EL INFORME DAVIDSON – Pancho L. Guerrero

Aquí teneis esta historia titulada “El Informe Davidson” e incluida en FÁBULAS MACABRAS, de Pancho L. Guerrero.

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EL INFORME DAVIDSON

Mi nombre es Helen Davidson y soy la fiscal del distrito de Southsmith, Cabbeytown. Como fiscal del distrito y amante de la literatura, dedico mi tiempo libre a recopilar en un cuaderno los casos más insólitos a los que me enfrento a diario, cuyos protagonistas son personas inmundas capaces de llevar a cabo actos tan miserables que no pueden ser concebidos por la mayoría de las mentes racionales. Debido a mi profesión me enfrento a veces a personas que son, por decirlo de algún modo, superdotados de lo maquiavélico; verdaderos genios de la maldad. La finalidad de mi proyecto no es otra que la de reunir, si me fuera posible, un número de casos aceptable como para poder publicar un libro. Que no os traicione la infravalorada virtud del prejuicio, pues no es en ningún caso mi intención lucrarme con las tristes miserias de esta serie de depravados; lo hago porque me apasiona, como ya expliqué, el mundo de las letras, y porque he llegado a la conclusión, pasados muchos años como fiscal, de que todas las personas merecen saber qué clase de animales sin conciencia comparten con ellos su mundo.

Pero este relato no versa sobre ninguna de las historias que con suerte acabarán recopiladas en mi ensayo. Este escueto manuscrito, que me encargaré en persona de guardar como oro en paño y cuya existencia y ubicación yo misma pondré en conocimiento de dos personas de mi entera confianza, recoge el testimonio directo de un familiar, también con cargo público y del lado de la justicia, conocido y respetado por todo Cabbeytown años atrás.

Mi tía, Marie Davidson Dornell, vive sola en una casa bastante decente en el distrito de Northsmith, en Jason Street. A pesar de que se supo imponer a la viudez de primera hora, en mi familia es costumbre visitarla al menos tres veces al mes, pues la alegría que refleja su marchito rostro cuando ve llegar a los niños se contagia al resto de la familia de forma incontrolable. Para nosotros es toda una suerte poder visitar aun a la tía Marie.

La cuestión es, que en nuestra última visita, buscando fotos viejas entre un montón de recuerdos gastados del tío Herbert, descubrí un documento que me heló la sangre y que fui incapaz de mantener en secreto.

Sin que nadie sospechara absolutamente nada, le pregunté a la tía Marie por la veracidad de aquel texto, pensando que se trataba de una broma de mal gusto escrita de puño y letra por mi tío, Herbert Davidson. Ella me aseguró que, aunque no fuera testigo directo de lo que en aquel viejo papel se narraba, nunca dudó de esos hechos, así como tampoco puso nunca en duda ni la sinceridad ni la cordura de mi tío, su difunto esposo.

La sincera expresión de Fe de mi tía Marie en el contenido de aquel documento provocó que su capacidad de aterrarme se multiplicara por un eterno infinito, de modo que adjunto a este texto el manuscrito en cuestión (debidamente duplicado y guardado bajo llave), con la intención de que, por expreso deseo de mi tío, el completo grueso de la raza humana sepa con qué clase de seres está compartiendo el universo, aunque su publicación deba demorarse en lustros a la espera de una madurez social mínima y aceptable.

Rogaría a los posibles lectores que por favor respeten la memoria y el testimonio de mi difunto tío, el Sheriff H. P. Davidson, del pueblo de Cabbeytown.

Este es el informe policial completo, escrito por mi tío, que encontré rebuscando entre sus cosas:

AGENTE: Herbert P. Davidson

Nº REFERENCIA: CBT251013080216

DILIGENCIAS PREVIAS: Sin diligencias previas

FECHA: 12 Septiembre 1959

ANTECEDENTES: Denuncia ciudadana describe a un sujeto que porta la cabeza degollada de otra persona y que accede a su domicilio a través de la ventana del segundo piso, a la cual llega (cito textualmente) “volando”.

DESARROLLO DE LOS HECHOS:  A las 6:30 de la madrugada del Viernes 12 de Septiembre del año 1959, se presentó en comisaría a declarar en calidad de testigo Don. WBVD.

El testigo se encontraba en evidente estado de shock y con síntomas de haber consumido algún tipo de sustancia estupefaciente, y aunque afirmaba estar en plena posesión de sus facultades mentales, insistía en la veracidad, según su testimonio, de todo lo puesto en antecedente, sucediendo los hechos, al parecer, en el número 12 de la avenida Jean De Mónica a las 05:50 de la madrugada aproximadamente. Como uno más de los oficiales de turno en comisaría, recogí la denuncia del ciudadano en cuestión (cuyos datos completos aporto en el dossier que se adjunta con este informe), y al entregarlos al Sheriff A. Mustang, éste me ordenó que se trasladase al testigo de inmediato a una unidad de asistencia sanitaria con el fin de estabilizar su visible ansiedad y que junto a mi compañero, me personara en el lugar indicado lo antes posible para confirmar que todo estuviera en correcto orden.

Llegamos al domicilio denunciado en un tiempo aproximado de unos diez minutos y vimos como en la puerta ya estaban dos de nuestros compañeros, concretamente los oficiales Jane K. Ripper  y Andrew Lee Henderson, pues la denuncia se había emitido por la radiofrecuencia a las unidades cercanas al lugar. Los compañeros insistieron pero nadie respondía a nuestras continuas llamadas a la puerta. Parecía un lugar vacío, aunque desde el primer momento, a mi compañero, el oficial Bullman, y a mí, nos hizo sospechar que algo no iba bien. Entonces, la agente Ripper avisó de que íbamos a entrar por la fuerza si no salían del domicilio, y a continuación echó la puerta abajo con un par de patadas, activando un mecanismo oculto que le atravesó la cara  con una saeta  lanzada  desde el otro lado en el momento en que  la puerta cedió.  Entonces pedimos desesperadamente refuerzos y una ambulancia (en vano) para la oficial Ripper. El agente Henderson entró en estado de pánico y desenfundando su arma reglamentaria se adentró sin previo aviso y de forma temeraria en el domicilio denunciado. Bullman y yo, aun incumpliendo la normativa en cuanto al riesgo de trampas, intentamos salvaguardar la vida de nuestro compañero y pusimos todos nuestros sentidos en intentar sacarlo de allí lo antes posible sin activar ningún otro mecanismo. En la primera planta reinaba un silencio sepulcral. Cuando comenzábamos a subir la escalera en dirección al segundo piso se escuchó un grito terrible emitido sin duda por Henderson, y entonces corrimos a buscarle temiéndonos lo peor. Pero nuestro compañero todavía se encontraba ileso. Fue el horror de descubrir en una de las habitaciones totalmente sellada una colección de restos podridos de distintos cadáveres lo que hizo al oficial de policía perder definitivamente los estribos y acuclillarse en una esquina gritando con frenesí.

Solo entonces asocié nuestra crítica situación y la extravagante denuncia del alterado vecino en comisaría con el caso de Bladimir, el Vampiro de Cañaveral. De pronto todo me cuadraba, de modo que si estaba en lo cierto, nos hallábamos en el dormitorio del buscado asesino en serie que, además de haber acabado con la vida de seis jóvenes en menos de un año, milita en la lista de “Los más

buscados” por la peligrosidad que representan su fiel convicción de entrañar un ser diabólico dentro de sí y su indomable canibalismo.

Supongo que fue dicha idea repentina la que me hizo actuar sin dudar, levantando de golpe el ensangrentado colchón de aquel cuarto de las torturas, ya que mi intuición me sugería que escondía algo debajo. Al quitarlo, quedó al descubierto, bajo un falso somier, un ataúd de madera al parecer lleno de tierra. Intenté abrir la tapa pero fue imposible; estaba sellada a conciencia.

Entonces, Henderson se levantó del rincón en el que se escondía asustado y ejecutó varios disparos sobre la caja de difuntos ya mencionada.

La madera de la tapa del ataúd saltó en miles de astillas al recibir los balazos de Henderson, e instantes después, era él, enloquecido y poseso, el que se encontraba con el rostro hecho añicos; la tapa de madera había saltado de pronto y se había estampado de lleno contra el agente Henderson, golpeándole la cara con tal violencia que lo hizo chocar contra la pared y quedarse allí “pegado”; ya fallecido, pero “levitando”, durante todo el tiempo que el supuesto asesino estuvo “presente” en el lugar de los hechos.

Lo que quedó visible tras saltar la tapa de madera que mató a Henderson fue una figura aparentemente humana, pero con más aspecto de animal salvaje que de hombre civilizado. El  tipo, totalmente calvo  y pálido como un cadáver, estaba aparentemente dormitando dentro del ataúd, con los ojos abiertos y en blanco, y rodeado de tierra por todas partes. Apestaba. Intenté moverme rápidamente y el presunto caníbal se levantó de repente con una habilidad que casi sobrepasa los límites de lo posible.

Tuve la sensación que se levantó volando.

Entonces, confuso por aquel contratiempo, pero consciente de la fuerza que otorgaba a favor de mis intenciones su ciega fe de hombre demente, ordené a mi compañero, situado junto a la persiana de aquel aposento de los horrores, que la abriera a toda prisa y que rompiera los cristales. Bullman, aunque no captó mi idea de primera hora, actuó con la celeridad del mejor adiestrado hombre de acción, y en cuanto la luz del sol se posó sobre la piel del grotesco criminal, éste se hizo un ovillo contra la madera sucia del ataúd, fingiendo retorcerse de dolor y dando alaridos como si lo estuviesen torturando. Parecía que mi plan había funcionado.

Pero justo mientras Bullman se abalanzaba sobre el psicópata con la intención de esposarle fue cuando me percaté de que Henderson aun flotaba inerte en el aire literalmente estampado contra la pared.

En ese momento oí el grito de mi compañero, que soltó de pronto a aquel engendro que ardía de forma espontánea, y el repentino hedor a concentrado de azufre apareció, inundando hasta el último rincón de aquella casa; tan intenso y tan devastador, que ambos nos pusimos a vomitar a la vez. Mientras vomitábamos, tanto Bullman como yo pudimos observar como el tipo se desvanecía.

Literalmente.

Ropa, huesos, carne, órganos… nada quedó de aquel supuesto demente que se hacía pasar por vampiro. Ni siquiera se convirtió en polvo, como cabía esperar.

Ningún resto. Nada orgánico. Nada inorgánico. Nada real.

Absolutamente nada.

Solo el olor a azufre.

(TEXTO ADJUNTADO POR MI TÍO HERBERT AL INFORME OFICIAL)

Ahora me gustaría aclarar algo de cara a este informe oficial:

Lo primero es que, lo que pasó me hizo plantearme la pregunta “¿y cómo escribo yo esto en un informe oficial?” Pues bien, después de tres días sin dormir, de ir asustado al trabajo y de comentarlo con mi mejor consejera, que es Marie, he decidido que la mejor forma de hacerlo es contando las cosas tal y como sucedieron, a pesar de las más que probables consecuencias.

Lo segundo que quiero aclarar, pase lo que pase, es que mi compañero, el agente Cedric Bullman, me alentó en todo momento a olvidar lo sucedido, alegando argumentos como mi inminente despido si me atrevía a hacer público este informe, la opción de mentir a los solicitados refuerzos e incluso tirando de frases hechas del tipo “Aquí las cosas las hacemos de otra manera” o “Es por tu bien, hijo. Algún día me lo agradecerás.”

EN CASO DE QUE MIS SUPERIORES LEAN FINALMENTE ESTE INFORME

Solo quiero decirles que para mí es, y ha sido siempre un orgullo poder servir a los Estados Unidos de América. No espero que confíen en mi palabra, pero la lealtad a la verdad y a mis compañeros caídos me impide redactar un informe oficial sobre este caso distinto al que he escrito.

Y SI FINALMENTE DECIDO NO ENTREGAR JAMÁS ESTE INFORME A LA POLICÍA…

Lo guardaré y haré que Marie tenga una copia guardada también, que llegado el momento, si el mundo está preparado, haremos llegar a la familia de los oficiales Henderson y Ripper.

Que la humanidad, mi familia y mis compañeros sepan perdonarme.

Y que Dios nos ampare.

Herbert P. Davidson.

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