CADENA DE VIOLENCIA – Pancho L. Guerrero

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CADENA DE VIOLENCIA – Pancho L. Guerrero

Cuando torcimos la esquina, el corazón ya me palpitaba a mil pulsaciones por segundo. Eran las nueve de la noche y me dirigía a casa de un desconocido a comprarle un arma de fuego cuyos antecedentes desconocía totalmente.

Jamás fui hombre violento ni corrupto, al contrario. Todo lo que he tenido, que reconozco que no es poco, lo gané trabajando honestamente y siempre he confiado en la justicia.

Hasta la segunda vez.

La primera vez que entraron no había nadie. Desmantelaron la casa, rompieron los cristales de la habitación de Judith y se llevaron un patrimonio nada despreciable en joyas y electrodomésticos. Pero no consiguieron abrir la caja fuerte, pese a haber jugado con ella durante un buen rato a descifrar la contraseña de Ali Babá sin éxito alguno. No era tan sencillo como un “Ábrete, Sésamo”, aunque estoy seguro de que esos hijos de puta también lo probaron, por si acaso.

En cuanto llegamos a casa y vimos que nos habían atracado llamé a la policía y a la mejor compañía de sistemas de seguridad de América. O eso decían ellos. Al día siguiente aún no habían instalado el sistema que les acababa de contratar, y un día más tarde, tuve que personarme en sus oficinas para intentar agilizarlo todo el máximo posible. Paradojas del diablo. Mientras yo estaba discutiendo y negociando mi nuevo sistema de seguridad, los atracadores volvieron a intentar abrir la caja.

Entraron a plena luz del día, y esta vez sí que había alguien en casa.

Cuando yo llegué encontré a mi mujer sentada en el suelo, con el rostro pálido y la mirada perdida en ningún sitio, sosteniendo el cuerpo apaleado de mi hija de trece años, a la que habían torturado hasta quedar desfallecida con la intención de intimidar a mi mujer. Ella entre llantos intentó explicarles que la clave de la caja fuerte se renueva de forma automática cada mes, y es enviada a mi correo electrónico, cuya contraseña ella desconocía, pero al parecer los malnacidos ni siquiera entendían bien nuestro idioma, y se fueron sin conseguir su ansiado botín, pero acabando de por vida con la movilidad de mi hija y con mi buen juicio.

Mi cuñado David, “El Rubio”, padrino de Judith  (mucho más acostumbrado a este tipo de relaciones con el hampa que yo, por su condición de traficante de hachís a pequeña escala) me acompañaba a casa del individuo, al cual él conocía por medio de la persona que le suministraba la droga. Tuvimos una charla más que amigable con un hombre que hasta parecía ser buena persona y que nos abrió las puertas de su casa como si fuera nuestra, compartiendo con nosotros su pan y su licor. En algún momento se fue a hacer una llamada telefónica. Cuando volvió el semblante de nuestro juerguista anfitrión se había tornado serio. Ahora tocaba hablar de negocios.

Las transacciones se hicieron de forma correcta, educada y más que clandestina, tal y como se había acordado, y minutos después de que el tipo calvo me explicara el funcionamiento de la pistola y la forma de recargar las balas, salíamos de casa del personaje con cien dólares menos, un arma en el bolsillo y el corazón palpitando al mismo ritmo sincopado que tenía antes de llegar y que se vería incrementado acaso minutos después.

No habíamos acabado de cruzar la calle y la policía nos tendió una impresionante redada.

-La cagaste- pensé. Y efectivamente. Lo primero que hice fue decirles a los agentes que llevaba en el bolsillo un arma de fogueo especial para coleccionistas. Ellos se pusieron tensos, reacción más que lógica, me pidieron que suavemente la deslizara por el suelo mientras me encañonaban con revólveres, automáticas e incluso con un rifle. Yo obedecí sumiso (fue curioso ver el arma alejarse por la calzada, pues apenas había tenido oportunidad de contemplar la máquina de matar que había comprado por poco más de lo que cuesta un videojuego y que tan poco tiempo me había durado; desde luego era una antigualla, pero su aspecto era igualmente letal) y confesé que era un arma de fuego antes de que ninguno intentara comprobarlo. Alegué que no quería intimidarles, pues no era tal fin el que tenía previsto para aquella herramienta, sino el proteger mi mancillada vivienda a expensas de incumplir las más básicas y obligatorias normativas sobre posesión de armas de fuego.

Mientras me esposaban con violencia tras tirarme al suelo, pude ver a aquel tipo calvo, que minutos antes nos trataba como a su familia y a la vez nos vendía un revolver usado por cien dólares bajo la consigna de “esta cita nunca tuvo lugar”, como reía desde la ventana de su casa mientras con una mano asía un cigarrillo y en la otra sostenía su teléfono móvil. El hijo de puta reía como un demente; me señalaba con la mano que sostenía el cigarro y se burlaba de mí. Se había quitado un gran peso de encima, y además le había pagado cien dólares por ello.

Me había utilizado y a saber para culparme de qué.

– Oh, oh… Me parece que ahora sí que la hemos cagado – pensé yo; – ¿de dónde cojones habrá salido esta pistola, qué clase de maldades se habrán cometido con ella y porqué cojones de todos los gilipollas impulsivos y vengativos de este mundo habrán tenido que acabar jugándomela a mí? Demasiado tarde para hacerse las preguntas oportunas.

De aquello salimos muy mal parados.

Mi cuñado se comió diez años por tráfico de droga (ya tenía antecedentes por delitos menores de tráfico de estupefacientes y además encontraron en su casa unos cinco kilos de hachís, que para el día del juicio se habían convertido inexplicablemente en treinta jugosos kilos; justicia de mierda para la gente de mierda) y yo acabé en la cárcel acusado de un delito de tenencia ilícita de armas de fuego y cuatro delitos de atraco con violencia en joyerías.

Ahí estaba el truco, por eso la pistola era tan barata (risa demencial del tipo que me la vendió, de fondo, en mis pensamientos).

Veinte años revisables aunque en realidad no iba a volver a pisar la calle hasta pasados ocho largos años (Justicia de mierda para la mierda reinsertada).

Mi cuñado David murió asesinado a los pocos días de ingresar en prisión.

Fue la víctima de una red de conspiraciones, el sacrificio necesario para que todo cuadrara a la perfección y nadie acabara en el talego por culpa de un chivatazo. Su proveedor de hachís, el mismo que le presentó al “vendedor” de la pistola y cuya argucia acabó con nuestros huesos en el presidio, se encargó personalmente de mover los hilos necesarios para que lo apuñalaran en el patio antes de que “El Rubio” empezara a considerar la idea de delatarlo, lo cual a raíz de la detención fue incapaz de hacer por puro miedo. Por miedo a acabar justo así.

Mi mujer me dejó incluso antes de morir su hermano. Aunque sin palabras, pero me lo había dejado bastante claro con su mirada al enterarse de que había sido detenido por tener en mi poder un arma con cuatro atracos a sus espaldas. Ella siempre me hacía muchas preguntas sobre cómo ganaba yo el dinero, preguntas que nunca quise responder por aburrimiento a explicarle el mundo de La Bolsa y sus interminables altibajos emocionales (de aburrido a más aburrido).

Ahora ese dinero había hecho que su hija quedara para siempre emplazada a una silla de ruedas, que su hermano muriera en la cárcel y lo único que a ella le parecía realmente justo, que su marido se pudriera en ella.

Me gasté más dinero en la cárcel que fuera de ella. Todo lo que no derroché en libertad, lo regalaba ahora allí entre cuatro paredes, a hombres que a cambio me protegían y estaban dispuestos a dar su vida por mí si fuera necesario, pues la vida en prisión sin contar con los recursos necesarios bien poco valía. Digamos que les interesaba cuidar de la gallina de los huevos de oro.

Alguno de aquellos perros guardianes seguiría dando la vida por mí hoy en día. Los demás han muerto.

Han sido ocho años interminables desde que aquel maldito hijo de puta me la jugara y me convirtiera en el monstruo que soy ahora, pero (nunca mejor dicho) lo que no mata te hace más fuerte.

Por cierto, la última que lo vi, el muy gilipollas seguía viviendo en el mismo sitio, con su mujer y sus dos hijas.

Curiosamente, yo también llevaba una pistola, como el día en que nos conocimos. (No era igual que la que él me vendió, pero sí que tenía el mismo nombre; se llamaba “Condena”).

Ya no me trató como a su propia familia.

Y tampoco se reía tanto…

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