquel pedazo de madera en su propio rostro hasta que el Sheriff Davidson pudo reducirlo, el desequilibrado repetía sin parar:

-¡¡¡NO CON MIS OJOS!!! ¡¡¡NO CON MIS OJOS!!!¡¡¡NO CON MIS OJOS!!!  

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