LEE O DESCARGA FÁBULAS MACABRAS – Pancho L. Guerrero

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FÁBULAS macabras – Una recopilación de relatos de Pancho L. Guerrero.

 

ÍNDICE

 

PRÓLOGO

La Marca de Norah

Cinemascope55

Como pez en el agua

Cadena de violencia

Vías Muertas

Lobo Alfa

Raíces Escarlata

Puntos de Vista

El Informe Davidson

EPÍLOGO

 

“Deja que te traiga las canciones del bosque

para que te sientas mucho mejor de lo que podrías creer”.

Jethro Tull – Songs from the wood

PRÓLOGO

UN VISTAZO CENITAL A NUESTRO PUEBLO

  Tenemos el don de la imaginación, de modo que usémoslo sin reparo alguno.

Puestos a imaginar, propongo que imaginemos juntos un cielo totalmente despejado, donde el sol brilla con todo su esplendor y caldea un día fresco en el que el viento no está, ni se le espera.

Puestos a imaginar, decía, creemos el clima perfecto para nuestro cielo y pintémoslo de un azul, no tan oscuro como el del mar, pero sí de un celeste lo bastante nítido como para que las nubes adornen con formas imposibles su horizonte, usando un blanco sobre gris que dé realismo al volumen de sus formas. Digamos que nuestro cielo es del color con el que se dibujan las gotas de agua. Ahora te propongo que salpiquemos ese azul infinito con pequeñas pinceladas marrones en forma de uve (V), que planean apenas batiendo sus alas y entrecruzan unas con otras los circulares recorridos de sus vuelos de rapaz.

Para acabar piensa que somos uno más de esos halcones; no dos de ellos, sino uno sólo, y así te resultará mucho más fácil levitar conmigo sobre las calles de Northsmith, distrito de Cabbeytown.

Imagino, pues es nuestro don, que ya tienes en tu mente el cielo sobre el que los dos flotamos, y que además, dicta mi capricho, es el mismo que imagino yo, pues ahora ambos somos el mismo halcón imaginario y compartimos una única mente de ave. Así pues, esa imagen del cielo de Cabbeytown ha sido creada por los dos a la vez.

Bien, ya hemos conseguido lo más difícil. Una vez abierta la puerta que une mi mente a la tuya, sólo es cuestión de no volver a cerrarla, dejarse llevar y confiar en la sinceridad con la que tanto tú como yo formaremos las imágenes que nos esperan a partir de ahora.

Si miras hacia abajo mientras seguimos avanzando, podrás ver que, desde nuestra altura, Northsmith tiene el aspecto de una amplia zona turística en la que la vegetación casi hubiera invadido carreteras y urbanizaciones, pues se pueden distinguir enormes casones blancos, de los de “piscina y garaje”, centros comerciales, una gran red de ferrocarril e incluso una enorme construcción con el aspecto de un castillo medieval, y todos ellos apenas comunicados por varias vías circulables totalmente vacías de usuarios y rodeadas de árboles, arbustos y un mimado césped natural cuyo verde parece brillar con vida propia.

Eso es porque estamos en el lado rico de Cabbeytown, el conocido como “los Smith”, aunque de abrirnos camino hacia el suroeste dejaríamos atrás el capitalismo de América y disfrutaríamos de las vistas que ofrece el recorrido natural del Rioblanco en su paso hacia México, que son bien diferentes.

Quizás en otra ocasión, quien sabe, pero nuestra primera parada y nuestro primer protagonista nos han traído volando y casi sin darnos cuenta al Norte de “Cabbey”. Exploremos esta zona, pues es el lugar donde se va a desarrollar la primera y más amplia de las historias que te han traído hasta aquí, de modo que hagamos batir las alas a este ser volador que ahora somos y atravesemos de lado a lado el enorme edificio rodeado de palmeras y setos que se encuentra justo debajo nuestra. Es una residencia de ancianos retirada de la locura de la ciudad y cuya calma sólo se quiebra de forma ocasional por el graznido o el canto de algún ave o por el paso de algún vehículo que rara vez se detiene aquí. Y esa modesta construcción de tres plantas con dos agentes de policía en la puerta y varios coches patrulla aparcados justo delante es la comisaría de Northsmith. Pasamos por encima de su azotea y además de la bandera de los Estados Unidos, vemos como también tienen sus propios surtidores de gasolina en la parte trasera y una cafetería abierta veinticuatro horas. Ahora aprovechemos la inclinación natural que tiene el terreno en esta parte y descendamos geográficamente unos cientos de metros, así podremos ver el centro neurálgico de Northsmith, y de toda Cabbeytown, justo esa zona que aparece ahora ante nosotros llena de pequeños locales comerciales donde una especie de capilla de arquitectura totalmente modernista se alza sin rival coronando el cielo de “Cabbey” desde éste, el “Distrito Rico del Norte” en el punto en el que se une a su homónimo sureño, Southsmith, a la pobreza y la marginalidad de su antagonista vecino, el distrito hispano de Cañaveral y al exótico y aunque poco poblado, no exento de visitantes distrito de Kocoa, muy conocido a nivel estatal principalmente por la calidad de sus playas y por la abundancia de nieve en sus picos más altos.

De acuerdo, es una tentación demasiado grande para un halcón neonato como nosotros; posémonos sobre el capitel y disfrutemos de las vistas.

Apenas dos aleteos y fíjate que lejos ha quedado ya la residencia; desde lo más alto de Northsmith, su tamaño, a vista de ave, queda reducido apenas al de una lenteja. Bajo nuestra posición sobre el campanario, en la vía principal, las hileras de pequeñas tiendecitas contrastan en su aspecto con la modernidad de la capilla, y justo pasando aquella última casita de color rosado que no es otra que la farmacia de guardia del distrito, se encuentran la estación de tren y la zona residencial, que es hacia donde nos dirigimos. Vamos, ya falta poco, así que retomemos el vuelo, pero antes no sería mala idea acercarnos a algún sitio a beber agua, pues tanto cansa el volar como el tanto imaginar, y además, el tiempo es tan relativo cuando imaginas que eres un ave, que como no nos demos prisa se nos va a echar la noche encima.

Bajemos a beber allí, en ese parque infantil, de alguna de sus coloridas fuentes. Posemos primero nuestras patas de pájaro en la tierra húmeda, de espaldas a aquellos muchachos, apurando los últimos rayos del sol y acerquémonos después de forma tranquila y sigilosa a la fuente, sin perturbar el plácido ambiente que nos rodea.

El agua es fresca y reconfortante, acorde a la belleza y el colorido del surtidor donde mana. Concentrémonos ahora, saciada nuestra sed, en oír, que cansa menos, y oigamos los sonidos que nos rodean.

Sabía que trayéndote hasta aquí con alguna excusa podrías sentirlo por ti mismo.

No es un sonido, pero lo parece.

Es una llamada. Y es para ti.

Aquí acaba nuestro paseo y comienza tu camino.

Sé que ahora te mata la curiosidad, de modo que, explotemos juntos por última vez (o no, eso nunca se sabe…) nuestras virtudes de pájaro inventado y volemos suavemente hacia el jardín que hay allí detrás de los enormes setos que dan sombra a aquellos bancos; ahí, frente a los bidones de basura, donde el viejo vagabundo de aspecto sucio y cansado fuma tabaco negro con gesto feliz y con la vista clavada en el grupo de críos.

No es necesario aclarar que la llamada provenía de este anciano, pues compartimos la mente y tú ya lo sabías, así como lo sabía yo.

Síguele a él como me has seguido en mí, pues hasta aquí he podido acompañarte y ahora me temo que debo marcharme, pero confío en que lo harás de maravilla. Ya sabes cuál es el truco, así que no deberías tener ningún problema; relájate, siente, escucha, husmea, observa, analiza y saboréalo todo;… porque cuando abras de nuevo los ojos, el halcón que juntos habitamos se habrá marchado para siempre, y te darás cuenta de que estás en el parque infantil de Genoa Park, en Raymond Street, Cabbeytown, y de que ahora eres ese viejo y todo lo que le rodea.

No temas. O sí. Pero hazme un favor, te lo ruego:

“Vive a través suya, y haz que él cobre vida gracias a ti”.

Ha sido un placer, y nos vemos en la salida.

Y ahora abre los ojos; ya puedes dejar de imaginar.

LA MARCA DE NORAH

1

El sol brillaba. La tarde era fresca y el olor del aire transmitía paz. Hacía un día espléndido y El Viejo estaba sentado al pie de una palmera, sobre el césped, con su carrito de la compra que hacía las veces de armario, de despensa, de maletero del coche, de librería e incluso de carrito de la compra. El carro del Viejo era su hogar, pues no tenía más posesiones que las mantas, latas de conservas, bolsas de plástico, paquetes de tabaco y botellas de cerveza que portaba en él. Y los libros. Los encontraba o se los regalaban, y eran su bien más preciado. El Viejo no tenía casa. Vivía en la calle, dormía en el rellano de uno de los edificios siempre con el permiso de sus habitantes y comía de lo que los vecinos amablemente le regalaban. Era un “sin techo”, pero su personalidad amable y culta y el respeto que mostró siempre por sus vecinos hicieron que llegara a ser alguien muy querido entre las gentes de la barriada. Todos en Raymond Street apreciaban y respetaban al Viejo. Aquellos cuatro chicos junto al columpio, sin ir más lejos, se habían criado bajo su atenta tutela, pues del total de horas de vida que sumaban entre los cuatro, la mayoría de ellas las habían pasado en la calle, el hogar sin muros de aquel desahuciado que siempre los vigiló desde el más estricto sentido de la responsabilidad adulta. Conocía a sus padres, y sabía el nombre de cada uno de ellos. Los dos que eran hermanos, el espigado y el gordito pequeño, eran los hijos del policía; muy buenas gentes. El otro chico que recogía piedrecitas del suelo y se hacía collares con ellas  era el hijo del músico, al cual sus padres habían dejado solo en casa mientras estaban de vacaciones en Europa. Era un chaval muy maduro, así que podían estar tranquilos. Ese fue quien le regaló el ejemplar de Moby Dick que El Viejo tantas veces había releído (era el favorito de su colección). Y el otro chico era mexicano y tampoco era de Raymond Street. Sólo había que fijarse en la cara de uno para saber si era o no de Raymond Street, y aquel chico no era de allí. En cualquier caso era como el Viejo, siempre andaba por allí con sus amigos, y a base de ser buen chaval se había ganado un hueco entre la gente del barrio. Esos chicos eran algunos de sus vecinos de toda la vida, pero él era sólo un invitado allí, y para El Viejo aquellos niños siempre fueron simple y llanamente “los críos”. Los agentes de policía que solían patrullar en Raymond Street conocían perfectamente al Viejo. Nunca le pidieron la documentación ni sospecharon de él en ningún sentido. También le apreciaban, invitándole a veces a un café o una cerveza y regalándole bolsas llenas de picadas de tabaco de contrabando incautado. Siempre velaban por la seguridad del barrio (pues no sólo por buenas personas estaba habitado) y también se aseguraban de que él pudiera seguir durmiendo en el rellano de alguno de los edificios donde vivían aquellas gentes y dónde el frío no podría quebrar sus huesos con tanta facilidad. El Viejo daba gracias por eso. Daba gracias por Raymond Street y su hospitalidad.

2

Valiente hijo de puta. No aguantaba más a ese hijo de puta. Era un borracho de mierda y además un asesino.

Porque ella estaba segura de que era Tony el que se había cargado a la mocosa. Clarisse no había tenido hijos, y le importaba una mierda aquel asunto, pero no pensaba cargar sola con el muerto. En este caso con la muerta, con la niña muerta (el símil le pareció divertidísimo). Lo único que quería era colocarse. Nunca pidió vivir allí y ni siquiera quería su puta comida; joder, sólo se dejaba follar a cambio de “caballo”, y sí, a veces incluso se corría con ese cabrón, pero estaba harta de sus locuras, de sus palizas y de la puta niña. Ya había pensado en dejarlo tirado más de una vez; sólo le importaba su maldito dinero. Hay que reconocer que el muy gilipollas tenía dos cojones bien puestos; había dado un palo de veinte mil dólares en un negocio de tragaperras, pero se lo gastaba todo en coca y apenas le traía heroína para pincharse, que es lo que ella quería. Por el amor de Dios, no sabía por qué no se había largado ya.

Pero no; las cosas tenían que complicarse mucho más.

Tuvo la oportunidad de irse varias veces en las que se encontraba serena, y al final terminaba quedándose, o bien porque él aparecía con una bolsita de “caballo” acabando con su serenidad, o bien porque él aparecía de coca hasta el culo  y después de violarla le daba una paliza. A veces acababa tan lisiada como para no poder moverse en varios días. A Tony la niñata mierdosa también le daba igual, y por eso también recibía a veces. Esos días, Clarisse intentaba estar atenta, y juraría que a la cría nunca le pegaba tanto como a ella. Incluso borracho, y aunque solo fuera para pegarle, el muy hijo de puta siempre trataba mejor a la niña.

Encima, por culpa de la mocosa de mierda, Clarisse había perdido cinco gramos de heroína pura y ahora podía ser acusada de asesinato involuntario, o como cojones se dijera, si se llegaba a demostrar que la maldita cría se había tragado la bola de droga y que por eso la había palmado. El cabrón de Tony dijo que no pasaba nada, que no iban a llamar a nadie; que enterrarían de forma discreta a la cría y que lo harían ellos mismos en algún sitio seguro. Ni siquiera derramó una puta lágrima, por eso Clarisse supo que el muy cabrón se la estaba jugando; porque no le importaba una mierda su propia hija y todo parecía planeado por Tony para que ella acabara matándola sin darse cuenta. ¿Cómo podía saber que el “jaco” no lo había puesto él mismo allí en la cocina? De hecho ella no recordaba haberlo sacado de su dormitorio, pues ni ella misma había salido del cuarto en dos días. Y luego estaba lo del boquete. Sabía que tenía que haber ido con él a enterrarla, pero estaba hasta las cejas y ni siquiera recordaba que él se hubiera llevado el cuerpo de la casa. En ese momento le pareció mejor así, pero, por Dios Bendito; ¡¿Un lugar discreto?! ¡¿Es que acaso podía haber sitio más descarado y transitado?! Ahora, le iba a tocar a ella ir a cambiarla de lugar antes de que nadie la encontrara y las cosas se complicaran aún más, y eso si el muy cabronazo no intentaba alguna jugarreta para culparla y hacer que se comiera ella sola aquella condena; pero de eso nada.

El muy hijo de puta. Hoy no pensaba chuparle la polla. Pedazo de cabrón borracho.

Tony llegó tambaleándose y con los ojos desorbitados e inyectados en sangre. Clarisse estaba de espaldas a él, fingiendo ver la televisión sentada en un sillón. Él se le acercó por detrás y alargó las manos hacia el cuello de ella.

-Uhmmm… ¿estás calentita, nena?- Le pregunto al oído. Apestaba. Era una mezcla vomitiva de olor a orín, a sudor, a alcohol, a tabaco, a cocaína, a sexo y a aceite de motor. Ella, que aún no sabía que estaba a punto de vaciar los bolsillos de su blusa, le preguntó algo que resultaría determinante.

-¿Me has traído algo, Tony?- Dijo.

-No había. – Respondió el hombre. – No estaban ni “el Mexicano” ni “el Calvo”. Pero ahora yo te invito a una rayita de coca y así nos entonamos un poco, ¿no?- Le ofreció él.

Cabronazo de mierda. Era asqueroso. Le estaba apretando las tetas como si se las quisiera arrancar y encima no traía ni para un puto chute. La culpaba a ella de la muerte de su hija. Sí, era eso. La culpaba a ella y por eso no le traía más “caballo”. Además, ese cabronazo sabía que a Clarisse la coca no le sentaba bien, pero era lo que le gustaba a él, y por eso no había ido a buscar ni al Calvo ni al Mexicano, a ninguno de los dos camellos de heroína. No le importaba que ella llevara dos días con el mono y encima el borracho hijo de puta olía a coño. Clarisse decidió que la coca estaría bien, pero que primero tendría que acabar con un asunto.

Sacó del bolsillo de la blusa unas tijeras de cocina, y aprovechando que Tony estaba de pie detrás del sillón en el que ella estaba sentada, y que ahora el desgraciado le lamía el cuello, drogado y distraído, le clavó la punta de las tijeras una y otra vez en la yugular. Las sacaba y sin pararse a pensar las volvía a clavar con violencia. Así estuvo asestándole puñaladas hasta que se dio cuenta de que el hijo de puta llevaba ya un buen rato muerto en el suelo. El cadáver de Tony acabó tirado detrás del sillón donde Clarisse seguía fingiendo ver la televisión, con el rostro salpicado de sangre por completo. Ella se levantó y le rebuscó entre los bolsillos. Después de meterse una raya de coca manchada de sangre, usó la llave de la caja fuerte de Tony y guardó en una bolsa de plástico toda la pasta y la droga que el muy cerdo tenía escondida por si alguna vez registraban la casa. Había más de veinte gramos de heroína y otros tantos de coca, además de unos diez mil en billetes de cien dólares. Ahora le tocaba ocuparse de los dos fiambres, pero al menos tenía todo lo necesario para quitarse de en medio y cambiar de vida: tenía el dinero, el “caballo”, la coca, y encima no tendría que soportar nunca más ni al padre ni a la hija.

Ya no tendría que volver a chupársela.

3

Antes de que se marcharan ya estaba empezando a asustarse, pero desde que sus padres se fueran de vacaciones a Grecia, apenas doce días antes, la vida estaba resultando una pesadilla para Andy Isaac. No se lo había contado a nadie, pero en las últimas semanas estaba volviéndose loco. Oía extrañas voces que le llamaban por su nombre, veía misteriosas sombras acechando, soñaba cosas horribles sobre espíritus y asesinatos, y aunque pueda parecer que se trataba de la simple etapa adolescente de lo que luego sería un amante en potencia del cine de terror y la serie B, aquellas paranoias estaban lejos de optar a gustarle a Andy en el futuro, pues no eran para nada alucinaciones ni visiones de joven drogadicto y experimentador. Andy no se había drogado nunca y no pensaba hacerlo en la vida. Era un chico que se consideraba a sí mismo responsable (todo lo que puede ser un chico a los quince años) y buen estudiante. Por eso y desde la lógica y la disciplina que había ido heredando de sus incontables horas de estudio, sabía que cuando el pelo se te eriza, sientes un frío horrible en la nuca, los colores casi desaparecen en tu visión, volviéndose todo momentáneamente blanco y negro, y la ropa del tendedero de pronto cuelga del cordel hacia arriba, desafiando en ciento ochenta grados tridimensionales la inquebrantable ley de la gravedad,  y todo eso sin psicotrópico alguno que lo motive, es porque a) Algo se ha estropeado ahí arriba, en la cabeza, y habrá que echar un vistazo para ver si tiene arreglo, b) Estás siendo víctima del acoso de un fantasma, poltergeist o espectro o c) Estás de la chaveta; ve al loquero. Sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los doscientos dólares.

Por suerte, una de aquellas oscuras tardes recibió la llamada de los chicos para ver la nueva película de Tarantino en el Cinemascope 55, y de forma natural, sin más coacción que la propia angustia de cada uno, empezaron a preguntarse unos a otros de forma tímida y asustadiza de camino al multicine:

-Oye… ¿vosotros dormís bien últimamente? Es que yo tengo unos sueños horribles y apenas puedo pegar ojo. Los días no son mucho mejores, supongo que por el cansancio… – Estaba diciendo Rick, el mayor de los McCloud, hasta que le interrumpió su hermano Charlie.

– ¡Yo también la siento!, ¡yo también la siento…! – Exclamó entusiasmado el pequeño.

-¡¿Es una niña?! Lo que veis, lo que oís: ¡¿es una niña?! – Preguntó Andy. Estaba muy alterado y a punto de un infarto. Llevaba dos semanas deseando no estar sólo en esa isla de misterio en la que se encontraba y ahora le parecía estar viendo un bote salvavidas lleno de amigos en la orilla.

-¡¡Ostia, Joder!! ¿Tú también la ves? ¡Me cago en la puta! Pero, ¿qué coño es esto? – Dijo Rick. Él podía sentir a la cría igual que su hermano pequeño, pero también la podía ver, al igual que le ocurría a Andy, y además era el que evidenciaba mayor miedo ante aquella extraña situación.

Entonces habló Luis Méndez, el muchacho mexicano:

– Yo también la puedo ver. La veo cuando miro de reojo. Si quiero buscarla, miro de reojo y a veces la veo en uno de los lados. Si probáis a lo mejor os sale a vosotros también. – Dijo el muchacho. Y resultó ser cierto; todos lo intentaron y para sorpresa del grupo la chica estaba allí mismo, de pie en el marco de la puerta de Pete’s Sweets como si los observara hablar de ella desde la tienda de caramelos. Era un holograma sin rostro, que desaparecía en cuanto tenían la intención de mirarla, pero que podían encontrar allí donde el ojo se descuidaba de la tarea de buscar y simplemente “veía” sin que ellos hicieran especial esfuerzo en que así sucediera.

Tras aquel descubrimiento, Rick salió corriendo y se puso a vomitar detrás de un coche que había aparcado en esa misma calle mientras su hermano pequeño intentaba reconfortarle en un acto de madurez y de amor fraternal incomparable. Tras una lluvia de ideas que no resultó más productiva que una libreta en blanco, los chicos empezaron a considerar una opción peligrosa y que les aterraba tanto como les atraía.

Quedaron en reunirse al día siguiente en el garaje de los McCLoud, con la irresponsable intención de hacer una sesión de Ouija usando un tablero de chapón improvisado en el que colocaron todo el conjunto de las letras del alfabeto, los números del cero al nueve (los dispusieron de esta forma: 1234567890) y las palabras SÍ (a la izquierda), NO (a la derecha) y ADIÓS (en la parte central del borde inferior del artesanal tablero).

La sesión estuvo en todo momento condicionada por el terror que sentían los chicos, pero es justo decir que fue un éxito en cuanto al resultado y la finalidad con la que la habían planteado. Contactaron con la persona deseada y recibieron alguna de las respuestas que buscaban.

Andy Isaac nunca olvidaría aquella primera sesión de ouija ni la primera vez que habló con un fantasma:

-¿Quién eres?- Preguntó Andy, quien había sido unánimemente elegido para representar al grupo puesto que según sus confesiones era el que más tiempo llevaba recibiendo las extrañas visitas del fantasma de la chica misteriosa. De pronto, el vaso de cristal que descansaba al revés sobre el improvisado tablero de Ouija y en el que cada uno de los muchachos tenía una de las manos apoyadas, empezó a moverse a una velocidad extrema. Aquello no tenía nada que ver con las películas de terror. Apenas podían captar alguna letra suelta del baile de símbolos que estaban quedando bajo el orificio del vaso en aquella violenta sesión de espiritismo. Andy de pronto habló con una voz que le confirió la autoridad de un adulto:

– ¡Por favor, más despacio! ¡Así no podemos ver nada! – Dijo el chico – ¡Ayúdanos a entenderte! – Entonces, como por arte de magia, el vaso quedó casi paralizado y apenas tembloroso fue deslizándose suavemente sobre la madera en la parte en la que los críos habían escrito con un rotulador de la marca Edding las letras N – O – R – A – H.

Aquello ya era algo alucinante; terrorífico también, pero alucinante.

La siguiente pregunta era obligada “¿Qué quieres de nosotros?” quiso saber Andy. La respuesta vino igual de pausada y suave que la anterior; A-Y-U-D-A fueron las letras que señaló el vaso. A la pregunta de cuántos años tenía, el vaso respondió frenándose en seco sobre el número ocho.

Cuando los muchachos se disponían a hacer una nueva pregunta, el trastero de la casa de los McCloud fue sacudido por una especie de terremoto, y las herramientas, tuercas, tornillos y demás chatarras que había distribuidas por todo el garaje del agente Jeff McCloud, el padre de Rick y Charlie, salieron despedidas y empezaron a volar de un lado a otro. Un destornillador se clavó en el muslo de Ismael. Aunque el corte sangraba, era algo superficial, y antes de que retiraran las manos del vaso, Andy aún tuvo tiempo de dirigirse a la chica fantasma:

– Norah, ¿Cómo podemos ayudarte?- Preguntó el muchacho. El vaso danzaba repetidamente a un ritmo sincopado marcando hasta cinco veces el mismo símbolo. Se trataba del lugar donde la tinta negra había dejado marcado el número ocho. Así se fue repitiendo hasta en tres ocasiones, tantas veces como Andy formuló la pregunta, dando siempre el mismo resultado: – 88888 – 88888 – 88888 -.

El temblor ahora parecía tener la intensidad suficiente para empezar a resquebrajar muros y tejados, pero cada uno de los chicos mantenía una mano apoyada aún sobre el vaso. Ismael se taponaba el pequeño tajo causado por el destornillador con la mano libre. Limas, tenazas, clavos y alicates zumbaban por el aire mientras los chicos hacían lo imposible por no cortar su comunicación con el Más Allá. El pequeño Charlie se puso a llorar presa del pánico. Su hermano mayor berreaba como un demente. Era espantoso, y aunque hacía rato que habían perdido del control de la situación, no fue hasta ese momento que Andy también fue consciente del peligro que corrían.

– Estamos asustados, Norah. ¿Podemos irn…? – Fue a preguntar Andy, pero Norah ya sabía lo que le iba a preguntar el chaval y les estaba respondiendo con una danza rápida del vaso (aunque no tan vertiginosa como al principio) a través de la cual, pasando de una palabra a otra, ambas completamente escritas ya en el tablero, les decía en una nueva secuencia:  – SÍ – ADIÓS – SÍ – ADIÓS – SÍ – ADIÓS -.

El ruido, los golpes y la metralla cesaron en cuanto los muchachos dejaron de contactar con la superficie del vaso, que murió, resquebrajado su cristal, sobre la palabra ADIOS. Los cuatro niños se miraron los unos a los otros. Estaba claro que la sesión había funcionado. Ninguno de ellos había manipulado el vaso y sólo hacía falta verles las caras para saberlo. Ismael lloraba; porque le dolía la herida que le había dejado el destornillador y porque estaba muerto de miedo. Los demás estaban pálidos y nadie hablaba. El silencio duró varios segundos. De pronto el terremoto pareció volver, y Rick, que parecía ahora más calmado, arrancó de nuevo a chillar de forma histérica sujetándose la cabeza con las dos manos, aunque en realidad solo se trataba de una falsa alarma. Era del móvil de Andy, que estaba situado sobre una mesita metálica en la esquina y había comenzado a vibrar y a sonar durante unos segundos. Luego invocó al silencio con la misma fuerza que lo habían hecho los chavales al despedirse de aquel espíritu y fue ignorado sin más.

Ahora tocaba recoger todo ese desastre.

Aunque Andy, sobrexcitado y aterrorizado por lo que acababan de ver, no le dio importancia alguna a aquella llamada, más tarde en su casa echaría un vistazo a su teléfono y se le helaría la sangre de los pies a la cabeza al descubrir que aquel misterioso fantasma le había acompañado desde el garaje de Charlie y Rick hasta su propio dormitorio y que había viajado además en el bolsillo derecho de su pantalón, dentro de su propio teléfono móvil. Tenía una llamada perdida a las ocho y media de la tarde de aquel día, justo el momento en que el trastero de los McCloud dejó de zarandearse como una lavadora llena de tornillos. El número era el 91- 88888.

Con unas ojeras como bolsas de basura y el rostro totalmente pálido, Andy entró en su habitación y sostuvo el teléfono con las dos manos. Lo primero que pensó es que se moriría de miedo si en ese mismo momento recibía otra llamada de aquel número. Pero eso no ocurrió. Dudó si llamar o no a sus amigos, para que se reunieran y realizar juntos la llamada al número misterioso, pero eran casi las dos de la mañana, y es que, aunque habían recogido el garaje de los McCloud entre los cuatro, tardaron más de dos horas en volver a colocar en su sitio cada una de las herramientas del padre de Rick y Charlie.

Andy se armó de valor y, con las manos temblorosas por los nervios y la sensación de tener al menos cuarenta de fiebre, pulsó sobre el registro de llamadas, localizó la llamada recibida del número 91 – 88888 y… se fue corriendo al cuarto de baño. Si el wáter hubiese estado apenas dos metros más lejos, Andy habría acabado largando la pota en mitad del suelo del cuarto de baño. Pero tuvo el tiempo justo de llegar, arrodillarse, abrir la tapa del retrete, sujetarse su mejor collar con una mano para no mancharlo y con la otra, sostener la tapa del sanitario para que no le golpeara en la cabeza. Cumplidos los protocolos, Andy se concentró en soltar dentro del inodoro los dos perritos calientes que había cenado en Pappi’s Burguer, entre lágrimas y temblores. Francamente, sabían mucho mejor cuando se los comió.

Más tarde, sentado en su cama y un poco más tranquilo aunque igualmente asustado, Andy no pudo aguantar más y realizó la llamada al misterioso “número fantasma”. En cuanto oyó el sonido de que alguien descolgaba al otro lado de la línea, el niño estuvo tentado de decir “Hola, le llamaba porque he recibido una llamada desde este número…” como si aún confiara en que pudiera existir una respuesta lógica, incluso puede que una casualidad, que pudiera explicar toda aquella demencia, pero no tuvo tiempo ni de abrir la boca cuando se dio cuenta de que era una locución automática la que le saludaba a través del aparato.

“Hola amigo. Has llamado a Mr. Mystic, La Voz del Más Allá…”

Andy colgó y supo que Norah les había enviado ayuda desde el otro lado.

No creía que pudiera dormirse aquella noche, y los pensamientos se arremolinaban en su mente formando una maraña de temores, secretos, misterios y aventuras. Pero apenas tardó diez minutos en caer, y su último recuerdo antes de dormir, o el primero que tuvo en sueños, fue preguntarse a sí mismo si acaso no había visto a la muchacha fantasma, Norah, en su cuarto de baño mientras vomitaba como un quinceañero borracho. Gracias a Dios que sus padres estaban fuera.

Luego hubo una larga noche de plácidos sueños que nunca recordó y a la que siguió un día inolvidable.

4

Norah no podía parar de llorar. Sabía que ya no podría ser modelo ni veterinaria. No sabía dónde estaba, pero sabía dónde NO estaba. Había estado comiendo dulces en la cocina de casa, y parece ser que se equivocó y se comió una cosa venenosa de la novia de Papá. Ahora debería estar en el cielo con Mamá, pero para poder llegar tenía que encontrar primero el camino hacia la luz, y ella estaba en un lugar donde no había luz por ningún sitio; por eso lloraba. Sabía que el llanto no cesaría hasta que encontrara a su mamá.

En ese sitio en el que se encontraba ahora había una puerta muy grande entre las sombras, siempre abierta y con el borde iluminado, que podía usar para volver abajo, donde estaban los vivos. Ya no podría ser modelo, era cierto, pero si bajaba a través de aquella puerta podía ser una sombra, un sonido, un aroma, un pájaro o incluso una canción. Pero bajar era muy peligroso y le daba muchísimo miedo. Las primeras veces que bajó para ver si encontraba a alguien que pudiera ayudarla a llegar al Cielo no le pasó nada, pero tampoco pudo hacer que nadie la sintiera. Era un rollo, pero al menos bajaba y se daba paseos por calles, casas y personas en las que nunca había estado. Hasta que pudo hablar con Andy. Él tenía una parte de Norah, y por eso podía verla y oírla tan bien. Así fue como encontró al muchacho. Andy la recibió y poco a poco se la fue pasando a sus amigos, y ahora Norah podía comunicarse con cualquiera de ellos usando el camino que bajaba a la mente de Andy. Pero Papá de alguna forma había conseguido llegar también allí arriba (Norah ni si quiera se planteaba que su padre ahora pudiese estar muerto) y además estaba siempre vigilando la puerta grande que conducía al mundo de los vivos. Justo ahora que parecía que alguien iba a ayudarla, aparecía aquel monstruo horrible en mitad de la Oscuridad. Nora estaba muy asustada, y se escondió de aquella bestia en un lugar donde no pudiera encontrarla.

En La Oscuridad de Norah, Papá no era Papá, aunque ella sabía que en el fondo sí lo era, sólo que era diferente. Allí era un gigantesco demonio peludo de color morado, pero no de un divertido color morado, sino de una tonalidad oscurecida por las manchas de grasa y sobre todo de sangre seca. Su boca era una enorme trampa mortal de la que siempre caía saliva y que estaba llena de afilados dientes dispuestos en forma de sierra capaces de destrozarla de un solo mordisco. Entre sus dientes colgaban restos de brazos y piernas de otros niños. El Gigante Morado medía más de tres metros, echaba fuego por los ojos y se había hecho el dueño de La Oscuridad de Norah. Arrastraba su largo pelaje morado sobre la nada, olía fatal y siempre estaba hambriento, porque se alimentaba de cosas que no podía encontrar allí arriba, así que Norah había aprendido a esconderse de él en una esquina de su Oscuridad, tapada con restos de cosas muertas (no lo había visto aún, pero Norah sabía que entre las cosas muertas estaba incluso el cadáver de su Mamá), y todo indicaba que el Gigante Morado no podía verla cuando se metía en aquella guarida.

Pero no podía estar siempre escondida, porque necesitaba ayuda para poder llegar al Cielo, y sin embargo, se cuidaba de intentar bajar a la mente de Andy, pues aun recordaba lo cerca que había estado el Monstruo Morado de atraparla la última vez que bajó por ese camino y el peligro que corrieron también los chicos en ese momento. Así fue que rebuscando agazapada en su escondite entre la Tierra y el Cielo, la niña encontró, tras el cuerpo muerto de su madre, una minúscula trampilla que para su alegría, el Monstruo Morado no podría encontrar jamás, y que no daba a la mente de Andy y sus amigos, pero sí a la de otra persona.

Se trataba de un señor mayor, que vivía sólo y que tenía la casa llena de posters  y fotos suyas.

Norah empezó a jugar con el señor desde dentro de su cabeza.

Primero se presentó, mostrando su sombra en la pared de la habitación de aquel hombre; era el primer “truco” que había aprendido a hacer después de morir (ya ni si quiera recordaba cuándo). Luego pensaba sacudir algunos objetos, escribirle algún mensaje o intentar (esto era mucho más difícil) hablarle directamente desde el interior de su mente. Pero todo aquello no fue necesario.

En cuanto aquel hombre solitario vio la sombreada silueta de la chiquilla formándose contra el cartel de “Mr. Mystic, La Voz del Más Allá”, se sentó, abrió una cajita de madera que había sobre la mesa y sacó de su interior una especie colgante con forma de lágrima de cristal que sostuvo a modo de péndulo delante suya, hasta que Nora lo hizo flotar como ocurriera con la ropa tendida del pobre Andy unos días antes. En ese momento el extrañó habló:

-Hola, cariño, no tengas miedo. Voy a ayudarte en todo lo que pueda. Por favor, dime quién eres y qué es lo que te atormenta. – Le dijo aquel hombre mientras el colgante flotaba de una forma preciosa en el aire.

Y Norah, alegre, triste y asustada, le habló entre sollozos.

5

Serían algo menos de las siete de la tarde cuando llegaron los chavales. Al menos eran puntuales. El que le había llamado aquella mañana, Andy Isaac, estaba sin duda aterrorizado, y más miedo tuvo cuando, para su sorpresa, Pat le explicó que ya lo sabía todo, pues la muchacha le había visitado la noche anterior. El chico, que sin saberlo había producido en Patrick una especie de descarga eléctrica con sólo estrecharle la mano (solía pasar con la gente especialmente sensible), no podía ni creerlo. Aunque claro, algunos conceptos sobre lo que creer  y lo que no creer  iban a cambiar ahora drásticamente para esos muchachos, igual que le había ocurrido a él tantas y tantas veces.

– Antes de que digáis nada, quiero que sepáis que Ella vino a verme anoche y sé por qué estáis aquí. Por favor, pasad. Pero antes aclaradme una cosa, ¿qué hay de lo que os dije sobre venir acompañados de algún adulto? – Dijo Patrick.

– Es que no nos atrevíamos a contárselo a nadie, señor. – Respondió con sinceridad Andy.

– Bueno, ahora hablaremos de eso, pero por favor, no os quedéis ahí plantados y pasad de una vez. No quiero que nadie piense que voy a montar una fiesta por del Día del Pederasta. – Contestó Patrick realmente preocupado.

Pat observó que los chicos se miraban unos a otros, desconfiados, pero sin más remedio que poner sus vidas en manos de aquel desconocido. Quizás parezca una imprudencia por parte de los muchachos, y a ciencia cierta que lo fue, pero cuando son los fantasmas los encargados de ordenar las piezas de un rompecabezas, uno solo va dejándose llevar, aprendiendo, descubriendo y sobre todo pasando muchísimo miedo, y en ese hacer va cometiendo imprudencias casi a cada paso que da. Eso Patrick lo sabía por experiencia.

Cuando los chicos hubieron pasado, el hombre se presentó y preparó café; aquella iba a ser una tarde muy larga.

El tipo tenía sesenta y dos años, aunque a juzgar por la cara de los muchachos debía aparentar al menos ochenta. Su nombre era Patrick Payton, pero llevaba casi veinte años escuchando a los demás dirigirse a él como “Mr. Mystic” (La Voz del Más Allá), y sí, él era vidente; pero de los de verdad. “Mr. Mystic” era su apodo profesional y con él se había granjeado una fama que pocos habían logrado en el mundo de “Los Videntes de la Tele”. Siempre había sido un buen cirujano, y cuando comenzó a dar cuenta de sus “habilidades especiales” se dedicó íntegramente a estudiar lo oculto y la parapsicología. Pero ese mundillo sólo le trajo problemas en cuanto a las relaciones sociales y a su propia salud. Había pasado de ser un médico serio a ser el chiflado que veía fantasmas y se comunicaba con ellos. A eso, había que sumarle la depresión que sufrió en los años ochenta por culpa de los remordimientos que le atormentaban, pues eran demasiadas las cosas que Patrick había visto y oído y demasiado horribles. Nadie podía acabar en su sano juicio cuando tenía que irse a la cama a dormir tan tranquilo después de haber visto, por ejemplo, el fantasma de un recién nacido flotando, sin padres, en el pasillo del hospital. Pero lo que resultaba peor era el hecho de que cada vez que Patrick vivía una experiencia demasiado intensa acaecía de pronto de los peores males imaginables, desde fiebres, temblores o vomiteras hasta ataques de epilepsia, amagos de infarto e incluso pérdida total del conocimiento durante más de una semana. Todos esos factores acabaron con los huesos de Pat de feria en feria anunciado como “Mr. Mystic, La Voz del Más Allá”; diez días en coma bastaron para alejarlo de los fantasmas y convertirlo en un farsante que no hacía más que jugar con la ilusión de la gente y ganarse la vida desprestigiando unos dones que precisamente él tendría que haber defendido siempre a capa y espada.

Durante su época de feriante, hacía un reducido uso de sus habilidades para descubrir un dato clave sobre sus clientes, generalmente paletos (les pedía cualquier objeto de algún familiar fallecido y gracias a eso averiguaba el nombre del difunto) y a raíz de ese dato iba forjando un argumento a medida de los oídos del ignorante en cuestión y se encargaba de solicitar los debidos honorarios con la sutileza que sólo los mejores trileros saben emplear. Así administraba sus “esfuerzos psíquicos” y a costa de semejante y continua deshonra se ganó la vida durante casi dos décadas hasta considerarse a sí mismo “demasiado viejo para tanta carretera”. Luego vendrían los días en el Canal Seis, de dos a cuatro de la mañana, en los que Mr. Mystic, ahora ataviado con toga púrpura y peluca, animaba y aconsejaba sin hacer uso de magia alguna a gente que en realidad no creía en sus poderes y que tampoco tenía en principio ningún tipo de problema serio. Ese era el mundo de la Televisión.

Pero la auténtica magia, esa que tenía de forma innata y que le permitía realmente ponerse en contacto con personas que ya no vivían, la reservaba para su tiempo libre, pues Pat nunca había dejado de practicar sus habilidades por honor a los que de verdad lo necesitaban.

Sin honorarios; porque la magia no se vende, chicos.

-Lo primero que quiero deciros es que no me gusta que me toreen. Os dije que vinierais con algún adulto; ¿se puede saber por qué demonios no me habéis hecho caso? – Preguntó Patrick.

– Es que nuestro padre es policía y tenía turno de tarde, señor. Por eso no hubiera podido acompañarnos. Andy está sólo en casa porque sus padres están de vacaciones y la madre de Ismael trabaja de profesora interina, así que tampoco hubiera podido venir de todas formas. – Explicó Charlie, el menor de los McCLoud.

– ¡¿Vuestro padre es policía?! Ahora sí que estoy jodido. Sólo espero no acabar entre rejas por culpa de esta niña fantasma. – Dijo alarmado Patrick. – A ver, otra cosa que quiero explicaros: estáis aquí porque yo puedo acabar con esto de una vez. Esa chica necesita que la ayudemos y no vamos a poder hacerlo hasta que contactemos con ella. Para eso hay unos métodos y yo sé perfectamente cómo usarlos, pero vosotros en cambio no. ¿Me seguís? – Preguntó de nuevo Patrick. Los chicos asintieron tímidamente ante su monólogo de modo que no esperó respuesta alguna y continuó hablando. – Bien, me alegro de que lo entendáis, porque lo que hicisteis ayer, primero fue una auténtica chapuza (eso no lo pensaba realmente, pero formaba parte de la regañina y estaba dispuesto a soltarla tal y como la había planeado) y segundo fue una enorme insensatez más peligrosa de lo que vosotros creéis. ¿Es que estáis locos? ¿Sabéis lo que os podría haber pasado si a través de vuestra Ouija de cartón hubiera entrado en nuestro mundo el espíritu contra el que estaba luchando esa niña? ¿Sabéis que habría pasado si alguno de vosotros llega a retirar la mano del vaso, el cenicero, o lo que usarais, en el momento equivocado?

Pat se iba calentando a medida que avanzaba en su preparado discurso, pero el chico latino le interrumpió súbitamente, aunque con mucha educación:

– Disculpe, señor, con todo mi respeto: no ha dejado de regañarnos desde que llegamos y sin embargo fue ella la que vino a buscarnos a nosotros, ¿qué podíamos hacer? No sabíamos si… – Dijo el chico antes de que Pat le interrumpiese indignado.

-¡No sabíamos! ¡No sabíamos! ¡Por eso mismo, que no sabíais, teníais que haber pedido ayuda primero! Así que prometedme que esta es la última vez que vais a jugar con el Más Allá; ¿de acuerdo? Y por cierto – añadió Pat – a Ella también le he regañado ya por eso.

Las caras de los chicos cuando Pat confesó aquello eran una obra de expresionismo hiperrealista. En sus ojos se podía ver la ilusión y la seguridad de quien acaba de encontrar a su Gurú; un verdadero vidente capaz de regañarle al fantasma que les había estado atemorizando durante las últimas semanas. A Patrick le costó contener alguna lágrima cuando recogió el significado de aquellas miradas de admiración. Pero eso no le interrumpió en su perorata:

-Quiero que entendáis que os lo digo por vuestro bien; nos movemos entre dos mundos y hay cosas en ese espantoso espacio vacío que no tienen conciencia, ni edad, ni sentimiento alguno; es necesario que comprendáis el riesgo que entraña este asunto. Cada sesión de Ouija es una cuestión de vida o muerte. Y por eso quiero que nunca más volváis a hacer espiritismo, chicos. Prometédmelo. – Les pidió Payton.

Los muchachos, que de corazón querían cumplir aquella promesa, aceptaron sin rechistar, incluso Andy, quien sin saberlo, tantas veces rompería ese juramento en el futuro (aunque para eso aún faltaría muchísimo).

Más tranquilo ahora, Patrick explicó a los muchachos los riesgos que entrañaba la mala ejecución en una sesión de espiritismo, los métodos más seguros para contactar con los muertos, los requisitos para hacerlo, las herramientas necesarias y los peligros que conlleva hacerlo con éxito y hacerlo mal. Luego les explicó el plan que tenía preparado, y ellos, que lo entendieron a la perfección, aceptaron muertos de miedo aquella misión sin ser realmente conscientes de las amenazas que entrañaba. Iban a contactar con Norah para expulsar al demonio que la atormentaba, pues sólo así conseguirían por fin comunicarse con ella de forma fluida. Tenían por delante una tarde muy larga.

Pat deseaba estar equivocado, pero sabía que si aquello no resultaba ser una odisea que acabara con sus huesos en la cárcel o bajo tierra, iba a expulsar a un ser espiritual hecho de pura maldad del Inframundo de una pobre chiquilla muerta, y solo contaría con la ayuda de aquellos niños para poder rematar la faena.

Llamó a Andy aparte, le mantuvo agarrado por la pechera, y mientras ambos se aguantaban la mirada el vidente  le advirtió:

– Pase lo que pase, hijo, no te preocupes por mí. Ella prefiere hablar contigo porque en ti hay un pedazo de Ella, pero hablaré yo para que ese hijo de puta no pueda hacerte daño. Si ves que la cosa se complica, por favor, prométeme que soltarás el vaso y dejarás que yo me encargue de él. Júramelo, muchacho. – Dijo Patrick.

– No se preocupe señor Payton. Si me asusto demasiado lo soltaré. Se lo juro. Y gracias por todo, señor. – Respondió el muchacho. Los ojos del médium reflejaban oscuros secretos que  no decían sus palabras, pero a Andy el hombre le inspiraba confianza y no se le ocurría otra persona que pudiera ayudarles a solucionar aquel asunto. Además, era Norah quien le había elegido, así que no había otra opción.

– De nada, chico – dijo Payton – y por cierto; bonito collar. – El muchacho se agarró el colgante con recelo y lo volvió a colocar por dentro de su camiseta de los Clippers.

– Ha llegado la hora de ponernos manos a la obra, pero primero hazme un favor, chico: – dijo Patrick a Rick, el mayor de los McCloud – hablad con vuestro padre y decidle que estáis aquí. – El muchacho (que tenía restringido el envío de llamadas desde su móvil) usó el teléfono de Pat para llamar a su padre. El agente McCloud estaba de servicio y no respondió al teléfono en ese momento.

Patrick Payton se descubrió a sí mismo avergonzado imaginando el rostro de aquel oficial de policía cuando devolviera la llamada perdida y escuchara el saludo de su contestador automático.

“Hola amigo. Has llamado a Mr. Mystic; La Voz del Más Allá…”

Era el momento de hacer algunos cambios en su vida, pero primero había que resolver el asunto de los críos, así que bajó al sótano a buscar las herramientas.

6

Los agentes Vázquez y Montana esperaban ya en la puerta de la Comisaría de Cabbeytown para escoltar a aquel demente a prestar declaración y luego a los calabozos. El muy desequilibrado había irrumpido en casa de un traficante a plena luz del día y lo había cosido a balazos en el salón de su casa mientras su mujer y sus dos hijas pequeñas observaban la escena aterrorizadas. Se trataba de un ajuste de cuentas, otro de tantos, pero daba miedo pensar que uno compartía el planeta con gente tan desalmada como aquel tipo, que a pesar de haber clavado en el cerebro de su víctima el primero de los disparos que le dirigió en su propia casa, no paró de apretar el gatillo hasta ver alojadas en su objetivo las dieciséis balas de su Colt de nueve milímetros. Últimamente Jeff McCloud consideraba cada vez con más peso la posibilidad de jubilarse. Podría haberlo hecho dos años atrás, pero se quedó a instruir a aquel novato por petición expresa del Sheriff Davidson. Davidson era un buen hombre que le había sacado más de una vez las castañas del fuego, y en el mundo del agente McCloud los favores de devolvían con más favores.

Pero una cosa estaba clara; cada día le gustaba un poco menos su trabajo.

McCloud dejó al indeseable a cargo de sus compañeros y retornó a su ronda diaria. Con él viajaba el agente Barrels, su compañero por asignación desde hacía dos años. Era un muchacho joven con un alto sentido de la disciplina, y aunque a veces pecaba de inexperiencia, Jeff auguraba un gran futuro en el cuerpo para aquel policía de nombre Joe.

Cuando el semáforo del cruce entre Chippers y Genoa Park permitió el paso de su vehículo, Jeff sintió vibrar su móvil en el bolsillo, aunque le hizo caso omiso y avanzó con el coche patrulla mientras se dirigía a su compañero:

– Joder, Joe, no tengas hijos nunca. Ellos no se pueden imaginar las cosas que tiene uno que ver cada día, y creen que cada advertencia es simplemente una forma poco original de Papá para tocarles las narices. De verdad que recuerdo mi infancia, y sé de buena tinta que no fui precisamente un santo, motivo por el cual me siento agradecido de lo responsables que son Richard y Charles, pero ¿sabes Joe? El miedo no lo pierdes jamás. Comienza incluso antes de verlos nacer y se va haciendo más grande a medida que ellos mismos van siendo cada vez más conscientes de los horrores que alberga este mundo. – Se explayó Jeff. – Supongo que ese miedo es proporcional al amor que uno siente por ellos.

– Te entiendo perfectamente. – Respondió Joe Barrels. – Aunque no haya tenido hijos aún, me he visto muchas veces en la tesitura de pensar lo mismo que tú; ¿Qué clase de mundo se va a encontrar mi hijo? No es que Sandra y yo no queramos ser padres, pero estamos esperando el momento en el que nos veamos más preparados, tanto mental como económicamente, por eso más de una vez me he parado a observar a ladrones, maltratadores, pederastas, violadores, camellos, drogadictos… ese podría ser mi hijo, pienso. Y entonces créeme Jeff, que me siento exactamente igual que tú ahora mismo.

– Te aseguro que no. Puede que sientas algo parecido en el futuro, pero hasta entonces, nada. – respondió Jeff, un policía viudo y con dos hijos a punto de jubilarse para el que la vida no había resultado nada fácil. – Ayer, por ejemplo, cuando volví a… – la radiofrecuencia de la Policía de Cabbeytown interrumpió al agente McCloud en ese momento. Se llamaba a las unidades en el distrito de Northsimth para acudir a un “Beta 40” en Dumbermills. Un “Beta 40” era un robo con intimidación, de modo que habría que tomar huellas,  declaraciones, etcétera… Iba a ser una tarde entretenida para el agente McCloud y su compañero, el oficial Barrels.

Tomó la segunda rotonda a la izquierda para recorrer la larga avenida Miss Delaware hasta la zona de la residencia Dumbermills. De camino al recinto, Jeff continuó con su discurso por donde lo había dejado:

– Estoy preocupado por mis hijos. Ayer cuando volví a casa estaban los dos pálidos, no quisieron comer y ni siquiera se quedaron a ver la tele. Subí a la habitación dispuesto a mantener una conversación  “Padre e Hijo” con ellos, y me los encontré rondando un papelito con cinco ochos escritos en él… – estaba narrando Jeff, cuando le interrumpió su compañero.

– ¿Cinco ochos? – preguntó el joven.

– Ocho, ocho, ocho, ocho, ocho. – Respondió Jeff. –  Yo me quedé igual que tú. El pequeño me preguntó “Papá, ¿tú sabes que puede significar esto?” mientras me mostraba el garabato y mi hijo mayor le echó una mirada que me hizo saber que me ocultaban algo. Mandé a Rick a por helados al Veinticuatro/Siete  y sometí a Charles un grado dos. Una calada a mi cigarro (aunque sabe Dios que pienso matarle si un día me lo encuentro fumando) y la promesa de salir a disparar con la escopeta de balines. El pobre me lo soltó todo.

-Voy tomando nota de tus técnicas, Jeff. – Dijo riendo Barrels.

-Pues resulta – dijo Jeff – que ahora ven fantasmas. Charlie me aseguró que ambos pueden sentir el fantasma de una niña, y que algunas veces  incluso puede verlo. – Esta última frase obligó al agente McCloud a poner una extraña mueca y mirar a su compañero con gesto cómico. – Cuando me lo contó lo asocié con la vieja tradición del amigo invisible, y joder Joe, ¿quién no ha tenido uno de esos de pequeño? – Barrels asentía con una sonrisa desde el asiento del copiloto mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad ante la inminente llegada al lugar de la denuncia. – Lo que me acojonó – continuó Jeff – es que al parecer se reunieron ayer por la tarde, en mi garaje, ¿puedes imaginarlo? ¡en el garaje de casa! y los insensatos intentaron invocar al fantasma de la niña con un viejo chapón en el que improvisaron un tablero de Ouija. Y dice el crío que lo consiguieron. Cuando me aseguré de que dormían bajé al trastero y efectivamente; allí estaba, en un escondite bastante predecible y tal y como Charlie me lo había descrito. No sé qué pensar, Joe. Estoy hecho un lío. – remató McCloud.

Los dos Oficiales de la Policía de Cabbeytown se apearon del coche patrulla y se dirigieron conversando hacia la puerta principal de Dumbermills, una residencia enrome y con mucha clase que albergaba en su mayoría a gente que un día fue de “Cabbey” pero cuyos hijos nunca aceptarían serlo. En Dumbermills, los nietos de Cabbeytown dejaban a sus abuelos como ofrenda al pueblo, para marcharse y no volver jamás.

– No le des más importancia de la que tiene, Jeff. – Joe intentaba animar a su veterano compañero. – Yo mismo de pequeño también pasé por mi época espiritista, en la que hacía la Ouija con mis amigos un día sí y otro también, y como verás no sufrí ningún tipo de maldición ni de ataque fantasmal…

– Vete a la mierda, Joe. – Dijo Jeff mientras saludaba con un gesto de la mano al compañero que se encargaba de vigilar la puerta principal de “Dumbers”, quien a su vez les abría paso a los dos agentes mientras les devolvía el saludo. – No me gustan un pelo esos juegos, y aunque tú lo veas como algo normal, es bastante peligroso en realidad. O al menos eso creo. Pero déjame contarte una cosa antes de que me desvíe del tema; sabes de dónde sacaron lo de los cinco ochos, ¿no?

– No me lo digas, Jeff. De la Ouija, ¿verdad? – Adivinó Joe.

– Pero eso no es lo peor, ¿sabes a quien corresponde ese número de teléfono, compañero? – Preguntó Jeff al novato. – Compruébalo tú mismo. Lo encontré esta tarde en Comisaría junto a la máquina de café.

McCloud le dio a su compañero una especie de cartulina amarilla en la que había impresa una publicidad. Era un anuncio de esos que dejan en los buzones y se colocan en los parabrisas de los coches. Decía:

“MR. MYSTIC; La Voz del Más Allá”

Acaba con tus dudas en directo

en Canal 6

De 2 a 4 de la madrugada

en el  91 – 88888

– Te espero –

El joven agente se quedó de piedra y le preguntó a su compañero con impaciencia, súbitamente emocionado:

-¿Una Ouija de cartón les dio a tus hijos el número de un vidente de la tele? Joder tío, esto sí que es espiritismo, y no lo de los viejos tiempos…

– Déjate de gilipolleces, Barrels. Son mis hijos y daría mi mísera vida por protegerlos. Me asusta muchísimo la idea de que puedan contactar con un farsante de feria y acaben con el coco lleno de fantasmas, suicidios e historias de la cripta. Pero ¿sabes cuál es el problema, colega? – Preguntó McCloud a su compañero.

-¿Cuál? – Le respondió el joven.

– Que una mísera vida no basta para proteger a los hijos, Joe.

La chica que les recibió en la puerta era una joven de raza afroamericana que vestía riguroso uniforme de camarera de piso. Les invitó a pasar y les condujo a la habitación en la que se encontraba Gretchen Marx, la señora mayor que había sido supuestamente atracada por un joven navajero y que sollozaba entre sudores mientras todos alrededor prestaban atención a su terrorífica historia. McCloud había aprendido a lo largo de su carrera como agente en Cabbeytown que de vez en cuando, los ancianos residentes de “Dumbers” solían hacer denuncias totalmente falsas que les daban vidilla a sus aburridas tardes en el asilo. Siempre que llegaba una denuncia de Dumbermills, Jeff se acordaba del viejo chiste de la anciana que acude a comisaría a denunciar un intento de acoso sexual, y , al preguntarle el agente encargado de tomarle declaración si hace mucho que sucedió aquello, la mujer responde “Sí hijo, sí. Pero me gusta recordarlo de vez en cuando…”.

Serían las once de la noche cuando Jeff  recordó haber sentido vibrar su teléfono mucho antes, y al comprobar en el registro de llamadas que una de ellas provenía del número  91 -88888 casi sufre una bajada de tensión. Marcó en seguida el número del móvil de su hijo Rick y esperó impaciente. Su cara era el reflejo de la desolación y el pánico, y casi no acertó a pulsar sobre la pantalla los números correctos fruto del miedo que sentía. Para su infinita tranquilidad, Rick le  respondió asegurándole que tanto él como su hermano pequeño se encontraban sanos y salvos, aunque se encontraban en Kocoa y su historia era cuanto menos rocambolesca. Jeff le pidió que volvieran a casa en seguida y que le llamaran desde allí cuando hubieran llegado.

Pasada la una de la madrugada, Jeff seguía esperando horrorizado aquella llamada que no llegaba.

7

Cabbeytown era un pueblo costero dividido a su vez en cuatro distritos. Estaba Cañaveral, haciendo frontera con México, Kocoa, al Norte de Cañaveral, y los Smith, que es como se conoce coloquialmente al conjunto formado por los distritos de Northsmith y Southsmith, al Este de Kocoa. Raymond Street era una de las mejores urbanizaciones de Northsmith, y en el momento que nos atañe, el Grupo se encontraba en un caserío en Kepa Beach, Kocoa, en el punto en el que el White River desemboca simultáneamente en Cotton Bay (Kocoa) y en la Bahía de Cañaveral (Cañaveral), convertido ahora en Rioblanco (el White River es uno de los pocos ríos del país que tiene dos nombres según el tramo; en Cañaveral, un distrito totalmente hispano, es conocido como Rioblanco, la traducción literal de White River al español).

Aunque los chicos habían traspasado las fronteras de Northsmith, la distancia entre Kepa Beach y Raymond Street era de tan sólo treinta minutos en tren, medio que habían usado para llegar hasta la casa de Patrick Payton.

Pero para ser honestos, y fieles a la verdad, lo justo sería decir que al Grupo le faltaban aun dos miembros, pero no les llegaría su turno hasta un poco más tarde. Exceptuando a dichos miembros aún ausentes, y tras la dura tarea de volver a fabricar un tablero de Ouija, esta vez por partida doble, el Grupo tomó las posiciones que Patrick había asignado a cada uno en su arriesgado plan:

Habían situado sendos tableros cada uno en una mesa, y se habían sentado en orden de forma que Rick e Ismael quedaron ubicados en la más lejana a la puerta, mientras que Pat y Andy ocupaban la mesa contigua. Ismael sería el encargado de hacer las preguntas en su tablero. Patrick haría lo propio en el suyo. Los demás callarían y bajo ningún concepto retirarían la mano de los vasos. Aunque doliera. Aunque doliera muchísimo. El pequeño Charlie estaba allí para asegurarse de que nadie externo al Grupo interrumpiera ninguna de las sesiones de espiritismo, y también era el encargado de interrumpirlas si el peligro sobrepasaba los límites que Pat había establecido. “En cuanto veas una gota de sangre, separa las manos de los que estén en esa mesa” le dijo Pat al chico, al que le encantó la idea de pensar que era una especie de bárbaro con un hacha en la mano que guardaba la entrada de un castillo para asegurarse de que nadie pudiera pasar, aunque la realidad es que se trataba tan sólo de un niño de diez años que estaba a punto de vivir la experiencia más impactante de su vida, puesto que se encontraba a escasos metros de dos sesiones de Ouija en una de las cuales se jugaba la vida su hermano con la intención de destruir a un espíritu maligno. Todo ello, por supuesto, en casa de un señor mayor extraño.

Una vez iniciadas las sesiones, Patrick invocaría desde su tablero a Norah e intentaría contactar con el demonio que la acosaba. De conseguirlo, Norah sería invocada ahora por Ismael mientras Andy y el vidente se encargaban de retener al demonio e intentar destruirlo.

Al menos esa era la versión oficial que Payton dio a los muchachos, aunque el verdadero plan tenía algunos matices diferentes, nimiedades que los críos no tenían por qué saber y que Patrick se encargaría de controlar con la ayuda del pequeño Charlie, que demostró ser un niño muy valiente aunque fácilmente sobornable.

El Grupo (a excepción de los miembros rezagados) se abrazó, se deseó fuerza y suerte, y comenzó las sesiones de espiritismo que intentarían liberar el alma desolada de Norah.

Esto es lo que sucedió:

Ismael y Rick esperaban su momento según las órdenes de Payton. Confiaban en el tipo y el tipo confiaba en ellos, y eso era todo lo que tenían para pensar que aquello iba a funcionar. En la mesa de Pat y Andy, el vidente invocaba a Norah; preguntaba si estaba allí y si podía sentir a Andy. La respuesta no se hizo esperar demasiado:

– SI – Indicó el vaso cuando acabó su primer movimiento.

– ¿Está él ahora ahí contigo? – Preguntó Payton. El vaso se deslizó hasta el borde opuesto de la recién serrada madera y frenó en seco sobre la palabra NO.

– Perfecto, no tengas miedo. – Dijo Pat. – ¿Has entendido nuestro plan, cariño? – El vaso volvió a su posición sobre la palabra SI.

– Bien. Entonces ve a buscarle, cielo. Sé valiente y tráelo hasta aquí. Vamos a acabar con él. – Dijo Patrick.

En la mesa de al lado, Ismael y Rick que escuchaban en silencio al médium, eran conscientes de que se acercaba su momento. Tenían los nervios a flor de piel y el mayor de los McCloud estaba a punto de mearse encima.

El vaso de Pat y Andy comenzó a moverse de forma temeraria a una velocidad imposible, y esta vez, con esfuerzo, y aterrorizado porque sabía lo que estaba a punto de ocurrir, Andy consiguió descifrar la palabra que ya había leído sobre un tablero similar el día anterior. Pat sabía de memoria lo que significaba aquel movimiento sobre una Ouija y sería capaz de descifrarlo aunque le borraran todas las letras. Ya lo había visto antes cientos de veces. El mensaje decía:

A-Y-U-D-A – A-Y-U-D-A – A-Y-U-D-A

Un segundo después, Pat hizo un gesto a Ismael y volvió a formular una pregunta:

– ¿Quién eres, demonio? – Pregunto el vidente. Al principio no hubo respuesta, pero pasados apenas cinco segundos, cuando Patrick ya pensaba en repetir la pregunta, los ojos de Andy y los suyos propios se convirtieron en dos enormes bolas negras, como pozos sin fondo encajados en sus rostros, y comenzaron los gritos y las convulsiones. Muchacho y médium se retorcían entre alaridos usando un coro de voces que no les pertenecían y ahora faltaba lo más difícil; atrapar al espíritu que los estaba torturando de ese modo y encerrarlo dentro de un amuleto mágico.

Una lejana parte de Pat deseó que Dios repartiera suerte.

En la mesa de Ismael, el chico formuló su primera pregunta al captar el acordado gesto que le había lanzado Payton:

– Norah, ¿estás ahí? – Quiso saber Ismael. El vaso tintineó y tímidamente se colocó en la parte izquierda de la tabla, sobre la palabra SÍ. Habían conseguido pasar a Norah de un tablero al otro, y ahora solo tenían que entretenerla y confiar en que Payton consiguiera atrapar al demonio dentro del péndulo.

Andy y Pat aguantaban entre horribles espasmos mientras el colgante que sujetaban entre ambos se ponía incandescente y zumbaba de un lado a otro como si se tratara de un ave atrapada por una pata y tratando de escapar. El abalorio casi se les cae de las manos aunque, haciendo acopio de todas sus fuerzas, lograron retenerlo el tiempo necesario para que cumpliera con su cometido. Pero el dolor era insoportable, y para colmo, empezó la verdadera fiesta:

Los grifos de toda la casa se abrieron al unísono con su mayor presión. El agua salía hirviendo a juzgar por la humareda y el vaho que desprendían lavabo y fregadero. Todo aquello que era de cristal reventó en mil pedazos, aunque para suerte del Grupo, el experimentado médium, que ya había previsto semejante posibilidad, se encargó, antes de la sesión, de guardar en los muebles posteriormente sellados a cal y canto todo el instrumental de cocina, así como vajillas, jarrones y demás piezas potencialmente “explosivas”, “punzantes” o “cortantes”.  Las televisiones y aparatos de radio que había en casa de Patrick se conectaron de forma automática emitiendo diferentes contenidos a un nivel de decibelios tres veces superior al permitido por la Ley de Contaminación Acústica, a pesar de que el hombre había desenchufado todos los aparatos eléctricos. Las puertas y ventanas de la casa se abrían y se cerraban una y otra vez. Aquello parecía el mismo infierno. Un demonio andaba suelto.

En la mesa del joven Ismael, los muchachos seguían el guion marcado por Payton al pie de la letra, con el fin de distraer a la vulnerable muchacha el máximo tiempo posible:

– Ahora no puedes acordarte de él, Norah. Olvida al Monstruo. ¿Te acuerdas de tu mamá? – Dijo Ismael según lo planeado. El vaso rodeó la palabra SÍ sobre la que se hallaba plantado y volvió a situarse encima.

– Eso es, Norah. ¿Era guapa tu Mamá? – Prosiguió el muchacho. El vaso repitió la misma danza obteniendo el mismo desenlace que en la pregunta anterior. SÍ. Ismael siguió preguntando por su madre a Norah, intentando ganar para Patrick el tiempo que necesitaban.

El escándalo era ensordecedor y podía oírse a quinientos metros de distancia, aunque por suerte para El Grupo, ninguno de sus miembros parecía herido y no había nadie en kilómetros a la redonda. Los alaridos de Andy se convirtieron de pronto en aberrantes gritos de lamento, y entonces Charlie McCloud le dio un tirón del brazo que apoyaba sobre el vaso, el que usaba para mantener el contacto con el demonio de la Ouija, dejando a Patrick solo y en trance, con una mano apoyada en el vaso sobre la Ouija  y sujetando con la otra el péndulo ardiente en el aire. Así se lo había pedido Payton y así lo hizo el menor de los McCloud. Los ojos, la nariz y los oídos del médium sangraron abundantemente. Pat, sin embargo, sonrió al pequeño Charlie orgulloso. Ninguno de los chicos olvidaría jamás la visión de aquel rostro sonriente, de cuyos orificios manaba la sangre como si fueran oscuras cataratas carmesíes.

Patrick ya tenía al demonio en la trampa. Norah lo hizo levitar tal y como habían acordado, aunque el Talismán de Bedhú acababa de sufrir una combustión espontánea y ahora era un enorme cráter llameante que gracias a la muchacha flotaba en el aire de forma antinatural. Era un demonio cautivo queriendo escapar de su prisión. Era el padre de la niña; un hijo de puta de cuidado.

Pero Pat tenía que aguantarlo un poco más, hasta que Ismael tuviera tiempo de pronunciar la frase, y el hombre ya podía notar en el cuello cómo le chorreaba la sangre desde los oídos.

Instantáneamente, como si acabaran de comunicarse con su mente (quién sabe si no fue así…), Ismael giró la vista hacia la mesa de al lado y vio el colgante de Pat convertido en una bola de fuego y flotando en el aire. Pronunció la frase:

-“Norah, acaba con él.”

El espíritu de su Papá había pasado momentáneamente al interior del amuleto del vidente, y ahora ella tenía la misión de destruirlo. Norah no se creía capaz, pero Pat le había dicho que confiaba en ella, que era una niña muy fuerte y que podría hacerlo si realmente se concentraba. Le dijo que olvidara a aquella Bestia y que pensara fuerte en su Mamá. Ella sabía que iba a hacerle daño, y no quería, porque era un hombre bueno que la había ayudado, pero ya no podía seguir llorando. Ya no le quedaban lágrimas. No quería herir a Pat, pero se concentró en su Mamá. No tenía ni la menor idea de lo que tenía que hacer y se acordó de los días en los que Papá bebía y le pegaba. Se asustó al pensar que por culpa de ese recuerdo fugaz finalmente aquel plan no funcionara; entonces ella tendría que quedarse allí sola siempre llorando en Su Oscuridad, donde el Monstruo Morado la acecharía eternamente. Y Papá les haría daño a Pat y a los chicos. Pensó fuerte en su Mamá. Casi la pudo tocar. Entonces intentó besarla, pero ella se desvaneció.

Y ese fue el momento en el que el péndulo se desintegró con el amargo recuerdo de su padre dentro, y esparciendo proyectiles de cristal al rojo vivo en todas las direcciones.

Norah se encargó de proteger a los chicos, pues se lo había prometido a Pat la noche anterior, y solo tuvo que frenar una gran esquirla con forma puntiaguda que iba directa a la cabeza del pequeño Charlie;  los demás no corrieron peligro.

Su Papá por fin había desaparecido, y aunque Norah seguía llorando desconsolada por no haber podido besar a su Mamá, lo que hizo que sus lágrimas ahora fueran mucho más dolorosas, al fin podía comunicarse con los chicos sin miedo al Monstruo Morado. Ahora podría decirles las cosas que antes no podía.

Norah escuchó la voz de Ismael que la llamaba desde la distancia tras aquel extraño umbral a través del cual podían hablarse vivos y muertos.

– Norah, ¿se ha ido ya? – Preguntó el chico mexicano. El vaso volvió a danzar sobre la palabra SÍ en su tablero y los chicos suspiraron al unísono.

– ¿Podemos irnos, Norah? – Dijo ahora Ismael. La respuesta fue un baile breve, como si la cría, en un acto de madurez, no quisiera prolongar más el esfuerzo de los muchachos. – SÍ -.

Ismael y Rick se apearon de sus sillas y se abrazaron orgullosos por el éxito de la misión. Andy, que había acudido a abrazar a Pat, se horrorizó al verle el rostro; estaba lleno de cortes y quemaduras en la piel, y tenía clavados restos del Talismán de Bedhú por toda la cara. El Grupo vio entonces al señor Payton hablando con una voz que no era la suya. Aún tenía los ojos completamente negros y lloraba hilillos de sangre. Su voz era de ultratumba, aunque aguda e infantil, y los chicos creyeron saber a quién pertenecía:

– 1561 DKV es la matrícula. Buscad en Raymond Street, lo escucharéis por la radio. Muchas gracias chicos. – Dijo el hombre con la voz de Norah.

Escuchar aquella voz los dejó clavados en el suelo. Ninguno de ellos se había imaginado así la voz de Norah (excepto Andy, el único que ya la había oído en sueños) pero escucharla brotar de los labios de Payton era tan grotesco como inverosímil.

Los críos, aun de piedra, pensaban que todo aquello ya había terminado y no esperaban tener otra tarea por delante, pero reaccionaron ante el atronador alarido de Payton que hablaba ahora con una voz deformada y grotesca, como si sonara a través de un amplificador, sin restos ya de la voz de chiquilla de antes:

– ¡¡¿Se puede saber a qué demonios estáis esperando?!! ¡¡Marchaos!!… ¡¡MARCHAOS YA!!

Los chicos, amedrentados y cabizbajos, abandonaron la casa de Patrick tristes por aquella despedida tan grosera. Después de la épica misión que habían llevado a cabo le habían cogido cariño al vidente, casi le idolatraban, y no solo era que el tipo finalmente había resultado ser un idiota y un maleducado, sino que además, para colmo, tenían que dejarle allí solo en su casa y evidentemente malherido.

Aunque había que reconocer que como médium no tenía rival.

Uno a uno salieron con rostros serios al exterior del caserón, y Andy cerró la puerta tras él, después, eso sí, de despedirse cortésmente de Payton.

– Hasta siempre, señor Payton. Y muchas gracias; le debo una. – Se despidió Andy. Él no lo sabía, pero esa fue la última vez que hablaría cara a cara con Patrick “Mr. Mystic” Payton.

Patrick, en la casa, sacó del bolsillo delantero de su camisa el teléfono móvil y marcó el 911. Después lo dejó apoyado sobre la mesa completamente salpicada de sangre, junto al tablero de Ouija. En algún lugar de su mente, Payton se quedó vagando por un espacio vacío y sin conciencia que sería a partir de ahora Su Oscuridad.

“La Voz del Más Allá” había entrado en coma profundo, y en ese estado estaría durante mucho, mucho tiempo.

8

Los chicos se bajaron del tren en la estación de Northsmith sobre la una y media de la madrugada, y en cuanto Rick se dio cuenta del aluvión de llamadas perdidas que tenía, todas de su padre, le pidió nervioso a Andy su teléfono para llamarle.

– Richard McCloud, ¡¿se puede saber dónde estabais metidos?! ¡¿Pero tú sabes qué hora es?! – Comenzó el padre de Rick. – Llevo más de dos horas llamando a casa, y nada. ¿De quién es este teléfono?

– Es el teléfono de Andy, papá… – Respondió tímidamente el muchacho. – Es que veníamos en el tren y no teníamos cobertura, pero acabamos de llegar a la estación de Northsmith y en quince minutos estamos en casa.

– ¿Qué acabáis de llegar a Northsmith ahora? Lo único que he sabido de vosotros en todo el día es que tengo la llamada de un desconocido, que a saber qué clase de degenerado podría ser, que además vive en la otra punta de Cabbetown y que si no me equivoco, coincide con el número que supuestamente os envió un fantasma ayer en mi garaje. Cuando consigo hablar contigo me dices que el tío os ha invitado a su casa después de que le llamarais. ¿Es correcto? A ver, chicos: ¿Es que os habéis vuelto locos? – Recriminó Jeff a su hijo. – Ni se os ocurra moveros de ahí. Llego en cinco minutos y os recojo. No os mováis de ahí, ¿entendido? – Quiso recalcar el indignado padre.

– Entendido… – Contestó Rick, avergonzado por la colosal reprimenda.

No habían pasado ni tres minutos cuando el agente McCloud se apeó del coche patrulla, aparcado en doble fila en la puerta de la estación de Northsmith.

– Buenas noches, chicos. ¿Andáis metidos en algún lio o qué demonios os pasa? – dijo Jeff nada más llegar donde se encontraban los cuatro muchachos. – ¿Y vosotros? ¿Por qué no pensáis un poco en vuestros padres? No deberíais andar por ahí a estas horas y sin que nadie sepa nada de vosotros en todo el día, sea lo que sea lo que hayáis estado haciendo. Y por cierto, me gustaría que me aclararais todo ese follón del fantasma, el vidente, y la madre que lo parió…

Rick, que había sido siempre un chico infantil y miedoso, nulo en deportes y con poco éxito entre las chicas, experimentó la sensación de subir al podio a recoger la medalla de oro. Fue “el campeón” por esa noche y se sintió completamente útil para ésta, su misión, desde que todo comenzara, días atrás. Había estado todo el rato evitando la mirada de su padre mientras éste les daba la brasa, y eso hizo que escuchara su sermón con la vista clavada en el coche patrulla aparcado a escasos metros. Nadie esperaba en el asiento del copiloto, puesto que la pareja de policías había terminado su turno a la una de la madrugada, y Barrels, el compañero de su padre, debería estar ya en casa con su mujer, lo que ofrecía un total de cuatro plazas libres en el coche. A Rick aquello le pareció providencial.

– Papá, ¿te importaría llevar a Ismael y a Andy a sus casas también? – Interrumpió Rick a su padre.

– Claro que no me importa hijo, ¿acaso piensas que después de lo que os estoy explicando iba a dejar que los chicos volvieran a casa andando y a solas? – Respondió el agente McCloud algo extrañado por el inusual golpe de iniciativa de su hijo.

Andy, que vivía a dos casas de distancia de los McCloud, no entendió de primera hora por qué Rick había incluido también a Ismael en aquella petición, ya que el joven vivía con su madre en un piso de alquiler justo en la calle de atrás de la Estación de Northsmith en la que se encontraban en ese momento. Ismael, extrañado también, intentó insistir al padre de Rick y Charlie de que aquello no era necesario, pero el policía se mostró implacable en ese sentido. Entonces, de camino al coche, Rick dijo algo que hizo que los demás comprendieran su estrategia y se sintieran orgullosos de él.

– Oye papá, ¿sabías que la matrícula de tu coche patrulla suma trece? – Preguntó el muchacho de pronto con una sonrisa de oreja a oreja.

– Ahm… pues mira, no. No lo sabía. ¿Y eso? ¿Por qué lo dices? – Preguntó el oficial a su hijo.

– No, por nada… es que me acabo de dar cuenta. – Dijo Rick, poniendo un especial énfasis en la posterior aclaración. – 1561 suma trece.

Los chicos subieron al coche que Norah les había indicado a través del cuerpo de Payton, y de Camino a Raymond Street, una conversación entre Rick y su padre supuso un cambio drástico en la mentalidad del agente McCloud para el resto de su vida.

Sucedió en cuanto subieron al coche que el mayor de sus hijos pidió al oficial McCloud, ahora fuera de servicio, nada menos que encender la radiofrecuencia de la Policía. El agente se quedó perplejo ante tan extraña petición, y le explicó a su hijo que al no estar de servicio era absurdo encender la emisora de la Policía, pues no pensaba hacer nada más que acompañarlos a todos y cada uno de ellos (incluidos sus hijos) a sus respectivas casas y ponerles un cerrojo a las ventanas para que no pudieran escaparse durante el largo periodo de castigo que les iba a esperar tras aquella noche. Entonces la petición se volvió una súplica. Y luego un ruego multitudinario, pues los cuatro muchachos intentaban convencer al policía de que iba a ocurrir algo en Raymond Street y solo podrían enterarse a través de la radio. Y así fue que el pequeño Charlie cambió el rumbo de la historia con una frase digna de un crío tan noble e inocente como él.

– Papa, si dicen en la radio que ha pasado algo en Raymond Street ahora mismo, y compruebas que todo esto es verdad ¿nos llevarás? – Preguntó entre llantos el pequeño con una irresistible cara de pena.

Su padre, que le adoraba, le contestó con sentido del humor:

– De acuerdo; hagamos un trato. Si dicen en la radio que ha pasado algo en Raymond Street, te prometo que os llevo ahora mismo a comprobarlo… – Dijo Jeff a su hijo, y tras una breve pausa culminó entre carcajadas -…pero no vale encender la radio.

En ese momento, justo antes de que Charlie comenzara a llorar desconsoladamente por culpa del chascarrillo de su padre, la radiofrecuencia apagada y desenchufada del coche patrulla emitió un aviso que sólo pudieron recibir ellos:

– A todas las unidades en Raymond Street; la persona que buscamos nos espera en Genoa Park. Mucha suerte, chicos. Y a usted, señor agente, enhorabuena: tiene unos hijos muy valientes. Y no tema, no pasa nada por creer en ciertas cosas.

Los chicos se quedaron de piedra al reconocer la voz que salía de aquel aparato inerte y el rostro del señor McCloud se tornó de un pálido que sus hijos jamás habían visto en él. Sin mediar palabra y muerto de miedo, el policía se dirigió con el coche hacia Genoa Park cumpliendo la promesa que acababa de hacerle a su hijo.

“La Voz del Más Allá” nunca había sonado tan clara y convincente.

9

Quería disfrutar a tope su momento de suerte. Por eso esa noche se permitió una pequeña traición y se saltó “el caballo”. Tenía trabajo que hacer y necesitaría toda la energía posible, así que eligió coca, aunque al final de la noche, cuando hubiera atravesado Cañaveral y se encontrara en México, a salvo de las putas leyes de Cabbeytown y lejos de aquellos pestosos fiambres, tenía previsto equilibrarse con una dosis de heroína de las que la hacían volar durante días. Pensaba salir del país por el Cabrestante, barrio conocido así por ser el lugar perfecto para pasar grandes cargas, generalmente ilegales y generalmente desde México. Clarisse iba de droga hasta las trancas.

Había llegado a un acuerdo con “El Mexicano”, y por dos mil dólares, el narco se encargaría de que la gente de su cártel quitaran de en medio los dos muertos y el coche robado que él mismo le había conseguido. Pero ella no era tonta. Quizás fuera una yonki, pero no tenía un pelo de tonta, y sabía que El Mexicano había olido la pasta como un perro puede oler una hamburguesa con queso. Ese hijo de puta seguro que intentaría jugársela, de modo que ella se había prevenido por si las cosas se ponían feas. La llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta, con el seguro quitado y el cargador a tope, y aunque Clarisse confiaba en no tener que usarla esa noche, también se ponía cachonda solo de pensar que ningún cerdo hijo de puta volvería a ponerle una mano encima.

Aparcó el coche robado en Genoa Park, abrió la puerta, y echó la pota sobre la acera. Cerró la puerta de nuevo. Abrió el bolso. Sacó la coca. Se metió dos buenas rayas y volvió a abrir la puerta del coche.

Esta vez salió y abrió el maletero para coger la pala. Fue hasta el columpio donde el imbécil había enterrado a la mocosa, y allí se puso a cavar hasta que aparecieron los primeros huesos y restos de piel que la hicieron maldecir a gritos a aquel cabrón hijo de puta que le prometió que la metería primero en una bolsa de plástico. Clarisse no era consciente del ruido que hacía, de la hora que era, de la gente que estaba aún despierta ni de los vehículos que ocasionalmente pasaban por allí. Sólo quería acabar de una vez la chapuza que el cabrón de Tony había empezado y largarse cagando leches. La tierra allí donde la niñata había sido enterrada  estaba ya tan removida por los pies de los críos al columpiarse que casi había medio fiambre al descubierto. El sudor le resbalaba a chorros por la cara y el cuello, cayéndole hasta la espalda, pero ella seguía con su tarea como si todo aquello estuviera sucediendo solo en su mundo.

Cuando tuvo la bolsa de deportes llena de tierra y huesos de la niña guardada en el maletero junto con los restos hediondos de su padre, cogió la lata de gasolina y la vació en la zona donde la mocosa había estado enterrada. Luego encendió una cerilla y la acercó al combustible, y entonces Genoa Park se convirtió en una gigantesca antorcha que alumbraba todo Northsmith con sus llamas rojas, naranjas y amarillas… ¿y azules?… pero ¿qué cojones…?

De pronto Clarisse sintió un vuelco en el corazón que la hizo parar en seco y respirar hondo para no caer desplomada. Tenía los ojos abiertos de par en par, la cara llena de tierra surcada por el sudor  y creía estar sufriendo una sobredosis. Se preguntaba qué coño hacía ella allí en medio, y por qué cojones estaba viendo el reflejo de las luces de un coche de policía justo en sus ojos.

Esa coca era puto veneno; veía en su propia cara las luces de los maderos, aunque solo veía a uno que le decía algo mientras la encañonaba, y ¡joder!, que los demonios se la llevaran si no estaba la niñata muerta justo al lado del agente, aunque Clarisse no podía oír ni una sola palabra de lo que le decían. El calor de las llamas, ahora a su espalda, la abrasaba. El policía le hacía señales con la mano para que ella se arrodillara, y Clarisse pensó que, seguramente, ese hijo de puta la obligaría a chupársela allí mismo. Aquello era un marrón, y sabía que si no los liquidaba a ambos (casi estalla en carcajadas al imaginarse liquidando a una niña ya muerta), su plan de fugarse a México con la pasta se iba a ir a tomar por culo, de modo que antes de que el sonido volviera a coordinarse con las imágenes en su cabeza, Clarisse sacó la pistola que llevaba escondida en el bolsillo de la chaqueta y disparó al cadáver de la niña a la que había ido a desenterrar.

10

Vieron las llamas incluso antes de llegar a Genoa Park, y Jeff se cuestionó su decisión de haber llevado a los chicos hasta allí. Pero el oficial tenía una máxima con sus hijos, y era que “una promesa es una promesa”, método con el cual se había granjeado la confianza de los chicos a cambio de demostrarles que ellos también podían contar con él.

Antes de aparcar, divisaron justo delante del incendio a una mujer totalmente ida, que hablaba sola y estaba completamente manchada de tierra. La presunta pirómana alucinaba junto a los restos de una lata de gasolina.

El agente McCloud oteó rápidamente la zona con la técnica y profesionalidad que más de treinta años en el cuerpo le habían hecho desarrollar, y en su rápido vistazo distinguió un enorme agujero bajo el columpio en llamas y un surco de tierra y… ¿vómito? que iba desde la entrada de Genoa Park hasta el Bentley Continental que había aparcado justo delante de ellos. Procedió a comprobar la matrícula antes de pasar a la acción, y aunque en la Comisaría Central se sorprendieron de que McCloud aún estuviera de servicio, éste explicó al oficial Gilbert Kingston que su turno ya había finalizado, pero un coche sospechoso estaba aparcado en frente de casa. El agente Kingston en seguida le informó de que aquel coche, efectivamente, era robado.

– ¿Quieres que te mande una patrulla, Jeff? – Le preguntó Kingston.

– No creo que sea necesario, Gill. Si no te importa, me gustaría encargarme personalmente del tema. – Contestó McCloud.

– Por supuesto, Jeff. Es tu casa, joder. De todos modos, si te parece bien mandaré una patrulla de aquí a veinte minutos, para asegurarme de que estéis bien. – insistió Kingston – ¿Están los chicos en casa?

– Si, están en su habitación durmiendo tranquilamente – mintió McCloud – Oye, muchas gracias Gill. Te dejo.

– De nada – respondió el agente Kingston – y por favor, ten cuidado, Jeff.

– No te preocupes, Kingston. Hasta mañana.

Jeff colgó el teléfono y se dispuso a bajar del coche, pero Andy le agarró del brazo en ese mismo instante.

– Señor McCloud;  yo voy con usted. – Sentenció el joven.

El padre de Rick y Charlie observó los ojos de Andy y pudo ver un brillo extraño en ellos, tan extraño como una historia llena de fantasmas, videntes, incendios y mensajes radiofónicos salidos del Más Allá. Jeff juraría que el habitual marrón de los ojos del chico cambió durante un momento de forma intermitente (como cuando saludas a alguien usando la luz de largo alcance del coche) tornándose de un coralino turquesa y volviendo después al original marrón que por genética le correspondía a aquel par de órganos. El oficial, que esa noche estaba descubriendo verdades ocultas tras puertas abiertas que él ni siquiera creía que existieran, recordó su papel de encargado, desde hacía unos años, de instruir a un policía novato, y así fue como se dejó acompañar por el muchacho, sabedor de que en el terreno en el que se movían, el chico era mucho más docto que él, y más le valdría dejarse aconsejar por el muchacho en tan desconcertante misión en la que se había visto involucrado de forma totalmente involuntaria. Pero sus hijos no correrían riesgo alguno, esa era su condición:

– De acuerdo, pero ellos tres se quedan. – Exigió tajantemente el oficial, que incluso cerró el coche con llave después de apearse de él  junto a Andy con la intención de adentrarse en el recinto infantil en llamas.

Jeff desenfundó su arma reglamentaria y ambos se encaminaron con sigilo en dirección a la presunta drogadicta incendiaria. Al llegar al lugar donde desvariaba la mujer, el oficial McCloud la apuntó con su arma y le pidió que no hiciera ningún movimiento brusco y que se pusiera de rodillas. En lugar de eso, la mujer sacó del interior de su chaqueta una pistola y disparó a Andy, que cayó al suelo de frente, desplomado a causa del inmenso dolor que le abrasaba el pecho.

En el instante que caía al suelo, el torso dejó de quemarle de forma milagrosa. Por un instante llegó a pensar que había muerto a causa del disparo, pero entonces su visión captó una imagen que hizo que el mundo dejase de girar. La mujer quedó congelada, con el arma en la mano, mientras Jeff, boquiabierto y con cara de pánico, era también una estatua situada al lado del chico. El fuego era de attrezzo, una imagen en dos dimensiones que ya no desprendía ni frío ni calor, y las luces del coche patrulla estaban alumbrando de forma fija, carentes de su implacable rotación habitual.

Y es que el tiempo se había parado dentro de la cabeza de Andy Isaac.

Lo que había visto era un agujero bajo el columpio de Genoa Park. Un agujero hecho por una demente que había sacado algo de allí y que tenía que ver con Norah. La aplastante lógica de las cosas hizo que Andy se pusiera a sonreír. Al fin le encontraba sentido a la pieza más misteriosa de aquel extraño rompecabezas, que no era otra que el propio Andy Isaac.

Llevaba puesto su collar favorito, un collar que él mismo se había fabricado y que le dejó una cicatriz provocada por la quemadura que Norah le transmitió a través de él, con el fin de protegerle y hacerle esquivar el disparo. Porque el collar estaba hecho de dos trozos de lapislázuli recuperados de una vieja pulsera rota y una especie de hueso bastante bonito que Andy había encontrado allí mismo, en aquel parque, bajo aquel columpio en llamas y que (ahora lo sabía con certeza) formaba parte de los restos mortales de la pobre Norah.

El botón de “Play/Reproducción” del cerebro del chico volvió a accionarse sin previo aviso y las cosas sucedieron a una velocidad vertiginosa.

Jeff apretó el gatillo horrorizado al ver caer al chico y el disparo hizo blanco en el muslo derecho de la mujer. Andy dejó de chillar agazapado ahora en el suelo, no porque hubiera muerto, sino porque ya no le quemaba el pecho; más aún, gracias a Norah se encontraba sano y salvo.

Entonces, una sombra surgió de entre las llamas con una velocidad felina y tras golpear a la drogadicta en la cabeza con un objeto de cristal, la degolló en pocos segundos ante la atónita mirada de Andy y del oficial McCloud.

11

Esa noche paseaba y bebía porque no tenía sueño. Vio que en Genoa Park se avivaba un horrible incendio, y corrió hacia el lugar para asegurarse de que no hubiera ningún herido. Al llegar al parque vio a la chica borracha, al policía y al joven, plantados frente al fuego. Él, que a lo largo de su vida muchas veces se sintió invisible, aprovechó aquel “don” y lo utilizó en su favor.

Estaba ya situado bastante cerca de la mujer, cuando ésta sacó un arma y disparó al pequeño, que cayó desplomado en ese mismo instante.

El Viejo saltó de entre las llamas golpeando la cabeza de la chica con la botella de cerveza. El casco estalló a causa del golpe, y antes de que los primeros trozos de cristal hubieran caído al suelo, El Viejo usó los restos de la botella rota que aún tenía en la mano para rajarle el cuello a la maldita asesina. Los cuatro o cinco primeros cortes fueron los que más dolieron a la muchacha. El sexto corte comenzaba a la altura de una oreja y terminaba justo debajo de la otra, formando una brecha tan amplia que a partir de dicho tajo no le llegó ni una sola gota de sangre a la boca, pues toda salía del cuerpo de Clarisse por aquella improvisada apertura.

En ese momento vio como el chico se incorporaba, y El Viejo dio gracias por eso. Muchacho, Policía y Vagabundo se miraban ahora en silencio. Un leve gesto con la barbilla por parte del policía, como asintiendo, y El Viejo se dio la vuelta, agarró su carrito y huyó de Genoa Park a paso acelerado. Antes de que se alejara demasiado, Andy intentó hablarle a gritos:

-¡Oiga! ¡Oiga, por favor! – Gritaba el chico. El Viejo se volvió un instante y entonces el chico se dirigió a él.

– Muchas gracias, Señor Hill. Siento que todo haya tenido que acabar así.

El Viejo asintió con el rostro serio mientras hacía un gesto amistoso con la mano y se dio la vuelta de nuevo sin mediar palabra.

Entre lágrimas de dolor, de tristeza y de alegría, El Viejo continuó andando a paso ligero, tirando de su carrito y dándole vueltas en su cabeza a la despedida que el chico acababa de pronunciar.

La alegría se la provocó el muchacho, que sabía su nombre, porque sus padres lo habían sabido primero y se lo habían enseñado, y aunque ni él mismo lo recordaba ya, era una inmensa alegría pensar que después de tantos años, alguien allí se acordaba de que un día El Viejo había sido el Señor Montgomery Hill.

El dolor era por los restos de cristal que le habían destrozado la mano.

La tristeza, la de verse obligado a abandonar el que durante tantos años había sido su hogar y que no era otro que el barrio de Raymond Street, sitio al que ya nunca podría volver después de aquello. Ahora le esperaba un largo camino por delante, pues tendría que quitarse toda esa ropa, lavarse, curarse y lo más importante, encontrar un lugar seguro y libre de prejuicios donde quién sabe si alguna vez alguien llegaría a regalarle un libro usado.

El Viejo se alejó para siempre de Raymond Street.

12

El padre de Rick y Charlie se encargó de poner en conocimiento de la Policía todo el caso de Norah, obviando la parte en la que una sombra irreconocible degollaba a la pirómana y huía a toda prisa. Hallaron el coche y los dos cadáveres (tres contando el de Clarisse), y el Estado les brindó a todos una ceremonia decente de incineración a la que sólo acudieron los chicos y el oficial McCloud. Al menos la pobre Norah al fin podía descansar en paz.

Andy aprovechó la ceremonia para poner junto a los restos de la chica, antes de que fuera incinerada, el collar que él mismo había fabricado sin saberlo con uno de sus huesos. Aunque nunca más volviera a ponérselo, el chico llevaba en el pecho una cicatriz que se encargaría de recordarle cada día la aventura que vivió junto a sus amigos para salvar el alma de aquella muchacha.

Andy llevaría para siempre grabada en su pecho La Marca de Norah.

EPÍLOGO (La Marca de Norah)

THE CABBEY’S OLD NEWS #37

             MAY 2067      QUEMAR LAS BIBLIOTECAS –                      por Andrew Isaac

Todo el mundo conoce los horribles sucesos ocurridos recientemente en Hopefull Park.

El pueblo de Cabbeytown está conmocionado, y una vez más, el parque infantil del distrito de Northsimth vuelve a ser protagonista de una historia que parece sacada de los textos de Eurípides. Suman ya tres los menores cuyos cadáveres se han encontrado en Hopefull Park desde que se inaugurara el parque tras su remodelación posterior a un incendio hace ya cincuenta años. Los tres fueron asesinados por las personas que les trajeron al mundo.

Para algunos, tres casos de parricidio con el mismo escenario en cincuenta años quizás puedan parecer producto de la casualidad. Con total seguridad, podríamos censar a varios cientos de habitantes que al menos preferirían pensar de esta manera por una simple cuestión de ser prácticos; de nada ha servido al Hombre a lo largo de la Historia su incesante búsqueda de respuestas, pues la única certeza que ha sido capaz de encontrar en la vida es la muerte, y lo único que el Hombre sabe de la muerte es que siempre vuelve, que siempre vence. Por tanto, la sociedad deduce que el esfuerzo humano por “conocer” ha sido desde siempre una batalla perdida. Yo, a mis casi setenta años y desde la humilde columna que mensualmente me permite este diario, quiero hoy invitaros, en consecuencia, a quemar vuestras bibliotecas. Si el saber no nos aporta ningún beneficio, mejor dejarlo ahora, y ahorrar así tiempo y espacio. Pero no vale guardar ningún ejemplar de vuestro libro favorito. “La enciclopedia”, “el Diccionario” y “La Santa Biblia”, así como “La Isla del Tesoro”, “Moby Dick” o “El Señor de las Moscas” irán a parar todos a la misma hoguera.

Pero si sois de los que piensan que todo tiene un peso, una longitud y una medida, entonces no estaréis de acuerdo con mi propuesta, aunque igualmente tres parricidios en el mismo lugar sean pocos para vosotros teniendo en cuenta que suceden a lo largo de medio siglo. Haréis lo posible para que os parezcan una casualidad y evitaros así mayores esfuerzos mentales. Pues que sepáis que eso es como guardarse una revista guarra. ¿Queremos saber la verdad? ¿Estamos preparados para ello?

Pues si no, volved a enrollar este periódico, terminad vuestro café y salid a la calle a vivir otro día más en un calendario sin fechas señaladas.

O sigan leyendo si quieren, pero ya están avisados de que aquí se va a contar la verdad.

Si queremos la verdad esta debe ser contrastada. Y con testigos; sin medias tintas.

Algunos recordamos aún que estos crímenes, siempre de padres contra hijos, sucedían en Northsmith, Cabbeytown, mucho antes de existir Hopefull Park. En aquel entonces, Jason Street era Raymond Street, y por algún motivo se decidió cambiar el nombre tanto de la calle como del recinto infantil que la coronaba y que dejó entonces de ser conocido como Genoa Park. Quizás fuera una cuestión burocrática, o de estética, pero los más informados, los que en su día cometimos la inútil insensatez de ampliar nuestros conocimientos documentándonos sobre el tema, sospechamos que tras el rebautizo de la urbanización se escondía un intento en cubierto de acabar con un mal incontrolable.

Dejadme contaros una historia:

Lord Raymond Cassani, “El Rey Miope”. Nació en 1639 y fue nombrado Rey cuando sólo tenía veintisiete años. A pesar de su excelente vista, era conocido como “El Rey Miope” por lo peculiar de su mirada y de la forma que, al parecer, el monarca enarcaba las cejas, aunque cuentan los rumores que la extrañeza que provocaba en los demás aquella mirada se debía nada menos que a las terribles adicciones que el joven escondía del resto de la Corte y que practicaba en sus aposentos con enfermiza asiduidad. “El Rey Miope” gobernó las tierras británicas durante un corto periodo de apenas seis años, en los que tuvo una hija de nombre Genoa con su primera consorte, Adeleine Rushmore, y una segunda esposa, Liliane Forthshire, que para decepción de ambos resultaría ser estéril. Raymond Cassani murió asesinado por su segunda mujer en 1672, después de que ambos acabaran primero con la vida de su hija Genoa de solo cinco años, a la que ni el monarca ni sus dos esposas perdonaron jamás haber nacido mujer en un mundo de riquezas hereditarias para hombres.

En Northsmith, hubo un periodo de casi dos siglos en el que El Rey Miope vigilaba desde Jason Street a su hija Genoa, siempre jugando distraída en Hopefull Park. Yo mismo fui testigo directo de ello.

Con la muerte golpeando ya mi puerta, no tengo intención de hacer publicidad de un producto que por motivos de derechos no me reporta ningún beneficio económico, pero cualquiera que haya leído o lea el libro “Norah desde el Más Allá”, que escribí hace ya más de treinta años con la ayuda de mi viejo amigo el Dr. Patrick Payton (que Dios le tenga en su Gloria), podrá notar cierta similitud entre la historia que recogimos y que nosotros mismos pudimos vivir en primera persona unos veinte años antes y los lamentables acontecimientos que por desgracia siguen ocurriendo, aun hoy en día, en Raymond Street y en Genoa Park.

Pero claro, si después de conocer esta historia, y tras haber leído nuestro libro, aun mantienes tu postura de defender la mera casualidad, entonces me veo obligado a ser más contundente en mi artículo, dejando, al contrario de lo que dicta el periodismo moderno, el titular para el final:

LOS QUE CREEN EN LAS CASUALIDADES ESTÁN MATANDO A SUS HIJOS EN NORTHSMITH

Mayo de 2067                        Andrew Isaac – The Cabbey’s Old News #37

(SOBRE ESTE RELATO, “LA MARCA DE NORAH”)

Gracias a mi mujer, Rocío Crespillo,

por dormir al peque mientras yo revisaba

el borrador y por ser nuestra Maestra.

Esta historia está dedicada:

A mi hijo Javier,

Que en el relato aparece con los nombres

de Andy, Ismael, Rick y Charlie.

Al final, Papá (con la ayuda de Norah y de Payton)

consiguió destruir al demonio morado del corto

de Minions que tanto miedo te daba de pequeño.

A mi prima Nora,

Que me dejó su nombre

y también me dejó su marca.

 

CINEMASCOPE 55

Le habían cazado. Ahora no sabía dónde estaba, pero lo último que recordaba es que estaba en el Cinemascope 55, la mejor sala de cines de Cabbeytown (y probablemente la peor de los Estados Unidos), y aunque se había jurado una y mil veces que ya nunca volvería a hacerlo, estaba a punto de llevarse a otra chica. Pero ésta formaba parte de una trampa; esta vez lo habían cazado.

Sus mayores problemas eran su incontrolable adicción al cine (y por supuesto, lo otro, lo más importante; la estructura psicopática de su personalidad) y su incapacidad para contenerse a la hora de elegir a una chica joven allí dentro de la sala a oscuras y hacer que fuera suya por una noche. La última vez levantó demasiadas suspicacias a las gentes de “Cabbey” por culpa de la maldita prensa, y ahora no podía jugársela, pero en el “Scope” estrenaban Whatchmen y Él llevaba mucho tiempo esperando aquella obra de arte. De un modo u otro, habría acabado cayendo, así que cogió la droga mágica por si acaso.

Nunca conoció a su madre y a sus treinta y siete años, aún vivía con su padre alcohólico, dueño y gerente de un viejo desguace atestado de amasijos de metal que en su día fueron vehículos y que rodaron por las calles de América. Ni siquiera tenía una casa, ya que vivían los dos solos en una caravana dentro del desguace. Su única pasión, aquello que le hacía levantarse cada mañana con ilusión, eran las películas.

El cine lo ponía muy cachondo.

Al principio se limitaba a masturbarse allí ocasionalmente, pues por norma general el “Scope” solía estar vacío y acaso podían juntarse quince o veinte personas para la sesión más taquillera del fin de semana, lo cual dejaba mucho margen de camuflaje entre las cien butacas que ofrecía cada una de las cuatro salas del local. Pensar en los granates sillones polvorientos de las salas, iluminados por la tenue luz del reflejo de los protagonistas, aquellos diálogos a toda voz por el Dolby Sourround con Bob  Dylan o Jimy Hendrix de fondo (también era especialmente excitante Danny Elfman) y su pequeña botellita de escopolamina en el bolsillo hacía que se le pusiera dura y le dieran ganas de tocarse. Podría decirse que actrices como Uma Thurman, Catherine Zeta Jones o Scarlett Johanson habían estado “muy presentes en sus oraciones”.

El cine era su vida y su gozo, y ahora además también había aprendido a cazar allí.

Por eso cogió la droga, y a punto estuvo de usarla con esa zorra pelirroja durante el pase nocturno de Whatchmen, si no fuera porque en el mismo momento que ella iba a entrar al baño y Él le tocó el hombro para llamar su atención, alguien desde detrás suya le golpeó sin previo aviso y le abrió la cabeza con algo durísimo.

Los de la fila de atrás, siempre dando la lata.

Entonces perdió el conocimiento, pero antes supo que le habían cazado.

Ahora despertaba, atado de pies y manos, en posición fetal, a oscuras y encerrado no sabía dónde. Se golpeó la cabeza en el mismo sitio donde el bate de béisbol de la marca Easton había dejado casi estampada su firma apenas media hora antes, y por la ciega medición que pudo hacer de aquel espacio y el apagado sonido metálico de su mazmorra, comprendió aterrorizado que se trataba del maletero de un coche. Mal asunto. El sudor y la sangre le caían por la frente como si su cabeza reposara bajo un grifo mal cerrado.

La primera vez que usó la burundanga, por algún motivo, pensó que su víctima no recordaría absolutamente nada al día siguiente. Eso le habían asegurado al comprarla (por internet y a través de su teléfono móvil). Aquel día creó lo que se convertiría en su “modus operandi”: la eligió, la observó, esperó a que fuera al baño y allí la convirtió en un ser andante sin conciencia ni capacidad de decisión que lo acompañó hasta su coche. Mientras su novio la buscaba por todo el centro comercial de Cabbeytown, ella le obedecía sólo a Él, sin rechistar, en el mismo parking del “Scope”. Pero esa hija de perra fue a comisaría al día siguiente, y a saber qué hubiera sido de Él si no se hubiera andado con ojo a raíz de aquel día.

Las tres siguientes veces, las chicas murieron después de satisfacerle, pues Él mismo  se encargó de matarlas a todas.

Dejó el primer cadáver bajo el desvencijado puente de Rogue Bridge, en un recoveco totalmente enmarañado de yerbajos que ocultaban perfectamente una enorme tubería de desagües. Ese día comenzaron las pesadillas. El segundo cuerpo, dos semanas después, también lo llevó allí, pero cada noche los gritos de aquellas zorras volvían en sueños a atormentarle, por eso la tercera vez que secuestró a una chica en el cine, la mató después de violarla y colocó los tres cadáveres en un coche abandonado que se cuidó de sustraer del desguace de su padre (era como robarle un lápiz al dueño de una papelería) y que remolcó en la grúa del desguace hasta las vías del ferrocarril, donde lo dejó con sus pasajeras a bordo abandonado a su suerte, no sin antes borrarle el número de bastidor (su padre ya se encargaba de quitarles las matrículas a todos los coches en cuanto los adquiría).

La noticia del descarrilamiento del tren y el triple homicidio fue publicada en la prensa de todo el país, y causó una alarma tal que su actividad sexual tuvo que verse suspendida durante un largo periodo.

Ahora sabía que le habían cazado, no sabía quiénes y sobre todo no podía imaginarse cómo, pero lo habían metido en el maletero de un coche y aquello no tenía para nada buena pinta. Quizás sería más acertado decir que “aquello no sonaba nada bien”, y es que aunque no podía ver nada, Él ya lo sabía, y ahora también podía escuchar de fondo el roce lejano del hierro contras las vías, disparando a su paso las pequeñas piedrecitas que iba encontrando en su vertiginoso avance adornado de mil destellos de fricción en los raíles. Todavía estaba lejos, pero el tren llegaba a toda velocidad.

Primero luchó por desatarse, pero el murmullo de la maquinaria en marcha comenzaba a tornarse cada vez más cercano y no había tiempo que perder. En una maniobra que no podría describir y que hizo crujir y romperse algunos huesos de su cuerpo, consiguió girarse y quedar mirando hacia arriba, hacia la puerta del maletero, gesto que llevó a cabo entre alaridos de dolor. Empezó a dar patadas con las dos piernas mientras se desgañitaba pidiendo clemencia. Era inútil y lo sabía. Aun así no podía rendirse; el sonido crecía ahora de verdad y el tiempo se le acababa. Se oyó a sí mismo gritar, chillar y patalear mientras golpeaba también con los puños, en vano, la puerta cerrada del maletero del coche. Luego empezaron los llantos, a medida que aquellas doscientas cincuenta toneladas de acero se acercaban a la velocidad del trueno y cambiaban su canción llenándola ahora de alarmantes bocinas que parecían tener un mensaje claro –“por todos los santos; no podemos parar”-.

Confesó y lloriqueó, mientras sin saberlo se partía varios dedos ensangrentados golpeando una tumba que ya estaba cerrada y que no se abriría para Él.

El ruido del ferrocarril era ya insoportable, totalmente ensordecedor, y aquel claxon había cambiado de mensaje en su nueva sintonía fija y prolongada: -“este es el fin”- entonaba ahora la locomotora.

Entonces la puerta se abrió de golpe. La incipiente luz blanca dañó sus retinas momentáneamente y se le pudo ver encogido dentro de aquel habitáculo, con la cara y los puños ensangrentados y los ojos aun cerrados inundados en lágrimas. Se había meado y se había cagado encima, y no paraba de pedir perdón por sus crímenes mientras jadeaba y lanzaba ahora los puños al aire, como si aún quisiera abrir a golpes la puerta del maletero.

Abrió poco a poco los ojos y se dio cuenta de dónde estaba. Estaba dentro del maletero de un coche, sí, pero no en mitad de las vías del tren, sino delante de la primera fila del cine donde cuatro chicas sintieron ganas de hacer pis en el momento equivocado. Una de ellas estaba allí mismo, la primera de todas, la que fue a denunciarle. Estaba con su novio (que sostenía sobre el hombro un sospechoso bate de béisbol)  y otras personas a las que reconoció en cuanto dejó de mirarse a sí mismo allí temblando, desnudo, atado y apestando a mierda.

Detrás suya, en la pantalla, dejó de proyectarse la infernal película del eterno tren avanzando hacía un atropello inminente. El dueño del cine salió de la sala una vez cumplida su parte. Le acompañaba el Sheriff Davidson, el cual lanzó al violador confeso una mirada despectiva cargada de odio y escupió al suelo mientras abandonaba el lugar. Llevaba una bolsita de papel en la mano donde muy seguramente reposaba ahora un pequeño frasco de escopolamina. Al momento, una exquisita pieza de Sinatra comenzó a sonar a todo volumen, seguramente con la intención de camuflar sus próximos gritos de dolor. Era “Luck be a lady”, un clasicón de los años sesenta, pero se habían saltado la dulce introducción y empezaba en la parte más marchosa.

Delante de é quedaban aquellos a los que tantas veces había visto en periódicos y en la televisión, llorando pos sus hijas y hermanas y amenazando al asesino con tomarse la justicia por su mano. Ya contaban con los favores del Sheriff y ahora estaban dispuestos a cumplir con lo prometido.

– Espero que hayas disfrutado con el tráiler – habló uno de ellos – porque la verdadera Película está a punto de comenzar, hijo de puta.-

Tenían cuchillos, sierras, tijeras y palos de hierro y de madera.

La música fue desapareciendo, las luces se apagaron y Él sonrió mientras se acomodaba en su butaca.

Después de todo, estaba en el Cinemascope 55, su lugar favorito, y La Película estaba a punto de empezar…

COMO PEZ EN EL AGUA

La única condición era que nunca fuera a bucear solo. Lo sabía perfectamente, pero aquello no era justo.

Oscar Martín era hijo único, y casi todos los fines de semana en verano, sus padres se reunían con sus vecinos, la familia Morales, y juntos iban a pasar el día en La Manga Tropical, en la Bahía de Cañaveral. Aquellos días de domingo, Oscar podía aprovechar para hacer lo que más le gustaba en la vida; bucear. Le encantaba el fondo del océano, y aunque estaba prohibida la pesca de según qué especies, con tan solo catorce años el chico capturaba entre cuatro y cinco kilos de pulpo en cada una de sus salidas. Le apasionaba explorar nuevos lugares y cada semana rogaba en vano a sus padres que le llevaran a nuevas playas más allá de Kocoa o de Cañaveral, aunque siempre terminaban en la maldita playa de Los Astros, en “La Manga”.

El muchacho se conocía cada roca y cada especie de las que formaban el espacio submarino de Los Astros, y casi podía hacer su recorrido en busca de aventuras con los ojos cerrados. Sepias, pulpos, morenas, medusas, erizos, anémonas o pepinos de mar eran los habitantes que le esperaban cada domingo de verano sin excepción en aquella costa, rodeados de peces de mil especies y algas y corales que pintaban de colores la oscuridad a partir de los diez metros de profundidad.

Estaba seguro de que pronto conseguiría llegar a los veinte metros sin bombona de oxígeno (Oscar siempre había buceado con tubo “snorkel”) pero aquello sería imposible mientras sus padres siguieran insistiendo en que sólo podría bucear los ratos en los que Alonso Morales le acompañara, pues el crío de diez años, poco diestro además en el buceo (apenas si sabía nadar con soltura), limitaba las opciones del muchacho hasta volverlas casi nulas. Pero Oscar a veces se hacía el tonto, y bajo la superficie del agua, aprovechaba su invisibilidad para irse alejando, poco a poco, hasta que, en una de sus salidas a la superficie, bien su vecino Alonso, o bien alguno de los adultos, comenzaba a hacerle señas para que volviera inmediatamente. Nunca había pasado de los quince metros sin que eso sucediera; es más, llegar a los diez (ya pensaba que no estrenaría esa cifra en su reloj medidor de profundidad) le costó una regañina y un domingo entero sin poder hacer aquello para lo que Oscar había nacido. Fue el castigo más duro de su vida.

Pero aquel día, el muchacho había vuelto a despistar a Alonso y a los adultos.

Se encontraba bajo el agua, siguiendo apenas la línea de las periféricas rocas pero permitiendo a la naturaleza que de forma natural desviara su trayectoria hacia zonas más profundas sin oponer resistencia. Podía sentirse una más de la infinidad de especies que formaban la fauna marina. Sabía, y de hecho sentía, cómo le sobraba el aire, que dosificaba para avanzar de forma suave y sin esfuerzos, metros y metros de Océano, o para esprintar, si la situación lo requería, y rodear enormes rocas antes de volver a salir a respirar. Se sentía en su hábitat, y aquel día, casi seguro de estar en zona de más de quince metros de profundidad, no quiso arriesgarse a bajar para no dar a sus padres la oportunidad de efectuar “La Llamada” en su próxima ascensión, de modo que manteniéndose todavía cerca de la superficie para poder tomar aire a través del tubo, avanzó un buen trecho sin mirar abajo, concentrado, esta vez sí, en imprimir pura velocidad, pues al final del sacrificado sprint vendría una enorme bocanada y una inmersión que se le antojaba épica y que se encargaría en cuanto tocara la tierra del fondo de “La Manga” de confirmarle su nuevo record.

Oscar aspiró todo el aire que le permitieron sus pulmones cuando creyó estar lo bastante lejos como para encontrar veinte metros de distancia entre la superficie y el fondo. Entonces se zambulló con una fuerza descomunal y en sus cuatro primeras brazadas recorrió, de forma asombrosa, casi diez metros en dirección vertical.

Ahora tocaban los metros difíciles.

Con un titánico esfuerzo, el chico empezó a bracear y a aletear con las piernas demostrando innata técnica de nadador, y a medida que el frío se volvía cada vez más insoportable, los tímpanos del muchacho se taponaban y el reloj pasaba del catorce al quince y luego al dieciséis en el marcador de metros de profundidad.

Oscar apenas podía seguir apretando el ritmo, y aunque sabía que el ascenso era un asequible trámite que se hacía muy cómodo gracias a la flotación y que no requería apenas de reserva de aire, la distancia que faltaba para llegar al fondo, a juzgar por lo poco que el muchacho podía ver, parecía ser del doble de lo que esperaba, así que de pronto se enfrentaba a un descenso de al menos treinta metros o a dejar su hazaña para otro día, si es que después de aquello sus padres le dejaban volver a ponerse unas gafas de bucear en lo que quedaba de Verano.

El chico se reconsideraba seriamente si seguir bajando o no, todo ello mientras, por supuesto, continuaba descendiendo aunque a un ritmo ahora bastante dificultoso. Entonces le pareció distinguir perfectamente el fondo marino, apenas a dos o tres metros. Miró el reloj y el marcador indicaba ciento ochenta y siete metros de profundidad. Oscar pensó afligido que su fantástico reloj de buceo, regalo de su cumpleaños, no había aguantado los treinta metros de profundidad y se había estropeado a causa de la presión. Entonces miró hacia arriba para afrontar su ascenso a la superficie decepcionado por no saber cuántos metros había conseguido bajar, pero todo lo que el chico vio fue negro. Un negro absoluto e inmenso. Volvió a mirar hacia delante y entonces distinguió lo que en principio pensó que era un buzo aunque con un irreconocible traje acorazado. El extraño se acercó y Oscar tuvo el tiempo justo para darse cuenta de que aquel ser no vestía traje alguno. Era una forma humana, casi una persona, cubierta de conchas, lapas y algas y que tenía aletas en lugar de pies y manos. Sus ojos eran enormes bolas negras inexpresivas. Aquel extraño ser se quedó parado a una distancia bastante corta del muchacho, y le acarició con un finísimo tentáculo que el chico no había distinguido aun, y cuyo suave roce en la parte posterior de su cabeza se convirtió en el mayor dolor que Oscar había sentido en la vida. Tanto que se desmayó, pensando que había muerto por incumplir la premisa de nunca ir a bucear solo.

Mucho después, el muchacho abrió los ojos. Pensaba que había muerto, así que el simple hecho de abrir los ojos le pareció algo maravilloso, aunque sin saberlo, comenzaba para él un larguísimo período de cautiverio.

No sabía dónde estaba, ni cuánto tiempo había pasado. Recordaba que había bajado al menos treinta metros de profundidad mientras buceaba y que de pronto, un extraño ser marino con forma humana cubierto de moluscos apareció delante suya, justo antes de desmayarse a causa de un terrible dolor en la cabeza.

Ahora se encontraba dentro de una especie de cilindro transparente, hecho con un material parecido al cristal, en alguna parte del fondo oceánico. Le rodeaban decenas de seres similares al que había visto la última vez que estuvo consciente. Oscar se dio cuenta de que estaba completamente desnudo y se puso a llorar. Aunque el aire dentro del cilindro en el que se encontraba parecía respirable, fuera todo lo que había era océano, algas, coral, roca y arena, y aquellos seres que le habían capturado y le observaban desde las aguas de la Bahía de Cañaveral rodeados de peces de mil colores.

Era un niño dentro de una pecera en un mundo de peces.

En aquella especie de Atlántida había hombres y mujeres, a juzgar por las diferencias entre unas y otras siluetas, aunque todos ellos de una especie de vida marina desconocida para el hombre. Oscar tenía frío y miedo, y se acurrucó en cuclillas contra la pared transparente de su celda en el fondo de los océanos. Uno de aquellos seres se acercó y el chico pudo distinguir mejor sus rasgos de monstruo marino. Era, en su forma más general, igual que las personas, aunque sus manos y pies eran aletas de piel que le servían para moverse mejor en aquel entorno acuático. Sus ojos eran como los de los anfibios, grandes y totalmente opacos, de color negro, y no tenía nariz ni orejas. Su color era un verdoso que se camuflaba perfectamente entre la vegetación del Océano y  su cuerpo estaba totalmente recubierto de todo tipo de moluscos y algas que formaban parte de su anatomía. Tenía branquias detrás de los ojos, donde deberían estar las sienes.

El chico lloró, chilló y pataleó, y aunque por un momento se sintió tentado de aporrear aquel material transparente que parecía un acuario hecho a su medida, reconsideró su impulso pensado que, de romperse aquel cristal marino, sus captores le matarían en menos de un segundo, si es que no se ahogaba primero en aquella especie de cueva subterránea perdida en el fondo de la Bahía de Cañaveral.

Uno de los extraños seres, que se había impulsado con las aletas y se había plantado delante de él en un santiamén, levantó una de aquellas extremidades que podrían recordar a una mano y se la pasó por la cara haciendo con un movimiento una especie de circunferencia. Entonces, el chico no sabía qué significaba aquel gesto, aunque a continuación una abertura en la parte superior de su prisión marina hizo llover agua salada y Oscar vio como le introducían en la celda un par de peces muertos y crudos. Pasados unos meses empezaría a aprender el lenguaje de signos que usaban aquellos seres, interpretando aquel gesto como comida.

La primera noche que el joven pasó en Aqualung no pudo pegar ojo y no paró de llorar ante la continua visión de aquel negro fondo oceánico, por el que merodeaban pargos, sepias o barracudas cuando los seres que le habían secuestrado no estaban presentes en aquella oculta cueva en la que se hallaba su particular mazmorra.

Los días que siguieron a aquella noche no fueron mucho mejores, pues el chico se preguntaba una y otra vez que estarían haciendo sus padres, que con total seguridad habrían movilizado ya en vano a toda la policía de Cabbeytown.

Oscar lloraba amargamente cada día pensando que era un niño perdido en Tierra y un niño perdido en el Océano, donde nadie jamás le encontraría y su tortura sería eterna.

Diariamente, le daban su ración de peces crudos y le sumergían por completo inundando la celda en la que le tenían cautivo, midiendo quizás el aguante del chico, que cada vez tardaba más en perder el conocimiento debido al ahogamiento en aquellos extraños rituales a los que le sometían. Cuando tenía sed, no tenía más remedio que beber agua salada, lo cual le supuso un gran esfuerzo sobre todo al principio, aunque con el paso del tiempo llegó a acostumbrarse al sabor del agua del océano.

Lo peor, sin embargo, fue deshacerse de los recuerdos de su mundo. Siendo apenas un niño tuvo que despedirse de la idea de ser padre, de escribir un libro, de ir a una tienda de videojuegos o de llegar con una chica a la segunda base. Es más, allí donde se encontraba ni siquiera podía llegar a la segunda base él solo, ante la mirada de aquellas malditas criaturas de otro mundo.

El tiempo pasaba, y a medida que Oscar iba perdiendo el pelo, sus sesiones de inmersión se hacían cada vez más largas y más frecuentes, llegando a durar a veces incluso horas antes de que el corazón se le disparase y cayese fulminado a causa del ahogamiento.

Los días derivaron en meses y estos en años, y de haber contado con algún calendario, Oscar sabría que a la edad de veinticinco años ya tenía sus propias branquias y pasaba  las noches enteras sumergido. Pero para aquel entonces, “calendario”, “veinticinco”, o “familia” eran términos que Oscar ya había olvidado completamente. Tampoco recordaba ya su nombre, y el único lenguaje que conocía eran los gestos y signos que usaba para comunicarse con aquellos seres que eran ahora su nueva familia. Sus manos y pies se habían adaptado a aquel entorno y entre los dedos se habían formado unas membranas que convertían sus extremidades en infalibles aletas marinas.

Se había transformado en uno de ellos, un ser acuático al que ya empezaban a pegársele las caracolas y los cangrejos ermitaños, y que había adaptado su visión, su alimentación, su sistema respiratorio, su sistema motriz y el resto de sus sistemas vitales al nuevo medio en el que se encontraba. Ahora era uno más de los miles que formaban aquella colonia submarina, y estaba encantado con su nueva vida, pues por fin podía moverse por el océano a metros y metros de profundidad sin que nadie se lo impidiera y disfrutar cada minuto y cada segundo de su existencia haciendo aquello para lo que había nacido, que no era otra cosa que merodear el fondo de mares y océanos, cumpliendo con su aportación dentro de aquella gran familia de milenarios seres marinos otrora desterrados y humillados. Él mismo se encargaría de reclutar a los que, al igual que él, demostraran tener el Don de las Aguas, para reconvertirlos a lo que de verdad siempre habían sido y juntos preparar La Batalla Definitiva; una Guerra en la que reclamarían aquellas aguas que el ser humano les había arrebatado, exterminando a todos los Hombres si era necesario.

Porque esas aguas les pertenecían por derecho, y estaban dispuestos a recuperarlas a toda costa…

CADENA DE VIOLENCIA

Cuando torcimos la esquina, el corazón ya me palpitaba a mil pulsaciones por segundo. Eran las nueve de la noche y me dirigía a casa de un desconocido a comprarle un arma de fuego cuyos antecedentes desconocía totalmente.

Jamás fui hombre violento ni corrupto, al contrario. Todo lo que he tenido, que reconozco que no es poco, lo gané trabajando honestamente y siempre he confiado en la justicia.

Hasta la segunda vez.

La primera vez que entraron no había nadie. Desmantelaron la casa, rompieron los cristales de la habitación de Judith y se llevaron un patrimonio nada despreciable en joyas y electrodomésticos. Pero no consiguieron abrir la caja fuerte, pese a haber jugado con ella durante un buen rato a descifrar la contraseña de Ali Babá sin éxito alguno. No era tan sencillo como un “Ábrete, Sésamo”, aunque estoy seguro de que esos hijos de puta también lo probaron, por si acaso.

En cuanto llegamos a casa y vimos que nos habían atracado llamé a la policía y a la mejor compañía de sistemas de seguridad de América. O eso decían ellos. Al día siguiente aún no habían instalado el sistema que les acababa de contratar, y un día más tarde, tuve que personarme en sus oficinas para intentar agilizarlo todo el máximo posible. Paradojas del diablo. Mientras yo estaba discutiendo y negociando mi nuevo sistema de seguridad, los atracadores volvieron a intentar abrir la caja.

Entraron a plena luz del día, y esta vez sí que había alguien en casa.

Cuando yo llegué encontré a mi mujer sentada en el suelo, con el rostro pálido y la mirada perdida en ningún sitio, sosteniendo el cuerpo apaleado de mi hija de trece años, a la que habían torturado hasta quedar desfallecida con la intención de intimidar a mi mujer. Ella entre llantos intentó explicarles que la clave de la caja fuerte se renueva de forma automática cada mes, y es enviada a mi correo electrónico, cuya contraseña ella desconocía, pero al parecer los malnacidos ni siquiera entendían bien nuestro idioma, y se fueron sin conseguir su ansiado botín, pero acabando de por vida con la movilidad de mi hija y con mi buen juicio.

Mi cuñado David, “El Rubio”, padrino de Judith  (mucho más acostumbrado a este tipo de relaciones con el hampa que yo, por su condición de traficante de hachís a pequeña escala) me acompañaba a casa del individuo, al cual él conocía por medio de la persona que le suministraba la droga. Tuvimos una charla más que amigable con un hombre que hasta parecía ser buena persona y que nos abrió las puertas de su casa como si fuera nuestra, compartiendo con nosotros su pan y su licor. En algún momento se fue a hacer una llamada telefónica. Cuando volvió el semblante de nuestro juerguista anfitrión se había tornado serio. Ahora tocaba hablar de negocios.

Las transacciones se hicieron de forma correcta, educada y más que clandestina, tal y como se había acordado, y minutos después de que el tipo calvo me explicara el funcionamiento de la pistola y la forma de recargar las balas, salíamos de casa del personaje con cien dólares menos, un arma en el bolsillo y el corazón palpitando al mismo ritmo sincopado que tenía antes de llegar y que se vería incrementado acaso minutos después.

No habíamos acabado de cruzar la calle y la policía nos tendió una impresionante redada.

-La cagaste- pensé. Y efectivamente. Lo primero que hice fue decirles a los agentes que llevaba en el bolsillo un arma de fogueo especial para coleccionistas. Ellos se pusieron tensos, reacción más que lógica, me pidieron que suavemente la deslizara por el suelo mientras me encañonaban con revólveres, automáticas e incluso con un rifle. Yo obedecí sumiso (fue curioso ver el arma alejarse por la calzada, pues apenas había tenido oportunidad de contemplar la máquina de matar que había comprado por poco más de lo que cuesta un videojuego y que tan poco tiempo me había durado; desde luego era una antigualla, pero su aspecto era igualmente letal) y confesé que era un arma de fuego antes de que ninguno intentara comprobarlo. Alegué que no quería intimidarles, pues no era tal fin el que tenía previsto para aquella herramienta, sino el proteger mi mancillada vivienda a expensas de incumplir las más básicas y obligatorias normativas sobre posesión de armas de fuego.

Mientras me esposaban con violencia tras tirarme al suelo, pude ver a aquel tipo calvo, que minutos antes nos trataba como a su familia y a la vez nos vendía un revolver usado por cien dólares bajo la consigna de “esta cita nunca tuvo lugar”, como reía desde la ventana de su casa mientras con una mano asía un cigarrillo y en la otra sostenía su teléfono móvil. El hijo de puta reía como un demente; me señalaba con la mano que sostenía el cigarro y se burlaba de mí. Se había quitado un gran peso de encima, y además le había pagado cien dólares por ello.

Me había utilizado y a saber para culparme de qué.

– Oh, oh… Me parece que ahora sí que la hemos cagado – pensé yo; – ¿de dónde cojones habrá salido esta pistola, qué clase de maldades se habrán cometido con ella y porqué cojones de todos los gilipollas impulsivos y vengativos de este mundo habrán tenido que acabar jugándomela a mí? Demasiado tarde para hacerse las preguntas oportunas.

De aquello salimos muy mal parados.

Mi cuñado se comió diez años por tráfico de droga (ya tenía antecedentes por delitos menores de tráfico de estupefacientes y además encontraron en su casa unos cinco kilos de hachís, que para el día del juicio se habían convertido inexplicablemente en treinta jugosos kilos; justicia de mierda para la gente de mierda) y yo acabé en la cárcel acusado de un delito de tenencia ilícita de armas de fuego y cuatro delitos de atraco con violencia en joyerías.

Ahí estaba el truco, por eso la pistola era tan barata (risa demencial del tipo que me la vendió, de fondo, en mis pensamientos).

Veinte años revisables aunque en realidad no iba a volver a pisar la calle hasta pasados ocho largos años (Justicia de mierda para la mierda reinsertada).

Mi cuñado David murió asesinado a los pocos días de ingresar en prisión.

Fue la víctima de una red de conspiraciones, el sacrificio necesario para que todo cuadrara a la perfección y nadie acabara en el talego por culpa de un chivatazo. Su proveedor de hachís, el mismo que le presentó al “vendedor” de la pistola y cuya argucia acabó con nuestros huesos en el presidio, se encargó personalmente de mover los hilos necesarios para que lo apuñalaran en el patio antes de que “El Rubio” empezara a considerar la idea de delatarlo, lo cual a raíz de la detención fue incapaz de hacer por puro miedo. Por miedo a acabar justo así.

Mi mujer me dejó incluso antes de morir su hermano. Aunque sin palabras, pero me lo había dejado bastante claro con su mirada al enterarse de que había sido detenido por tener en mi poder un arma con cuatro atracos a sus espaldas. Ella siempre me hacía muchas preguntas sobre cómo ganaba yo el dinero, preguntas que nunca quise responder por aburrimiento a explicarle el mundo de La Bolsa y sus interminables altibajos emocionales (de aburrido a más aburrido).

Ahora ese dinero había hecho que su hija quedara para siempre emplazada a una silla de ruedas, que su hermano muriera en la cárcel y lo único que a ella le parecía realmente justo, que su marido se pudriera en ella.

Me gasté más dinero en la cárcel que fuera de ella. Todo lo que no derroché en libertad, lo regalaba ahora allí entre cuatro paredes, a hombres que a cambio me protegían y estaban dispuestos a dar su vida por mí si fuera necesario, pues la vida en prisión sin contar con los recursos necesarios bien poco valía. Digamos que les interesaba cuidar de la gallina de los huevos de oro.

Alguno de aquellos perros guardianes seguiría dando la vida por mí hoy en día. Los demás han muerto.

Han sido ocho años interminables desde que aquel maldito hijo de puta me la jugara y me convirtiera en el monstruo que soy ahora, pero (nunca mejor dicho) lo que no mata te hace más fuerte.

Por cierto, la última que lo vi, el muy gilipollas seguía viviendo en el mismo sitio, con su mujer y sus dos hijas.

Curiosamente, yo también llevaba una pistola, como el día en que nos conocimos. (No era igual que la que él me vendió, pero sí que tenía el mismo nombre; se llamaba “Condena”).

Ya no me trató como a su propia familia.

Y tampoco se reía tanto…

VÍAS MUERTAS

La gélida humedad de la noche caía sin piedad sobre la estación vacía. Ella esperaba la llegada el tren sentada en un banco y acabando el que era su  segundo cigarrillo en menos de diez minutos. La maleta que llevaba era tan pequeña que solo pudo guardar la ropa más básica, un par de libros y su cepillo de dientes. Tenía que esfumarse de allí y acabar con todo antes de que le cortaran el pescuezo. El tic-tac del reloj de la estación percutía en su mente como el tambor de una pistola que fuese girando cada vez más cercano a dar con la bala que pusiera fin a aquella desquiciada ruleta rusa.

La estación la conformaban un par de bancos de madera bajo un resquebrajado techo de uralita y una vieja máquina de vending abandonada que ya no tenía cristal, en la que aun podían verse algunos aperitivos caducados años atrás y que tenía pegado en el lateral un cartel descolorido del que otrora fuese el mapa ferroviario de Estados Unidos. Al menos el reloj sí funcionaba, colgado del techo, aunque la estaba poniendo histérica.

A lo lejos ya se podía ver el humo del tren. Era una gran nube tóxica de color gris oscuro que desprendía un olor vagamente dulzón, algo parecido al aroma de la harina al tostarse, y que avanzaba a gran velocidad atravesando el páramo de bosque y maleza que las vías metálicas habían separado en dos. Cuando se fue acercando a su posición, la muchacha pudo ver que se trataba de una moderna locomotora con aspecto raudo y seguro, de colores azules y celestes, que parecía mucho más pequeña desde la distancia que una vez detenida delante suya.

Subió al tren y se dejó caer durante unos minutos en el caos de sus pensamientos, agotada por el estrés de las últimas semanas y deseando poner punto final a su vida en Cabbeytown y mandar a tomar por culo aquel maldito pueblo de dementes lo antes posible.

Buscaba la libertad. Solo quería ser feliz.

Los rostros que encontró en aquel compartimento la hundieron aún más en propia miseria.

La gente que viajaba en este tren era inmensamente feliz.

Sólo había que verles las caras; había padres con sus hijos, que bromeaban unos con otros mientras juntos compartían la visión del paisaje a través de una ventana. Había también una pareja de ancianos que parecían no tener ya ningún secreto entre sí, transparentes el uno para el otro, pero que a la vez se agarraban de la mano durante el trayecto con el cariño propio del primer amor; con la ilusión del amor verdadero. Muchachos jóvenes que volvían a casa, con toda seguridad, de esquiar en Kocoa Hill, ataviados con todo el equipo. Cuatro chicos contando historias de terror, una joven que tocaba la guitarra y que viajaba con su novia…

Ella se colocó su única maleta sobre el regazo y se sentó en un habitáculo que compartía con dos señores muy educados que discutían sobre literatura y una madre joven que contaba historias a sus dos hijos pequeños.

Se sintió la oveja negra del Tren de la Felicidad.

La joven se dirigía más allá del Paso del Bucanero, a la estación de Matadiablas, pero debía estar atenta y no pasarse de parada como la última vez. El problema es que llevaba mucho tiempo sin dormir, por eso se fue sumergiendo en tormentosos sueños, aunque en su mente resonaba implacable el imperativo de apearse de aquel tren en la última estación de Cañaveral.

El viaje se convirtió en un vertiginoso vaivén donde la velocidad protagonizó el trayecto que separa la vida de la muerte con el estilo y de una guitarra eléctrica haciendo un virtuoso solo en mitad de un rocanrol.

La muchacha abrió los ojos repentinamente, y se horrorizó ante el espanto que tenía delante: había vuelto a pasarse de parada.

La chica que contaba cuentos a sus dos hijos, era ahora el cadáver viviente de una madre que no paraba de gritar mientras sostenía los cuerpos sin vida de los pequeños entre sus brazos infectados y putrefactos. A la muchacha le faltaba la parte inferior de la mandíbula y no tenía ojos dentro de las cuencas, aunque lloraba amargamente a juzgar por sus alaridos de dolor. Los dos señores cuya conversación giraba en torno a Homero y Kafka, se lanzaban ahora dentelladas el uno al otro. Tenían por ojos enormes bolas de color gris, como si una especie de membrana opaca los hubiera recubierto al igual que les ocurre a los cocodrilos. Los mordiscos que se daban el uno al otro, arrancándose la carne y desgarrando cada vaso sanguíneo, en nada tenían que envidiar tampoco a los de los cocodrilos.

Los ancianos que había visto al subir al tren eran ahora momias resecas e inmóviles, a excepción de sus ojos, que parecían tan vivos como siempre, aunque pertenecieran ahora a cuerpos inertes y embalsamados que por algún motivo todavía danzaban entre los vivos. Las manos que antes se enlazaban reposaban ahora en el suelo del vagón, separadas de sus cuerpos, y aún unidas en símbolo de su eterno amor. Los padres que oteaban a través de la ventana con sus hijos entre risas se habían convertido en dos cuerpos decapitados. Los esqueletos desprovistos de tejidos y órganos de los pequeños jugaban con la cabeza de papá, mientras la cabeza de mamá reposaba en el asiento junto a su propio cuerpo con los ojos abiertos de par en par en una eterna mirada muerta.

Los esquiadores eran un amasijo de carne y sangre donde los miembros de unos y otros se mezclaban en los asientos. Todos habían acabado mutilados y desangrados. El fantasma de una de las historias de terror salió de la ficción y atravesó con una lanza invisible el corazón de los chicos que contaban relatos de miedo en el tren, mientras que los cuerpos sin vida de un par de chicas que se amaban  momentos antes cantaban ahora su última balada con las notas inexpresivas que emanaban de una vieja guitarra acústica en llamas.

La muchacha  ardía de los pies a la cabeza y se retorcía entre alaridos mientras se lamentaba por haber vuelto a saltarse su parada de destino, pues sabía que de no bajar en Matadiablas, el artefacto explotaría antes de tiempo y todos aquellos inocentes volverían a morir en su compañía, como tantas otras veces había pasado ya. El olor a carne quemada que desprendía la joven inundó rápidamente todo el compartimento, donde momias, cadáveres decapitados y esqueletos sufrían cada uno la pena de su propio final.

De pronto el tren se detuvo y abrió sus puertas al mundo de los difuntos. La chica, atormentada, bajó de aquel tren infernal y contempló lo que tenía delante de sus ojos.

Entonces se sentó en el banco y volvió a sacar del bolsillo el paquete de cigarrillos mientras aquel maldito reloj retumbaba en su cabeza. La estación estaba vacía y hacía una noche de perros. Ella esperaba con una única maleta por equipaje, tan pequeña, que junto a la bomba solo cabían un par de libros y algo de ropa, además de su cepillo de dientes.  Esperaba la llegada del tren que la ayudaría a escapar de una vez por todas de Cabbeytown.

Solo intentaba ser libre. Buscar la felicidad.

Calculó que aún tenía tiempo de fumarse un segundo cigarrillo antes de que la locomotora llegara de nuevo a la fría estación, lugar de origen y de destino del recorrido que una y otra vez se repetía en su eterna condena.

Aquella maldita estación donde confluían todas las vías muertas.

EL TREN – Leño

EL TREN.
SUBE A MI TREN AZUL.
SU DULCE CHIMENEA TE PUEDE DAR
ALGO QUE HACE TIEMPO BUSCAS TÚ.
SI CONTROLAS TU VIAJE SERÁS FELIZ.

EL TREN.
UN DÍA YO QUISE VIAJAR EN ÉL,
SUBÍ DESPACIO Y ME ACOMODÉ.
VI ROSTROS DESHECHOS DE SATISFACCIÓN.
SI CONTROLAS TU VIAJE SERÁS FELIZ.

EL TREN.
DESPUÉS DE LATIR A VELOCIDAD,
YA VA LENTO A SU FINAL.
CASI TÚ SABES CUÁNDO VA A PARAR.
SI CONTROLAS TU VIAJE SERÁS FELIZ.

LOBO ALFA

Dejó la furgoneta en los aparcamientos del “Hill Sweet Home”, se tomó un café doble bien cargado que Trevor ni siquiera le dejó pagar y salió a intentar acabar de una vez por todas con ese maldito alfa. Aunque el parking del HSH era privado y bastante pequeño (había espacio para ocho vehículos aprovechando al máximo sus opciones), Trevor Jenkins nunca tuvo ningún problema en dejar usar las contadas plazas a los vecinos de Kocoa, no así a los incontables esquiadores, ni a los turistas, curiosos y periodistas que habitualmente acudían al monte Kocoa Hill en busca de leyendas y seres fantásticos. Kocoa es un lugar, por tradición, muy dado a la santería, y el monte Kocoa Hill siempre ha estado ligado a historias sobre vampiros, fantasmas y otros monstruos de película, consiguiendo con ello un reclamo turístico inmejorable para tan recóndito paraje. Aunque Henry también se dedicaba al periodismo, lo suyo era la sección de deportes, y además su pasado como militar y combatiente en Afganistán le había hecho ganarse la admiración de muchos de sus vecinos de toda la vida, de ahí el exquisito trato que recibía siempre en la posada montañesa.

Trevor Jenkins, el dueño del “Hill Sweet home”, deseó a Henry toda la suerte del mundo y le dijo que estaba invitado al café, y que no volvería a pagar una bebida en su local si conseguía regresar con la cabeza de aquel maldito lobo. Una cosa eran los cuentos de fantasmas, que tanto bien le hacían al negocio, y otra cosa bien distinta, una manada de lobos salvajes que ya había hecho estragos entre las granjas de la aldea y que, a saber que podría llegar a hacer si, en lugar de ganado, una noche se cruzara con algún crío despistado.

Agradeciendo su amabilidad, y el detalle de permitirle aparcar allí la furgoneta de su padre, Henry se despidió del hostelero desde la puerta de la rústica posada. El hombre, mientras atendía a un grupo de clientes en un ridículo español que ni la música country de fondo conseguía disimular, le deseó suerte de nuevo.

Sacó del maletero la bolsa de deportes donde solo guardaba la escopeta y la munición. Llevaba la cantimplora, los prismáticos, una brújula, varias cuerdas y un botiquín en la mochila, colgada a la espalda, la linterna en el bolsillo y el machete de caza en su funda, en la pernera derecha, de modo que estaba listo para adentrarse en la espesura nevada de Kocoa Hill, deseoso de dar caza definitivamente al líder de la manada que atemorizaba a sus buenos vecinos. El padre de Henry tenía una pequeña granja familiar en la que cuidaba de ovejas, terneras, cerdos, gallinas y gallos, y desde que el lobo alfa apareciera por primera vez con su manada (gracias a Dios que los vecinos también los vieron, o todo el pueblo andaría ahora con la historia de “El Wendigo ataca de nuevo”) habían sido ya cuatro las veces que los lobos irrumpieron en la granja, acabando con varias ovejas y gallinas que, para colmo, no eran del padre de Henry, y cuyas pérdidas el granjero tuvo que compensar a sus legítimos dueños. La última vez, apenas días antes, Henry se encontraba con él en la granja, y a punto estuvo de hacer blanco en el líder de los lobos, un macho de al menos sesenta kilos cuyo pelaje parecía un poco más cano que el del resto de su manada, aunque el disparo que realizó pasó rozando la oreja del Patriarca de los Lobos (Henry estaba seguro de haberle dado a aquel maldito monstruo) y acabó haciendo estallar en mil pedazos la cabeza de una de las pobres ovejas de su  padre. ­El tamaño también diferenciaba al líder del resto de sus semejantes, siendo éste casi el doble de lobo que los demás.

Cansado, Henry Stone decidió salir a la caza de tan macabra bestia, herido en la cartera y en el orgullo por el continuo descenso de su ganadería familiar, pues la avanzada edad de su padre le hizo responsabilizarse del asunto en su nombre. Aquel era el segundo día que Henry salía en busca del Rey Lobo, y quizás fueron los deseos de suerte de Trevor Jenkins (afectado también económicamente por el peligro que suponía la presencia de animales salvajes cerca de su posada) o la convicción y la seguridad con la que el veterano militar afrontó la situación lo que hicieron que aquel día la fortuna estuviera dispuesta a sonreírle.

Al menos en parte.

Justo antes de emprender el camino hacia el bosque, alguien le asió del hombro y Henry se volvió sobresaltado.

– Cuánto tiempo, Stone. Me alegro mucho de verte. – Le saludó Marcus Meyer, antiguo compañero en el periódico al que Henry no veía desde que le despidieran meses después de incorporarse él al rotativo.

– ¡Mark! Cuánto tiempo, amigo. ¿Qué tal estas? – respondió Henry.

– Bien, no me puedo quejar. – Dijo Meyer – Vivo de las prestaciones del gobierno y me las gasto en vino y cama aquí en el “Hill Sweet Home”. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí a estas horas? Leí tu artículo sobre Joe Louis; ¡tío, me pareció brutal!

– Gracias Mark. Pues nada, aquí, dispuesto a practicar la caza, como puedes ver. – Respondió Henry.

– ¿Es que acaso vas a salir a cazar tu solo? ¿De noche? – preguntó  alarmado el joven Marcus – Debes de estar loco, tío… ¿Es que no tienes miedo del Yeti? – Meyer pronunció esta última frase sin poder evitar esbozar una media sonrisa.

– Bueno…  solo espero que, si decide aparecer, al menos no sea admirador de Rocky Marciano. –respondió Henry entre risas.

-¿Quieres que vaya contigo, Stone? – Se ofreció Meyer –  De verdad que no me importa. Además, no tengo otra cosa que hacer esta noche…

– Verás Mark… – comenzó Henry – es que lo que estoy buscando es… no sé cómo decírtelo… es bastante peligroso…

– No te preocupes. – Le interrumpió su antiguo compañero de trabajo – Solo era por precaución, pero supongo que todo un veterano de guerra como tú sabe cuidarse solo. Al menos hazme un favor, Stone: – concluyó el joven – ten mucho cuidado con las leyendas… ya sabes.

Henry pensaba que esta última frase era otra broma del muchacho, pero esta vez no había nada en el rostro del joven que así lo indicara. Más bien todo lo contrario. Algo oscuro y siniestro brillaba en aquella extraña mirada.

Sin más, se despidieron formalmente y cada uno continuó su camino.

Henry se dirigió hacia el principio de la Senda del Tucán, un camino de madera reforzado que bordea la ladera de Kocoa Hill, para abandonarlo luego y abrirse paso campo a través hacia un oculto desfiladero al que se conoce como “la Garganta”, y donde el hombre estaba seguro de que encontraría el rastro de los lobos. Estaba seguro de que se escondían allí porque aquel era el más oscuro y perdido rincón de Kocoa Hill, y los hombres y los animales no se diferencian mucho a la hora de buscar refugio cuando sus vidas dependen de ello.  De algún modo, Henry ya había estado allí. En otros países, entre las sombras de otras “Gargantas” diferentes, Henry ya conocía los mejores escondites para sobrevivir en mitad de la nada.

El fornido periodista era una sombra muda que avanzaba protegida por la oscuridad de la noche. Se había frotado las manos y la cara con plantas, restos de excrementos y con la tierra mojada por la nieve, y tanto las bolsas como la ropa de camuflaje estaban también impregnadas del olor de la montaña, con objeto de burlar así el mayor de los sistemas de alarma que su enemigo poseía; el olfato. Caminaba sigilosamente cuando, de repente, tuvo que pararse en seco, y mientras el sudor comenzaba a perlarle la frente, retrocedió dando pequeños pasitos, casi imperceptibles, con los ojos abiertos de par en par y esforzándose en no pisar ni la menor de las  ramas secas.

Una serpiente de cascabel, que para más peligro, no hacía sonar el mismo, se estaba dando un festín de cobaya a menos de dos cuartas de distancia, mirando al repentino ser humano que irrumpía en su zona de confort pero sin darle demasiada importancia, al menos de momento. Henry consideró que lo más sensato sería retirarse con suavidad y bordear la zona evitando posibles molestias y deseando buen provecho al venenoso crótalo.

Tras este primer encuentro con los peligros de la naturaleza, Henry, que se esforzaba ahora en caminar con los ojos bien abiertos, comenzó a sopesar la idea de volver a casa, a tenor de que resultaría mucho más fácil encontrar a su enemigo de día o contando con el hándicap de un grupo de perros de caza. Pero el cazador tenía un presentimiento y no podía abandonar aquella búsqueda aunque el cansancio se incrementara o apareciera la desilusión. Aquella iba a ser La Noche del Fin de los Lobos, de modo que a pesar de llevar ya casi dos horas caminando por el bosque nevado con la única conversación que le ofrecían las rapaces nocturnas, siguió avanzando perseverante y silencioso.

Por fin, casi una hora después, divisó a su temible y escurridizo rival.

Se encontraba a una distancia suficiente para un buen disparo y, precedido de un tímido aullido, como de bienvenida, el lobo alfa se irguió de pronto y oteó olfateando el horizonte en busca de aquel intruso que perturbaba su manada; en busca del periodista y ex-militar Henry Stone, aunque a juzgar por su expresión no parecía haber localizado a nadie, de modo que volvió a su posición original, recostado entre otros cuatro hermanos de manada que dormían profundamente.

Él no dormía; él vigilaba.

Henry se quitó la mochila que llevaba a la espalda y la camufló entre la maleza a los pies de una gran encina que ahora le servía de parapeto, ignorando que aquel gesto acababa de salvarle la vida. Con la calma y el mutismo de un francotirador profesional, sacó de la bolsa de deportes la escopeta y colocó dos cartuchos en la recámara. Se acomodó tumbado boca abajo sobre la nieve y las hojas que formaban el manto del bosque (asegurándose primero de no interrumpir la cena de ninguna víbora mortal) y estiró las piernas y los brazos adoptando la postura  que tantas veces había escenificado en tantas y tantas improvisadas trincheras.

Podría haber apuntado al cerebro, justo en medio del cráneo del animal, o haberle disparado en el pecho, entre las patas delanteras y calculando unos quince centímetros hacia abajo, justo en el lugar donde el motor de la vida bombeaba sangre al resto del cuerpo del Jefe Lobo, pero tras varios segundos comprobando que, efectivamente, a la bestia le faltaba un trozo de oreja (que él mismo le había volado días antes con la escopeta de su padre) dejó con cuidado los prismáticos a un lado y decidió que un disparo en el ojo sería igualmente mortal.

Se concentró, contuvo la respiración y apretó el gatillo.

El monte entero de Kocoa Hill vibró al sonido de aquel cañonazo.

El proyectil dejó el rostro del animal con el aspecto de un irrecuperable rompecabezas de carne, huesos, sangre y pelo gris. Donde siempre tuvo el ojo derecho, el Gran Lobo lucía ahora un interminable túnel negro y carmesí del tamaño de una manzana y que dejaba pasar el aire a través de su cabeza. El animal cayó desplomado al instante, en una postura que le confería el triste aspecto de una alfombra de piel de lobo que sin disimulo alguno intentara ocultar un creciente charco de sangre en mitad de la nieve. El resto de miembros de la manada, horrorizados ante la súbita muerte de su líder, huyeron despavoridos sin mirar atrás; ya tendrían tiempo para presentar sus candidaturas a nuevo Alfa; ahora a correr las tocaban.

Henry se encaminó instantes después pleno de felicidad hacia su trofeo, pensando ya en las felicitaciones que recibiría por parte de Trevor Jenkins y el resto de gente del pueblo, y descuidando los sonidos y movimientos que se estaban produciendo a su alrededor. De repente, un segundo cañonazo hizo retumbar el bosque y un zumbido que luego pasó a ser un empujón le tiró de boca a la sucia tierra nevada, no sin antes perforarle completamente el hombro izquierdo.

Sin duda, algo iba mal; acababan de dispararle por la espalda.

– ¡Cuánto tiempo, Stone! Me alegro mucho de verte. – Dijo por segunda vez en la  noche Marcus Meyer, cuyo revolver aun humeaba tras el reciente disparo traicionero. Reía como un demente y sin duda estaba borracho como una cuba.

– ¡Maldita sea, Mark! ¿Se puede saber que cojones te pasa? – respondió Henry entre gritos mientras intentaba taponarse la herida, aunque, haciendo un enorme esfuerzo se encaminó directamente hacia el joven con la idea de atraer su atención y desviar su mirada de la oculta mochila en la que se escondían sus escasas opciones de salir con vida.

– ¡Ey, tío! ¡Pero si sigues siendo un gallito! – Se burló Meyer – Ahora veremos si eres lo suficientemente gallito… – Entonces Marcus cogió del hombro herido a Henry hundiéndole el cañón del arma, todavía incandescente, en el orificio sangrante y obligándole a arrodillarse de forma involuntaria entre alaridos. Una vez arrodillado, Meyer se retiró dos pasos hacia atrás y justo cuando Henry pensó que el desquiciado se disponía a ejecutarlo allí mismo, Marcus le pateó el rostro de haciendo que escupiera varios dientes a la vez. Magullado y casi sin conocimiento, Henry no pudo oponerse de forma alguna a las continuas vejaciones de Meyer, que lo trasladó hacia un falso ciprés de más de veinte metros de altura cuyas ramas más bajas casi rozaban la nieve y la tierra húmeda. Allí, mientras lo ataba con fuerza al tronco del árbol, Meyer explicó a Henry, a duras penas, el ridículo motivo de su, por otra parte, injustificable agresión:

– Verás, Stone, aunque no lo sepas, yo antes era el encargado de cubrir las noticias de deportes en el Newer News. Hasta que llegaste tú, claro. Eras El Combatiente de Afganistán, el Superhéroe Americano, y no conforme con haber escrito un puto Best Seller sobre la guerra en Oriente Medio, tenías que solicitar un puesto de redactor en el “Newers’” . Y además, tenía que ser justo en Deportes. – Meyer casi lloraba al recordar sus tiempos en el periódico local de Cabbeytown.

– Por tu culpa pasé meses haciendo teletipos y trabajos de becario – prosiguió el joven ebrio – hasta que decidí plantarle cara al maldito cabrón de Princeton, el redactor jefe, y reclamarle mi antiguo puesto. Mírame ahora; y todo por tu puta culpa, maldito héroe de guerra. Pero hoy no pareces tan fuerte, ¿verdad? – Meyer volvió a patear en la cara a Henry que, ya atado, casi no percibió el dolor a causa del tremendo mareo y la sensación de que…

(…se iba…)

… la sensación de que le empezaban a fallar las fuerzas. Pero tenía que aguantar como fuera. Si conseguía mostrar la resistencia suficiente y alguien le encontraba allí amarrado podría hacer uso del botiquín que tenía en su mochila. Pero las cosas no iban a ser como Henry esperaba, o al menos eso pensó al oír de nuevo a aquel demente.

– No voy a volver a pegarte, sucio cabrón. – Dijo el joven al malherido veterano – Te vas a quedar ahí, sangrando como un cerdo, y entonces ellos olerán la sangre, y seguirán tu rastro, y… ¡Oh! ¡Sí! ¡Hoy cenarán “héroe de guerra”! Ja, ja, ja… – El joven parecía en éxtasis. – ¿Quieres que ponga alguna frase especial en tu esquela cuando regrese al “Newers’”, puto marica? – Preguntó con malicia el muchacho en alusión a los rumores sobre la condición homosexual de Henry mientras acercaba su rostro hasta rozar el del retirado militar. Entonces, Henry asestó tal cabezazo a su indigno adversario que éste rompió a sangrar por la nariz en menos de un segundo, brotando la sangre en descoordinados borbotones. El muchacho reía y gritaba de dolor, con una voz tan fina y a la vez quebrada por el alcohol que parecía imitar a un buitre real, un águila o un cóndor.  – ¡Joe Louis era una puta mierda comparado con Marciano, gilipollas! – sentenció el joven psicópata, y sin mediar más palabra, se dio la vuelta y se perdió entre los matorrales y los espesos ramajes de los árboles nevados, dejando un rastro de sangre apenas perceptible en la oscuridad para el ojo humano, pero bastante apetitoso para el olfato carnívoro.

Los minutos posteriores, Henry se limitó a intentar reunir fuerzas, pues sabía que estaba bastante jodido…

(…se estaba muriendo…)

bastante jodido, pero no podía rendirse, no podía tener miedo. Él había dejado el ejército por miedo, miedo a las barbaridades del hombre, miedo a la miseria, al poder, a la corrupción y al podrido sistema. Por eso solicitó un puesto como periodista, que era lo que había estudiado, y por eso había salido aquella noche a cazar al maldito lobo alfa. Porque no le daban miedo los lobos, no le daban miedo los animales ni su instinto. Le asustaban las personas y sus actos razonadamente injustos y crueles.

Le asustaba la guerra, y acababa de volver a ella.

Cuando Henry comenzaba ya a reunir fuerzas tuvo delante al primero de los lobos, mostrándole una dentadura que el militar retirado recordaría casi eternamente en sus pesadillas (aquella noche marcó sin duda un antes y un después en las largas e insufribles noches de insomnio de Henry Stone).

Harto ya del aliento del animal, y consciente de que la muerte le estaba mirando a los ojos como preludio a la letal ceremonia de arrebatarle su cuerpo para alimentarse de él, sintió el pinchazo y el desgarro de dolor a su espalda, en los dedos de una mano. Al menos eso pensó Henry, aunque el dolor provenía más bien del lugar donde antes se encontraban dos de los dedos de su mano, pero él no podía ver el estropicio porque el maldito psicópata de Meyer le había amarrado al tronco del árbol con los dos brazos extendidos hacia atrás. Concretamente era la mano izquierda la malherida, y los dedos corazón e índice los que ya no estaban.

Henry no pudo evitar reírse al sentir que los mordiscos habían desgarrado también las cuerdas que lo apresaban; habían aflojado aquella trampa lo suficiente para poder sacar ambos brazos. Entonces desenfundó el machete de la pernera antes de que sus enemigos se abalanzaran sobre él y en menos de un segundo atravesó al animal que lo miraba desafiante.

Gritando de dolor y de pánico, Henry empaló la cabeza de la bestia con el machete de arriba abajo y la mantuvo enterrada en la nieve entre un eruptivo volcán de sangre mientras el chacal pataleaba inútilmente intentando escapar. Los aullidos del lobo eran un ridículo susurro frente a los gritos demenciales del malherido periodista, y seguramente fuera eso, unido a la euforia del momento, lo que provocó que Henry no pudiera percatarse de aquel segundo aullido, éste humano y de puro dolor, que se estaba produciendo apenas a cientos de metros de allí.

El adiestrado militar se cercioraba de rematar al incauto lobo girando con violencia la hoja del cuchillo que sostenía con su mano sana mientras apretaba cada vez más, y el resto de la manada abandonó a su difunto líder por segunda vez aquella misma noche incrementando de forma grata e inesperada las esperanzas de Henry de volver a ver un amanecer. Así siguió hasta que se descubrió semi-atado y solo en mitad del bosque con el cadáver de un lobo clavado por la cabeza en la tierra húmeda delante de sus narices. Medio machete se perdía bajo el nivel de la tierra y la cabeza del maltrecho animal, vista desde un plano cenital, bien podría confundirse con cualquier otra cosa menos con la cabeza de un animal.

Henry tardó en desatarse mucho menos de lo que esperaba, aunque mucho más de lo que le hubiera gustado. Le dolía la cabeza, la nariz y la mandíbula al completo, sentía como si tuviese un taladro en marcha dentro del hombro y tenía la sensación de que una enorme apisonadora estuviera pasando constantemente sobre los dedos de su mano. Solo la visión del inminente éxito en su esfuerzo por liberarse le empujó a sobrevivir una vez más.  Aun así, daba gracias por la suerte que había tenido; no todo el mundo podía presumir de sobrevivir en la misma noche a dos líderes de una misma manada de lobos. Pero estaba “hecho unos zorros”. El símil con la fauna salvaje le pareció de lo más gracioso, y sonrió para sí mismo mostrando a la oscuridad del bosque una horrenda mueca causada por los recientes agujeros donde faltaban las piezas dentales y la sangre manaba mezclada con la saliva. Dicha imagen voló hasta su propia mente, y entonces su grotesca sonrisa se incrementó al recordar a Sean Penn totalmente demacrado en una de las escenas finales de la película Giro al Infierno. Aquello parecía una broma casi del mismo nivel; por fin podría presumir de tener una “sonrisa de cine”.

Pero si algo podía agradecerse a sí mismo, y no al destino, la suerte o el azar, era la precaución de haber dejado la mochila a buen recaudo (además, por supuesto, de llevar siempre un machete en la pernera). Utilizó el botiquín para curarse, taponarse y remendarse como pudo los peores de sus males, que eran la falta de dos dedos y un preocupante balazo en el hombro.

En cuanto al energúmeno, ya habría tiempo de pensar en ello; ahora lo primero volvía a ser sobrevivir.

Rebuscó entre la nieve en la base del tronco al que le habían atado y encontró uno de sus dedos todavía intacto. Pensó que se trataba del índice, aunque no podía estar seguro. El otro nunca más lo volvió a ver. Cuidadosamente, sacó del botiquín un sobre hermético de plástico que contenía unas tijeras esterilizadas y, retiradas las tijeras, colocó en su interior el amputado miembro, el cual arropó con abundante nieve, esperanzado en sus pocas opciones de poder recuperarlo.

Aplicar los primeros auxilios, estabilizar su salud y reunir las fuerzas necesarias para emprender el camino de regreso llevaron algo más de tiempo a Henry, que no dio el primer paso de vuelta a casa hasta apenas una hora antes del amanecer. Podría haber salido mucho antes, si solo fuera por las curas y el descanso, pero después del infierno por el que había pasado no estaba dispuesto a volver de vacío, de modo que tras ordenar bien su contenido, Henry volvió a cargar como pudo con la pesada bolsa de deportes y con la mochila que le había salvado la vida, y comenzó el camino de vuelta.

Casi había llegado a la Senda del Tucán, o al menos no era mucha la distancia que le faltaba por cubrir, cuando, a su derecha, cerca pero no visible, pudo oír un brusco estruendo entre las ramas de los árboles. Parecía como si un elefante acabara de arrancar de un solo golpe un árbol desde las raíces. Su primer instinto fue coger el rifle, hasta que recordó que ya no disponía de la falange con la que había aprendido a pulsar el gatillo. Entonces, usando la mano derecha, volvió a desenfundar la que había resultado su mejor arma aquella noche y se dispuso a recibir cualquier ataque sorpresa, y a morir, si era preciso, con el cuchillo en la mano y dando la vida por defenderse, si bien ni en sueños pensaba acercarse a investigar qué tipo de gigantesca criatura podría haber causado semejante vaivén entre las ramas.

Así permaneció, en estática posición de defensa, esperando cuchillo en mano a un coloso enemigo que nunca llegó. En un momento dado, al hombre le pareció distinguir el movimiento de una enorme figura de aspecto simiesco que pasaba justo por delante, entre las ramas, y a punto estuvo de perder los papeles y echar a correr como alma que lleva el diablo. Pero para su tranquilidad no había nada allí, pues todo estaba silencioso y seguramente Henry había sufrido algún tipo de trastorno debido a su reciente pérdida de sangre. Puede que pasaran varias horas, o quizás fueran solo treinta minutos, el caso es que, un buen rato después, la calma y la tranquilidad fueron tales que Henry Stone se supo a todas luces seguro. Braceó entonces, apartando varias de las ramas que con tanta brutalidad habían sido zarandeadas un rato antes, y en cuanto sus retinas registraron el pavoroso espectáculo que tenía delante, su organismo no pudo por más que responder provocándole un repentino y caudaloso vómito.

Un pequeño claro en el bosque era el escenario donde habían descuartizado a Marcus Meyer. La cabeza, arrancada del cuerpo, seguía en cambio unida a un corto segmento de huesos, procedente sin duda de la columna vertebral. Alguien (o algo, pensó Henry muerto de miedo) había arrancado de cuajo la cabeza de su vecino, y a juzgar por los negros túneles que eran ahora sus ojos, lo habían hecho usando las cuencas para introducir los dedos (o garras) como si se tratase de una macabra herramienta improvisada para jugar una partida de bolos. El resto del cuerpo (o lo que quedaba de él), incluyendo la mayoría de órganos internos, estaba repartido en varios montones que Henry no tuvo ni el valor ni las ganas de inspeccionar. Cuando por fin el vómito cesó, Stone volvió a echar un último vistazo a aquel bosque de muerte rojo y blanco, y vomitó de nuevo, aunque esta vez el regusto en la lengua le indicó que ya no había más café que expulsar, solo quedaba la bilis que le salía por la boca mezclada con su propia sangre. Se giró, se enjugó como pudo los labios y las lágrimas con una mano que ya no recordaba mutilada y que le manchó el rostro de sangre, y emprendió despacio y sigiloso el camino de vuelta hacia el “Hill Sweet Home”.

Henry apareció por las puertas del HSH horas después, cuando el sol ya calentaba, aunque al ser Martes de Octubre aún no había ni un solo cliente. En cuanto Trevor lo vio, malherido y ensangrentado, corrió a recibirle y auxiliarle, pero Henry le hizo un gesto con la mano (con la mutilada) y se acercó por sus propios medios hasta la barra de la posada, tras la cual se encontraba el hostelero. Entonces, mientras el hombre, preocupado y asustado, no paraba de preguntarle qué le había pasado y si habían sido los lobos los que le había hecho eso, Henry abrió torpemente con su mano derecha la bolsa de deportes que había depositado en el suelo y sacó no una, sino dos cabezas de lobo, aún sangrantes y a cada cuál de aspecto más horrible. Una había sido empalada y la otra, mucho más grande, atravesada por un disparo justo en el ojo.   –No ha sido tan difícil. – bromeó Henry.

El boquiabierto posadero no daba crédito y Henry, utilizando la que se había convertido en su nueva “Sonrisa de Cine”, le dijo algo que nunca llegó a explicarle ni a él ni a nadie en Kocoa:

-Y Trevor… Puedes estar tranquilo en cuanto al negocio…

…Creo que en Kocoa Hill aún nos quedan muchas leyendas que oír.

RAÍCES ESCARLATA

La bola describía una parábola perfecta hacia su posición y Kenny pensó que por primera vez en su vida conseguiría eliminar a un bateador. Además, para más énfasis, esa pelota había sido bateada por el imbécil de Louis Linderman, y el equipo de Kenny (el último en elegir jugadores, motivo por el cual él militaba entre sus filas) estaba a un solo punto de ganar el partido. De pronto, la ilusión se volvió pánico y el gigantón de trece años sintió como las fuerzas le abandonaban y le flaqueaban las piernas. La pelota estaba ya casi a su altura y el muchacho empezó a ver cada vez más borroso debido al sudor que le empapaba la cara y que le empezaba a provocar que le escocieran los ojos.

Primero, la bola cayó suavemente, casi sin oponer resistencia, sobre su mano desprovista de guante alguno (señal de la precariedad de los chavales en cuanto al equipamiento deportivo). Sus compañeros corrieron a celebrarlo con él y el pedante de Linderman se arrodilló de fondo, sobre la base del bateador, llorando como un niño pequeño. Todo era ideal, pero entonces su sueño se desvaneció cuando en el mundo real, la bola golpeó su dedo meñique con la fuerza de un misil, provocándole un esguince cuyo dolor fue instantáneo y haciéndole perder de nuevo cualquier opción de integrarse y de acabar disfrutando como los demás muchachos de los improvisados partidos en el barrio.

Linderman fue el primero en burlarse de él mientras corría como un poseso a completar, sin duda, otra carrera para su equipo. Pero Kenny Grant se detuvo poco tiempo a contemplar la reacción de aquel idiota; con la mano dolorida entre los muslos apretados y gritando de dolor, Kenny escudriñó los rostros de sus compañeros de equipo, que con evidente decepción y coincidiendo en el feo gesto de dar por terminado el encuentro, se marchaban indignados y burlándose también de la torpeza del chico.

Intentando no darle mucha importancia, aunque llorando de puro dolor, aquel muchachote patoso, que en el fondo no era más que un crío, se sujetaba con fuerza la mano herida mientras cayó en la cuenta de que, a pesar de que ya todos se marchaban, nadie había ido a recoger la pelota.

Entonces, se dirigió hacia los matorrales que había justo detrás del límite exterior del improvisado terreno de juego (su equipo siempre acababa asignándole la zona más lejana para que Kenny tuviera que intervenir lo menos posible en el juego) y rebuscó dolorido la bola perdida entre los yerbajos y los montones de basura.

La mano le palpitaba como si se la hubiera aplastado un yunque, y entre condones usados, ortigas, latas de cerveza vacías y oxidadas, cartones de vino resecos, revistas rotas y demás productos de trastienda de campo de béisbol de barrio, el muchacho era incapaz de encontrar la pelota que tanto daño le había causado ya (en todos los sentidos).

Pero era tal la cantidad de residuos allí acumulados, y tan desagradable su mera visión, que no es de extrañar que el joven, en plena exploración, para más inri, de su umbral de dolor, pasara por alto la bola, y también el viscoso material rojo y con extraños relieves negros que impregnaba toda aquella montaña de mierda que tenía delante.

Había caído del cielo flotando muy suavemente, como protegiendo su fragilidad, en una especie de cascarón con formas cuadradas y picos salientes que se descascarilló antes incluso de que los muchachos hubieran terminado de formar los equipos. Aquella extraña forma con adornos piramidales y de procedencia extraterrestre acabó descomponiéndose poco después de su impacto y posterior eclosión, pero la sustancia espesa y carmesí que transportaba en su interior había salido a la Tierra y se había agarrado a todo lo que tenía cerca.

Ese extraño invasor líquido y rojo llevaba ya, pues, un buen rato moviéndose libremente por nuestro planeta.

Entonces el muchacho, ignorante de la presencia de aquel autónomo fluido, divisó tras una lata oxidada de aceite de motor la bola maldita que tanto daño estaba a punto de volver a causarle. Kenny se agachó, cogió la pelota de marca Penn asqueado por la sensación de que acababa de pringarse un dedo de mierda, y de pronto el dolor del meñique de su mano derecha ya no existía para él.

Ni tampoco nada más.

Sus ojos se pusieron en blanco en cuanto se irguió, y en menos de un segundo, pasaron a ser dos enormes bolas negras que brillaban con pequeños destellos y sombras de color rojo sangre. De fondo, junto al vallado, el resto de chicos del barrio se alejaban divididos en varios grupos que tomaban distintas direcciones, sin mirar atrás y sin importarles cómo ni dónde estuviera Kenny.

Kenny no se había movido de aquel sitio y de la mano en la que sostenía la pelota comenzaron a brotar, a una alarmante velocidad, unos pequeños hilillos rojizos, parecidos a grotescas venas, que se volvían más gruesos a medida que avanzaban y que tenían la textura de la raíz de una planta.

Las misteriosas raíces escarlata ascendieron hasta el rostro del crío y lo conquistaron por completo antes de que el último de los muchachos abandonara definitivamente aquel recinto abandonando también a Kenny a su suerte. Después se extendieron al resto del cuerpo en un proceso lento y muy doloroso, llegándole a cubrir incluso la totalidad de la cabeza y confiriéndole el aspecto de la versión carmesí de “La Cosa del Pantano”.

Para entonces, solo la oscuridad de la noche y la triste soledad pudieron ver los leves espasmos en el cuerpo del muchacho que, aún erguido, manaba sangre a raudales por la boca, sangre que en su organismo estaba siendo sustituida por otra sustancia distinta.

Una sustancia extraña, roja, desconocida y letal; capaz de doblegar a las personas y a los planetas enteros.

Cuando ya no quedó sangre en su interior, y Kenny dejó definitivamente de ser Kenny, la enorme masa de raíces negras y rojas que antes habían sido un muchacho rubio se movió y comenzó a andar, o al menos a desplazarse, en dirección a los edificios del barrio de Chippers. Minutos más tarde, en el 19 de la calle Franklin, alguien llamó a la puerta y fue Louis Linderman quien la abrió en seguida.

Solo tuvo tiempo de reconocer la pelota de béisbol.

Todo lo demás fue un inmenso e indescriptible dolor.

Un dolor de color rojo.

PUNTOS DE VISTA

PARTE 1 – “LA HORA GRIS”

(GP RADIO – 105.7 F.M.)

Alejandro Tebas era un periodista e investigador de renombre en nuestro país. Presentaba y dirigía un conocido programa sobre parapsicología que se hacía a diario en la radio local del Grupo Progresista, emitido desde Cañaveral para el resto de Estados Unidos y llamado “La Hora Gris”. El programa estuvo en antena más de diez años, y si bien no  tenía unos índices de audiencia como para convertir al Grupo Progresista en la radio líder de América, “La Hora Gris” se colgaba en un podcast cada día tras su emisión y llegaba a reunir casi un millón de visitas diarias de aficionados al misterio de habla hispana en todo el mundo (Cañaveral era un distrito íntegramente hispano que junto a Kocoa, Northsmith y Southsmith completaba el pequeño pueblo estadounidense de Cabbeytown, de ahí el éxito del programa principalmente en tierras latinoamericanas).

Tebas vivía “por”, “para” y “del” misterio, y cada día antes de acostarse, su particular oración tenía como destinatarios a unos seres a los que no conocía, de cuya hipotética existencia no tenía ninguna prueba (aunque una fe ciega le transmitía la certeza de que no había ninguna otra opción) y a los que les pedía, noche tras noche, a través de las ondas de la radio y los binarios de internet, la oportunidad de un encuentro real. Ese hubiera sido para Tebas, como para cualquier amante de lo misterioso, el inmejorable colofón a una vida entregada a la investigación del fenómeno U.F.O., y que por algún motivo parecía resistírsele. Cuando Tebas entrevistaba, por ejemplo, al testigo directo de un caso de Ovni, sumado a su admiración podía notarse sin mucho esfuerzo un gran deje de envidia. Los seguidores de “La Hora Gris” ya conocían de memoria la despedida oficial que Tebas, siempre y sin excepción, usaba para emplazar a los oyentes a la emisión del día siguiente:

-…y recuerden, estén donde estén, que aquí estamos esperando con todo nuestro amor y respeto el momento en que decidan unirse a nosotros y formar parte de nuestra familia. Esperamos como cada día que este mensaje pueda llegar al reducido número que forman todos los terrícolas y también al resto del Universo.

Lo que no sabían ni el resto de tertulianos de su programa ni sus millones de oyentes, era que Tebas, como cualquier adicto, nunca dejaba el trabajo en las estancias de la emisora, ya que de camino a casa solía tomar desvíos para comprar una pizza de pepperonni y elegir una buena atalaya en la que instalar su telescopio y explorar los horizontes azules del infinito cosmos.

Cualquier yonki sabría reconocer la adicción  en este comportamiento. Primero viene el regocijo máximo, compartido y rodeado de compañeros de adicción, pero tras la despedida general, cuando termina el show, llega el momento de seguir con la fiesta por otro lado, de forma totalmente individual, porque si uno ha respetado las prisas que tenían los demás y los planes que les impedían seguir con la juerga, el mundo entero debería respetar también la insaciabilidad, la dedicación y la falta de reloj del adicto.

Tebas hacía esto muy a menudo, sintiendo a la vez, vergüenza propia por dicho comportamiento y la sensación victoriosa de haber conseguido que nadie le impidiera disfrutar de su merecida dosis de misterio.

Era un yonki de los Ovnis que acabó, para bien y para mal, con sus sueños hechos realidad.

Aquella mañana, se miró al espejo y vio que sus ojos no tenían iris, ni córneas, ni pupilas. Eran dos brillantes esferas de color rojo salpicadas por mil diminutos puntos blancos que, a priori, parecían funcionar tan bien como los anteriores y que se parecían al sombrero de la Amannita Muscaria, el famoso champiñón alucinógeno en el que habitualmente emplazaban su hogar Los Pitufos.  Recordó haber visto con anterioridad aquellos ojos inhumanos. Recordó habérselos visto a aquellas enormes criaturas la noche antes, y así fue como reconstruyó en su mente  todo lo ocurrido en la Cima del Viejo la última vez que vio el mundo a través de sus ojos humanos de siempre, aquellos con los que nació cuarenta y siete años antes.

Tebas decidió ponerse las gafas de sol antes de salir de casa.

PARTE 2 – “SERES DE UN VIDEOJUEGO”

La noche anterior, como de costumbre, Alejandro salió del polígono industrial de Las Naves, situado al norte de Cañaveral y en el que se encontraba la emisora de radio del Grupo Progresista, y se fue a buscar Ovnis con su telescopio a una explanada en la Cima del Viejo, un paraje natural bastante tranquilo a unos veinte kilómetros de su casa en Punta Carnero, frontera con México.

Tebas instaló el telescopio en una explanada muy tranquila a la que solía acudir a menudo y a la que  había bautizado como “El Observatorium”, y allí desplegó todos los accesorios que completarían plenamente su exploración astral; una nevera portátil de las que usan los domingueros para enfriar el tinto con casera en las excursiones a la playa, su grabadora, siempre encendida y en posición de Rec, una pequeña cámara modelo GoPro que ritualmente era colocada encima del maletero y orientada hacia el cosmos, con la esperanza de captar algún movimiento inusual, y una tumbona también propia de domingueros en la que Alejandro descansaba mientras disfrutaba en su Mp3 de lo mejor de Metallica, Alice Cooper o Su Majestad, Ozzy Osbourne. Le gustaba el rock duro y en aquel momento sonaba “I’m Eighteen”, del mítico Alice Cooper.

 No llevaba ni cuarenta minutos en “el Observatorium” cuando sintió a su espalda un movimiento entre las hojas de los árboles acompañado por el crujir de las ramas y hojarascas que alfombraban la colina. Debían ser al menos dos personas, a juzgar por el ajetreo, y Tebas temía que pudieran intentar robarle el coche o incluso el telescopio (el periodista tenía la esperanza de que si alguna vez tenían que robarle una de esas dos cosas fuera el coche, de un valor económico infinitamente menor al de su Meade LX200 de 16 pulgadas). Aquel temerario locutor cuyo hobby era desafiar a lo desconocido a diario en antena sentía en cambio pavor por la mayoría de las opciones que le ofrecía su propio mundo. El miedo se apoderó de él, y se descubrió a sí mismo rogando a Dios (a algún Dios, aún por definir…) que se tratase de una pareja de policías, y no de unos clandestinos criminales dispuestos a robarle o simplemente darle una paliza por puro placer.

 Por un lado, Tebas estaba de suerte. No se trataba de ningún criminal. Por otra parte, tampoco eran policías.

Se trataba de una opción que en principio no contempló, y eso que precisamente solía acudir allí con la esperanza de que le sucediera justo lo que le estaba ocurriendo en ese momento.

            Nadie parecía salir de entre el follaje, cuando su reproductor de música comenzó a fallar de un modo que nunca había experimentado antes. Era como si de pronto, una especie de potente emisora se mezclara con el sonido rockero de Alice Cooper, que veía como los dieciocho años del protagonista de su canción se alejaban cada vez más en el infinito silencio a medida que aquella extraña emisión “pirata” se le filtraba a través del Mp3.

            – Creo que ahora puede usted oírnos, ¿verdad señor? No hubo lugar a dudas; el mensaje fue alto y claro. Aquello era alucinante. Tebas esperó la respuesta tan ansioso como el portavoz de la pregunta, que repetía de nuevo: ¿Puede usted oírnos, señor? A aquella voz prácticamente no le quedaban restos de Alice Cooper de fondo. – Nosotros ya hemos establecido contacto visual pero no queremos crear un impacto demasiado grande, esperamos primero su consentimiento. ¿Sería posible que nos mostrásemos ahora?

Aquello cada vez era más interesante. Por la forma de hablar, parecían militares, aunque Tebas aún no estaba seguro de qué tipo de mensaje filtrado acababa de interceptar su pequeño aparato de música, y esperaba que la respuesta del interlocutor pudiera sacarle al fin de la duda. Pero nadie contestaba al otro lado.

Menuda decepción.

Seguramente había conseguido reproducir solamente la banda de emisión de la persona que preguntaba, pues hacía ya un buen rato que el Mp3 no reproducía ni música rock ni la voz misteriosa de ningún supuesto militar avisando de su posición. Posiblemente, la pequeña aventura al estilo KGB de Alejandro Tebas había llegado a su fin.

            Señor, sabemos que se llama Alejandro Tebas, y si estamos comunicándonos ahora con usted es solamente por el respeto que siempre ha mostrado hacía las distintas formas de vida del universo y por la invitación que usted mismo nos ha lanzado a través de distintos medios de forma repetida. Díganos ahora, señor, si está usted preparado para que nos mostremos ya o si prefiere hablar con nosotros usando el sistema de comunicación con el que me dirijo a usted actualmente.

            Entonces Tebas se giró muerto de miedo y vio que allí no había nadie. Observó fijamente el display del Mp3, que seguía reproduciendo en teoría el álbum “Alice Cooper”, y que presuntamente hacía sonar en este momento el clásico “Poison”, aunque Alejandro seguía sin oír música alguna, pero seguía oyendo, eso sí, aquella misteriosa voz que parecía dirigirse a él.

Es inútil que intente localizarnos, señor. Nuestra imagen ha sido bloqueada para evitar posibles altercados en el espacio físico de La Tierra. Solo si usted nos da su permiso nos dejaremos ver tal y como somos y podremos hablar cara a cara sin necesidad de la psico-comunicación. Huelga decir que nuestro mensaje es totalmente pacífico, pues sólo busca la unión de nuestros pueblos y el mayor intercambio posible de conocimientos en cuanto a nuestras culturas, aunque me temo que para poder darle más detalles, señor, voy a necesitar su permiso para mostrarnos. Díganos que sí y podremos explicarle más a fondo nuestra visita. Díganos que no, o en su defecto permanezca usted en silencio, y pondremos fin a esta conversación de forma inmediata y definitiva.

 Tebas salió de su burbuja de incredulidad y fue incapaz de reprimir una sonrisa. Lo había conseguido. Al fin habían recibido su mensaje y además le habían considerado a él un mediador perfecto para entablar relaciones con nuestro planeta. No podía dejar que esta oportunidad se le escapara, de modo que, sin estar del todo seguro de que aquello funcionara así, Tebas pronunció la palabra – SÍ – mientras asentía con el gesto aun sonriente.

 El mundo estalló de pronto en el rugido de las guitarras eléctricas y la batería hard rock de Alice “Mr. Niceguy” Cooper, que sonaba en el Mp3 desde que Tebas llegara al “Observatorium”. No recordaba que aun llevaba los auriculares puestos, y en cuanto dio su permiso para mostrarse a aquel misterioso mensajero del Más Allá, la música volvió a sus oídos de forma repentina, aunque nadie apareció ante su mirada. Primero, Tebas se puso a girar sobre sí mismo como un demente, hasta que notó una especie de sombra gigantesca que de pronto le envolvía desde atrás. Entonces, se giró y por primera vez en su vida contempló el rostro de un ser de otro planeta.

 Lo que vio detuvo el tiempo durante varios infinitos.

Ciclos de Milancovitch, Bamboleo de Chandler y los movimientos de Nutación, Precesión, Rotación y Translación de La Tierra volvieron por un instante eterno a su estado de espera, hibernación o inexistencia; a la cifra cero coma cero, como antes del primer rayo de Sol.

Como antes de que el mundo girase por primera vez.

 Se trataba de dos individuos descomunales con enormes corazas rocosas y casi tres metros de envergadura.

De aspecto humanoide, aquellos titánicos seres poseían un par de retorcidos cuernos de un extraño cristal azul sobre sus cabezas, recordando a los machos cabríos con los que tantas veces se ha personificado la figura de Satanás. Sus mandíbulas, redondeadas y simiescas, eran desproporcionadamente grandes comparadas con el tamaño de sus cabezas, que bien podrían ser rocas milenarias sobre las que se hubiera esculpido con el máximo detalle el conjunto más básico de formas que componen un rostro. Sus ojos eran de un único color rojo brillante, y cautivos, tras la dureza de aquellos toscos semblantes, parecían iluminar allí entre la bruma todo el “Observatorium”, envolviendo la fría noche con un íntimo aura carmesí. Multitud de minúsculos puntitos blancos aparecían y desaparecían sobre el fondo escarlata de aquellos ojos. Eran dos pozos de sangre a los que a Tebas, a duras penas, se asomó aterrorizado.

Los extraños mensajeros parecían bisontes a dos patas.

Para ser más exactos, aunque el símil sea limitado a los gamers, lo más acertado es decir que aquellos desconocidos le recordaron a Tebas a los Orcos del juego en red “World of Warcraft” cuando conseguías vestirles la armadura más cara, imponente y presuntuosa de todo el continente de “Rasganorte”.

 PARTE 3 -“UN TRATO JUSTO”

– No tenga miedo, por favor. Dijo uno de aquellos extraños seres.Es usted una de las mentes más abiertas de su planeta, señor. No tenemos intención de causarle daño alguno.

Tebas, que no había jugado nunca, se sintió de pronto como un vagabundo al que acabara de tocar la lotería.

– Pero, ¿qué sois? Perdón… – Tebas estaba tan entusiasmado que no acertaba a encontrar las palabras correctas. – ¿De dónde venís?

No importa de dónde vengamos. – Respondió uno de aquellos seres – Es tanta la distancia que separa nuestro mundo del tuyo que tardaríamos una eternidad en explicarte donde se encuentra nuestro hogar. Perdona nuestra tosquedad, pero el riesgo por nuestra exposición ahora mismo es máximo y tenemos un mensaje para ti de parte de nuestro Ser Supremo. Es importante que escuches con atención y decidas con libertad, humano: Entonces el mensaje comenzó alto y claro mientras aquellos seres desaparecían para siempre de la visión de Tebas:

“Desde el planeta Kronn hemos estudiado vuestra especie con detenimiento. Sabemos todo lo que se puede saber desde la distancia, pero ha llegado la hora de que comprobemos en primera persona los detalles de vuestro mundo, a fin de garantizar las mejores relaciones para el futuro más inmediato. Ambos planetas comparten similares condiciones ambientales, de densidad, de gravedad e incluso de composición, lo cual será a corto plazo un punto de inflexión determinante cuando los humanos tengan que abandonar la Tierra y nosotros debamos decidir si les permitimos o no habitar en Kronn para salvaguardar su especie. Desde Kronn contacto con usted para proponerle un trato justo, humano. Permítame durante un solo día ser sus ojos que para usted pueda conocer mi mundo; pero no antes de que usted haga lo mismo por mí. Así es como hacemos las cosas en Kronn y confiamos en que sepa decidir sabiamente y sin coacción alguna.

En caso de que acepte este trato, mañana poseerá la visión de los Kronn, permitiéndome a mí recibir cada imagen en la distancia de todo aquello que usted vea un día cualquiera en su mundo, aunque ha de saber que los Kronn no vemos su planeta del mismo modo que lo ven ustedes, los humanos. Pasadas veinticuatro horas volveremos a ponernos en contacto con usted y vivirá un día en la piel de un Kronn, a más de un infinito de distancia de su mundo, sin correr peligro alguno durante el tiempo que dure la experiencia, pues estará tranquilamente en su planeta, en su hogar, mientras recibe toda la información directamente a través de las pupilas.

En caso de que su respuesta sea negativa no le causaremos molestia alguna y borraremos de su memoria cualquier recuerdo de este encuentro, para evitarle posibles perjuicios.

Exigirle una respuesta de forma inmediata sería una vulgaridad, además de una insensatez, de modo que no se preocupe por nada; descanse esta noche y, mañana, usted mismo sabrá cuál ha sido el resultado de su propia decisión. Ha sido un placer poder compartir nuestras nobles intenciones con un humano de su talla. Esperamos que esta reunión haya sido el primer paso de un largo camino que podamos recorrer juntos. Y ahora vuelva a la normalidad de su vida y su mundo, y gracias, noble anfitrión, por haber sabido escucharnos.

 Saludos afectuosos del Ser Supremo de Kronn”

Y terminó.

Tebas no quería que aquel mensaje acabara nunca, pues gozaba con tan solo imaginar aquel planeta, de similares condiciones a la Tierra y aquellos seres que aseguraban venir de tan lejos y que se habían desintegrado delante de él demostrado dominar a la perfección el misterio del teletransporte.

Pero el mensaje acabó y Alejandro se quedó allí solo, en mitad de la explanada, con un telescopio y varias cámaras grabando el techo de… de pronto Tebas dio un brinco y corrió a comprobar la grabación de la GoPro, esperando, al menos, que el audio del mensaje se hubiera grabado con claridad.

Tal y como cabía esperar, la grabación se interrumpía en cierto punto y no se volvía a recuperar hasta el momento en el que Tebas dejó de oír la voz del Ser Supremo de Kronn.

Seguramente Alice Cooper enmudeció también a la vez que la pequeña cámara de video dejó de cumplir con sus funciones.

PARTE 4 – “PRIMER DÍA EN LA TIERRA”

Tebas salió de casa con las gafas de sol que camuflaban su reciente adquisición interplanetaria y se encontró de frente a su vecina Gladis, que llegaba cargada con las bolsas de la compra. Instintivamente, Alejandro cogió las compras de Gladis para echarle una mano a subir las escaleras mientras la saludaba, pero entonces una enorme lata de piña en conserva, un cartón de huevos y varias botellas de cristal se estrellaron contra el suelo después de que Tebas dejara caer la bolsa aterrorizado. El rostro de su vecina parecía hecho de cera, solo que la temperatura del ambiente debía ser entonces de al menos doscientos grados, porque a la señora Gladis se le derretía la carne de la cara y se le caían los dientes al hablar. Alejandro se horrorizó, aunque intentó que su vecina no se lo notara, y mientras la mujer se lamentaba por las compras perdidas, Tebas le prometió que en seguida le traería del supermercado todos aquellos productos que acababa de echar a perder en el rellano del edificio, aunque exigió a la anciana que se quedara en casa descansando mientras él volvía con aquellos recados.

La decrépita Doña Gladis aceptó el ofrecimiento y se encerró en casa a esperar hasta que Alejandro regresara con su compra, cosa que nunca ocurriría. Tebas por su parte, se encaminó al establecimiento para cumplir el trato que había hecho con la momia de su vecina, y de camino comprendió que así es como debía ser para el Ser Supremo desde Kronn la imagen del avanzado estado de cáncer que sufría la pobre Gladis.

Pero aquello no fue nada. Tan solo eran las nueve de la mañana y el festival de lo bizarro no había hecho más que comenzar.

Tebas salió a la calle con la intención de recuperar para su enferma vecina los enseres que en su confusión él mismo había destruido, pero aquella sería una cuestión que abandonaría su mente poco después de poner los pies fuera del marco de la puerta principal de su edificio. La ciudad parecía infestada de gente. La gente iba y venía, como pollos sin cabeza (y nunca mejor dicho) y parecía que de pronto se hubiese multiplicado por veinte el nivel de población de Cañaveral. Por si esto fuera poco, todo el barrio se encontraba envuelto por una espesa masa de humo gris, procedente en su mayor parte de los vehículos, aunque también se le veía salir a través de las ventanas de cocinas, baños y algunos negocios. Tebas interpretó que el Ser Superior de Kronn, haciendo uso de su cuerpo y compartiendo con él sus órganos visuales in situ, estaba recibiendo esas imágenes porque esa era la visión que los extraterrestres tenían de la Tierra. “Así es como nos ven aquellos gigantescos seres de otro mundo” reflexionó Tebas.

Alejandro avanzó unos metros obsesionado con el extraño  hedor del ambiente y los distintos elementos discordantes que iba captando al otear sin tiempo para analizar a fondo, tales como personas desnudas por la calle o gente con cabeza de animal (había desde chicos jóvenes con cara de serpiente hasta hombres maduros vestidos de ejecutivos cuyo rostro, según los Kronn, más se ajustaba al de un buitre). Lo más desconcertante era como el resto de la gente, los que conservaban sus cabezas humanas,  les hacían caso omiso o los trataban con normalidad, mientras que Tebas, armado ahora con una excelente visión interplanetaria, sí que podía distinguirlos. Era extraño que nadie más pudiera captar el antinatural detalle, pero también era algo íntimo. De forma exclusiva y fraternal, solamente Alejandro Tebas y el Ser Superior del planeta Kronn estaban recibiendo una visión de la Tierra en la que algunas personas tenían cabeza de animales salvajes, todos generalmente agresivos y peligrosos.

…entonces comenzó la noria de colores en la mente del locutor de radio. Primero fue como un reguero de sangre, una salpicadura roja que quedaba de forma arqueada en su natural pincelada imaginaria y que, a medida que el dolor se incrementaba (o al revés; nunca sabría si aquellos colores eran causa o consecuencia) giraban alrededor de un eje invisible haciendo que a Tebas todo le diera mil vueltas y sintiera ganas de vomitar…

No había tenido tiempo de asimilar la demencia de aquel nuevo mundo que se suponía el suyo cuando una señora que pasaba junto a él paseando a un perro se paró a permitir que una joven saludara de forma afectiva al animal. La muchacha, que acariciaba el hocico del perro, comenzó a besarlo en la boca mientras el pobre animal lamía la suya a la insensata. Luego, la chica comenzó a sobar la entrepierna del perro mientras la señora mayor esperaba pacientemente que acabara aquel aberrante espectáculo que no había hecho más que empezar. Alejandro no esperó en cambio, y a empujones entre la gente entró en la primera tienda que encontró justo al rodear la esquina con la intención de esconderse de las horrendas visiones que nuestro planeta ofrecía a la raza de los Kronn y ahora también a él.

Apenas pudo dar un paso dentro del establecimiento, una carnicería,  y ya pudo distinguir horrorizado como en el escaparate de la tienda había cabezas de perros, de gatos, unas manos humanas, varias ratas y las tripas de todos aquellos seres juntas en una esquina en una bandeja. Se giró y vomitó junto a la puerta, antes de salir corriendo a empujones y puñetazos en dirección a su casa para intentar ponerse a salvo de aquella horrible maldad.

Ya no quería seguir con aquello.

…una nueva pincelada, ésta ahora de color negro, apareció en su imaginación formando una especie de yin-yan con la ya citada mancha roja que agobiaba al hombre, en su mente, girando cuando el dolor de cabeza se intensificaba. Ahora era una especie de ataque brutal de migrañas acompañado del vertiginoso danzar de aquel par de figuras con forma de salpicadura en su mente.

Estaba volviéndose loco.

Se dirigió a su casa y de camino pudo oír en su cabeza la voz del Ser Superior de Kronn.

“Tu mundo sigue siendo el mismo, humano; solo estás experimentando su visión desde otro punto de vista. Pronto todo habrá pasado y conocerás, sin riesgo alguno, todos los detalles de la vida en el planeta Kronn, el cual podríamos llegar a compartir con el resto de tu raza. Tendrás todas las respuestas que durante tanto tiempo has deseado. Se fuerte. Pero no puedes encerrarte en casa; hemos hecho un trato y debes mostrarme tu mundo”.

Se lo pensó durante un buen rato haciendo un esfuerzo en vano por cerrar los ojos (parecía como si aquellos nuevos ojos no entendieran de párpados, y además el carrusel de pintura en su cabeza era constante hiciera lo que hiciera) y finalmente decidió que El Ser Supremo de Kronn tenía toda la razón; estaba a punto de pasar a la historia como un pionero espectador de la vida extraterrestre y como una pieza clave en la salvación de la humanidad, pero nadie dijo que fuera fácil. Además, él conocía una técnica que le permitiría cumplir con su parte del trato sin la necesidad de pasar por toda aquella tortura psíquica.

Entonces Alejandro dio media vuelta y se dirigió, entre náuseas y jaqueca, atravesando a empujones la bruma gris, a la Biblioteca municipal de Cañaveral.

PARTE 5 – “HISTORIA DE LAS CIVILIZACIONES”

 El camino entre los gases de la ciudad no fue corto ni fácil. A medida que Tebas avanzaba entre la inmensa turba en la que sin respeto se pisoteaban las unas a las otras horrendas criaturas con cabezas de fieras salvajes, los colores que giraban en la mente de Alejandro incrementaban su velocidad, haciendo que a veces el hombre incluso perdiera el equilibrio. Pero al fin llegó al edificio público y sintió que de algún modo acababa de ponerse a salvo de aquella locura.

Nada más lejos de la realidad.

Las personas que había dentro de la biblioteca, al menos la mayoría, conservaban las cabezas propias del planeta donde Alejandro se había criado, a excepción de un dóberman y una hiena que, sin causar ningún revuelo, practicaban la lectura tranquilamente usando sus cuerpos humanos.

Tebas, cuya reciente idea no era otra que la de dar respuesta a las dudas del Ser Supremo de Kronn a través de la lectura, oteó entre las estanterías buscando algún tomo que pudiera resultar interesante al líder de aquellos seres extraterrestres. Entonces el hombre divisó un ejemplar que le llamó la atención por lo singular de su título. El libro en cuestión se llamaba “Los trapos más sucios de Hitler”, y Tebas pensó que sin duda aquella lectura causaría una sensación más que desagradable a la par que una idea equivocada sobre los humanos al extraño ser, que con su consentimiento, estaría mirando ahora a través de sus nuevos ojos compartidos. Entonces se decantó por un manuscrito que encontró a pocos metros de “Los trapos más sucios de Hitler” y que se titulaba “Historia de las Civilizaciones”. Tebas abrió el libro por la primera página y en cuanto se concentró en las palabras que introducían el primer párrafo experimentó la sensación de Pura Sabiduría más grande de su vida. A toda prisa, sin haber leído del todo el primer párrafo entero (aunque tenía la sensación de haber leído ya ese libro antes; de conocerlo, de haberlo escrito él e incluso de haber vivido todo lo que en él se narraba)  pasó las hojas a toda velocidad, casi sin tiempo para pararse a leer el número de página de cada una de ellas, y en menos de tres minutos Tebas había devorado aquel libro. Se había informado de pronto, aunque ya tenía conceptos claros antes de leer el libro, de lo que podía entenderse por cultura, por pueblo y por civilización. De las distintas formaciones de hombres y mujeres que habitaron la Tierra desde la Edad Antigua, pasando por la Edad Media, la Edad Moderna y la Era Contemporánea. Había grandes desastres de por medio, casi universales, y grandes descubrimientos que hacían del hombre una especie sabia y trabajadora. Aquella sensación fue tan inmensa para Alejandro, que no tuvo miedo de agarrar libros y devorarlos en un afán de aprovechar su nuevo don. Entonces decidió que se atrevería con el ya citado “Los trapos más sucios de Hitler”, pensando que todo lo que el Fürher pudiera empañar sobre la especie humana a juicio de aquel lejano explorador que era el Ser Superior de Kronn, podría equilibrarlo él en pocos segundos gracias a su nueva capacidad de lectura ultra-rápida y a la biografía de grandes genios como Einstein o Stephen Hawkings.

Tebas puso las manos sobre la portada y volvió a sentir de nuevo, aunque la primera vez casi no le prestara atención, un escalofrío que recorrió su espalda en un instante y que el hombre asoció a la sugestión provocada por sus propios conocimientos sobre las barbaridades del holocausto. Abrió la primera página y pasó las hojas a la velocidad que había practicado antes.

Antes de llegar a la mitad del libro, apenas treinta segundos después de recuperarlo de las estantería y aun con el repelús en la espalda provocado por la simple impresión de la portada, Tebas lanzó al suelo el tomo maldiciendo entre lágrimas, y huyó del espanto que le provocaban aquellas historias y aquella nueva visión. No sólo es que absorbiera la información a la velocidad del rayo; es que, en parte, Tebas había vivido ahora aquellas torturas, aquellas vejaciones y las horribles muertes injustificadas que millones de personas sufrieron en aquellos tiempos. Bebés que lloraban antes de que un militar les aplastara la cabeza de un pisotón con una sucia bota de acero. Antes de que el mismo Tebas les pateara con sus botas militares. Una muchacha a la que humillaban torturándola y matándola después de desnudarla y atarla a un poste en el que los perros de los soldados orinan continuamente. Tebas reía y por dentro lloraba mientras los sabuesos olisqueaban a la chica, que se había orinado encima. Otra mujer era violada hasta la muerte y luego violada después de la muerte; su hijo lo veía todo escondido desde el armario; Tebas lo veía todo escondido desde el armario. Entonces le descubrían y le disparaban en las dos rodillas.

…en su mente hubo una explosión roja y negra, y todo quedó salpicado de pronto de adrenalina…

Alejandro huía a toda carrera pisoteando a la gente y arrastrando tras de sí, una estela de demencia y de dolor insoportable. Lloraba a lágrima viva y la gente, en su mundo, se apartaba o se levantaba del suelo (aquellos que al suelo caían) intentando comprender qué mal podía afligir a aquel tipo para llorar y correr de esa manera tan ciega y desconsolada.

Vencido y sin saber dónde acudir, sintiendo bombear la sangre en su sien y flotando en una burbuja formada, sin duda, por la presión del mareo, las alucinaciones y la horrible migraña, Tebas divisó la figura de una catedral, concretamente la de San Huberto de Lieja, mientras, dentro de su cabeza, en sus peores recuerdos recientes, un hombre veía morir a su hijo a causa de su propio disparo intencionado. Luego el señor, que era judío, se quitaba la vida junto al cadáver de su hijo.

Después de vivir la sensación de disparar a su propio hijo, Tebas entró sin pensarlo a buscar el perdón y la ayuda de su antiguo y olvidado Dios.

PARTE 6 – “LA ÚLTIMA TENTACIÓN”

Cuando el hombre entró a la Iglesia no vio a nadie, sólo una figura de madera crucificada al fondo del salón de actos vacío. Por algún motivo, eso es lo que Tebas vio y así lo explicaría si tuviera que usar las primeras palabras que le vinieran a la cabeza en el momento de entrar a la parroquia; una cruz y un muñeco de madera al fondo de un salón de actos vacío.

Entonces, una señora de mediana edad de aspecto amable a pesar de su rostro de alimaña salió silenciosa de uno de los dos confesionarios perfectamente camuflados a la derecha de aquel receptáculo. Aquellos confesionarios estaban como escondidos del resto del templo. Era como si se apartaran de la vista de los posibles feligreses por si, en algún caso, las historias narradas en su interior acababan resultando contagiosas. Quién sabe si no lo eran.

Tebas no esperó un segundo y se adentró en la íntima y oscura cabina hecha también de madera, deseoso de una llevar a cabo una confesión que le pusiera a bien con su particular “Ser Superior” y que pudiera ayudarle a sobrellevar aquel calvario.

– Ave María Purísima – dijo Tebas, únicamente porque en televisión es lo que solían decir las personas que iban a confesarse. La sensación que le dio agarrar un crucifijo de madera de unos quince centímetro que había situado junto a la cortinilla del confesionario no hizo más que aumentar sus náuseas y su migraña. A juzgar por el dolor aquello ya no eran migrañas; debía andar cerca ya de Tumor Cerebral.

– Sin pecado concebida – respondió apenas un leve susurro desde el otro lado de la cortinilla grisácea.

– ¡Padre, quiero confesarme de mis pecados y pedir perdón por mi osadía! – dijo difícilmente Tebas, a quien las lágrimas casi no dejaban hablar. Un hilillo de sangre comenzó a resbalar por su codo debido a la fuerza con la que apretaba la cruz de madera – ¡he sido tan pretencioso como para querer descubrir la obra de Dios más allá de donde él nos ha permitido, Padre!

– Espera un segundo hijo, y tranquilízate un poco, ¿quieres? – respondió el sacerdote.

Al otro lado de la cortinilla que separaba a Tebas del Siervo de Dios se producían extraños sonidos que tenían desconcertado al hombre con la visión de los Kronn, de modo que, retirando la pieza de tela, Alejandro se asomó a ver el rostro del supuesto sacerdote que estaba escuchando sus más íntimas miserias.

El párroco, con la cabeza de un jabalí y unas garras cargadas de anillos de oro y de gemas de colores vivos, se levantaba los hábitos mientras un pequeño, de no más de ocho años y con una expresión en su rostro parecida a la de los pacientes de una lobotomía, salía de debajo de la sotana dejando entrever de fondo las desnudas piernas peludas del maldito engendro.

Entonces Tebas estalló:

-¡¡¡¡ASÍ QUE QUERÉIS VER MI MUNDO, ¿VERDAD?!!!!- gritó fuera de sí -¡¡¡¡¡¡¿QUERÉIS VER MI MUNDO?!!!!!

PARTE 7 – “MEDIDAS DESESPERADAS”

El sheriff H. P. Davidson aparcó su Bentley en la puerta de la capilla de San Huberto de Lieja y se apresuró al interior con el revolver en la mano mostrando una agilidad difícil de creer en alguien de su edad.

Al pasar al interior de la iglesia, Davidson divisó un pequeño río de sangre que llegaba desde uno de los confesionarios, a la derecha del santuario, lugar desde el que se podían oír los gritos de aquel demente. El Padre Morris le recibió en la puerta.

– Lleva todo el rato ahí, Sheriff. No se cómo no se ha desmayado aun… – dijo el sacerdote mientras abrazaba a un afligido monaguillo apartándole de la terrible escena.

– Déjeme a mí, Padre. Ha hecho bien en llamarme. – respondió el Sheriff.

Davidson tiró del biombo que hacía las veces de puerta para el confesionario y se quedó boquiabierto ante la visión que tenía delante.

El habitáculo por completo era una auténtica carnicería. Había sangre por todas partes. El hombre, de mediana edad, estaba arrodillado dentro del confesionario con la postura de un feligrés poniéndose a bien con Dios, pero él utilizaba el crucifijo que tenía entre las manos para clavárselo una y otra vez en el desastre carmesí en el que se habían convertido las vacías cuencas de sus ojos. En el suelo, junto al perturbado, podían verse los escasos restos gelatinosos de lo que otrora hubieran sido los ojos de aquel pobre tipo.

Sin parar de clavarse continuamente aquel pedazo de madera en su propio rostro hasta que el Sheriff Davidson pudo reducirlo, el desequilibrado repetía sin parar:

-¡¡¡NO CON MIS OJOS!!! ¡¡¡NO CON MIS OJOS!!!¡¡¡NO CON MIS OJOS!!!  

EL INFORME DAVIDSON

Mi nombre es Helen Davidson y soy la fiscal del distrito de Southsmith, Cabbeytown. Como fiscal del distrito y amante de la literatura, dedico mi tiempo libre a recopilar en un cuaderno los casos más insólitos a los que me enfrento a diario, cuyos protagonistas son personas inmundas capaces de llevar a cabo actos tan miserables que no pueden ser concebidos por la mayoría de las mentes racionales. Debido a mi profesión me enfrento a veces a personas que son, por decirlo de algún modo, superdotados de lo maquiavélico; verdaderos genios de la maldad. La finalidad de mi proyecto no es otra que la de reunir, si me fuera posible, un número de casos aceptable como para poder publicar un libro. Que no os traicione la infravalorada virtud del prejuicio, pues no es en ningún caso mi intención lucrarme con las tristes miserias de esta serie de depravados; lo hago porque me apasiona, como ya expliqué, el mundo de las letras, y porque he llegado a la conclusión, pasados muchos años como fiscal, de que todas las personas merecen saber qué clase de animales sin conciencia comparten con ellos su mundo.

Pero este relato no versa sobre ninguna de las historias que con suerte acabarán recopiladas en mi ensayo. Este escueto manuscrito, que me encargaré en persona de guardar como oro en paño y cuya existencia y ubicación yo misma pondré en conocimiento de dos personas de mi entera confianza, recoge el testimonio directo de un familiar, también con cargo público y del lado de la justicia, conocido y respetado por todo Cabbeytown años atrás.

Mi tía, Marie Davidson Dornell, vive sola en una casa bastante decente en el distrito de Northsmith, en Jason Street. A pesar de que se supo imponer a la viudez de primera hora, en mi familia es costumbre visitarla al menos tres veces al mes, pues la alegría que refleja su marchito rostro cuando ve llegar a los niños se contagia al resto de la familia de forma incontrolable. Para nosotros es toda una suerte poder visitar aun a la tía Marie.

La cuestión es, que en nuestra última visita, buscando fotos viejas entre un montón de recuerdos gastados del tío Herbert, descubrí un documento que me heló la sangre y que fui incapaz de mantener en secreto.

Sin que nadie sospechara absolutamente nada, le pregunté a la tía Marie por la veracidad de aquel texto, pensando que se trataba de una broma de mal gusto escrita de puño y letra por mi tío, Herbert Davidson. Ella me aseguró que, aunque no fuera testigo directo de lo que en aquel viejo papel se narraba, nunca dudó de esos hechos, así como tampoco puso nunca en duda ni la sinceridad ni la cordura de mi tío, su difunto esposo.

La sincera expresión de Fe de mi tía Marie en el contenido de aquel documento provocó que su capacidad de aterrarme se multiplicara por un eterno infinito, de modo que adjunto a este texto el manuscrito en cuestión (debidamente duplicado y guardado bajo llave), con la intención de que, por expreso deseo de mi tío, el completo grueso de la raza humana sepa con qué clase de seres está compartiendo el universo, aunque su publicación deba demorarse en lustros a la espera de una madurez social mínima y aceptable.

Rogaría a los posibles lectores que por favor respeten la memoria y el testimonio de mi difunto tío, el Sheriff H. P. Davidson, del pueblo de Cabbeytown.

Este es el informe policial completo, escrito por mi tío, que encontré rebuscando entre sus cosas:

AGENTE: Herbert P. Davidson

Nº REFERENCIA: CBT251013080216

DILIGENCIAS PREVIAS: Sin diligencias previas

FECHA: 12 Septiembre 1959

ANTECEDENTES: Denuncia ciudadana describe a un sujeto que porta la cabeza degollada de otra persona y que accede a su domicilio a través de la ventana del segundo piso, a la cual llega (cito textualmente) “volando”.

DESARROLLO DE LOS HECHOS:  A las 6:30 de la madrugada del Viernes 12 de Septiembre del año 1959, se presentó en comisaría a declarar en calidad de testigo Don. WBVD.

El testigo se encontraba en evidente estado de shock y con síntomas de haber consumido algún tipo de sustancia estupefaciente, y aunque afirmaba estar en plena posesión de sus facultades mentales, insistía en la veracidad, según su testimonio, de todo lo puesto en antecedente, sucediendo los hechos, al parecer, en el número 12 de la avenida Jean De Mónica a las 05:50 de la madrugada aproximadamente. Como uno más de los oficiales de turno en comisaría, recogí la denuncia del ciudadano en cuestión (cuyos datos completos aporto en el dossier que se adjunta con este informe), y al entregarlos al Sheriff A. Mustang, éste me ordenó que se trasladase al testigo de inmediato a una unidad de asistencia sanitaria con el fin de estabilizar su visible ansiedad y que junto a mi compañero, me personara en el lugar indicado lo antes posible para confirmar que todo estuviera en correcto orden.

Llegamos al domicilio denunciado en un tiempo aproximado de unos diez minutos y vimos como en la puerta ya estaban dos de nuestros compañeros, concretamente los oficiales Jane K. Ripper  y Andrew Lee Henderson, pues la denuncia se había emitido por la radiofrecuencia a las unidades cercanas al lugar. Los compañeros insistieron pero nadie respondía a nuestras continuas llamadas a la puerta. Parecía un lugar vacío, aunque desde el primer momento, a mi compañero, el oficial Bullman, y a mí, nos hizo sospechar que algo no iba bien. Entonces, la agente Ripper avisó de que íbamos a entrar por la fuerza si no salían del domicilio, y a continuación echó la puerta abajo con un par de patadas, activando un mecanismo oculto que le atravesó la cara  con una saeta  lanzada  desde el otro lado en el momento en que  la puerta cedió.  Entonces pedimos desesperadamente refuerzos y una ambulancia (en vano) para la oficial Ripper. El agente Henderson entró en estado de pánico y desenfundando su arma reglamentaria se adentró sin previo aviso y de forma temeraria en el domicilio denunciado. Bullman y yo, aun incumpliendo la normativa en cuanto al riesgo de trampas, intentamos salvaguardar la vida de nuestro compañero y pusimos todos nuestros sentidos en intentar sacarlo de allí lo antes posible sin activar ningún otro mecanismo. En la primera planta reinaba un silencio sepulcral. Cuando comenzábamos a subir la escalera en dirección al segundo piso se escuchó un grito terrible emitido sin duda por Henderson, y entonces corrimos a buscarle temiéndonos lo peor. Pero nuestro compañero todavía se encontraba ileso. Fue el horror de descubrir en una de las habitaciones totalmente sellada una colección de restos podridos de distintos cadáveres lo que hizo al oficial de policía perder definitivamente los estribos y acuclillarse en una esquina gritando con frenesí.

Solo entonces asocié nuestra crítica situación y la extravagante denuncia del alterado vecino en comisaría con el caso de Bladimir, el Vampiro de Cañaveral. De pronto todo me cuadraba, de modo que si estaba en lo cierto, nos hallábamos en el dormitorio del buscado asesino en serie que, además de haber acabado con la vida de seis jóvenes en menos de un año, milita en la lista de “Los más

buscados” por la peligrosidad que representan su fiel convicción de entrañar un ser diabólico dentro de sí y su indomable canibalismo.

Supongo que fue dicha idea repentina la que me hizo actuar sin dudar, levantando de golpe el ensangrentado colchón de aquel cuarto de las torturas, ya que mi intuición me sugería que escondía algo debajo. Al quitarlo, quedó al descubierto, bajo un falso somier, un ataúd de madera al parecer lleno de tierra. Intenté abrir la tapa pero fue imposible; estaba sellada a conciencia.

Entonces, Henderson se levantó del rincón en el que se escondía asustado y ejecutó varios disparos sobre la caja de difuntos ya mencionada.

La madera de la tapa del ataúd saltó en miles de astillas al recibir los balazos de Henderson, e instantes después, era él, enloquecido y poseso, el que se encontraba con el rostro hecho añicos; la tapa de madera había saltado de pronto y se había estampado de lleno contra el agente Henderson, golpeándole la cara con tal violencia que lo hizo chocar contra la pared y quedarse allí “pegado”; ya fallecido, pero “levitando”, durante todo el tiempo que el supuesto asesino estuvo “presente” en el lugar de los hechos.

Lo que quedó visible tras saltar la tapa de madera que mató a Henderson fue una figura aparentemente humana, pero con más aspecto de animal salvaje que de hombre civilizado. El  tipo, totalmente calvo  y pálido como un cadáver, estaba aparentemente dormitando dentro del ataúd, con los ojos abiertos y en blanco, y rodeado de tierra por todas partes. Apestaba. Intenté moverme rápidamente y el presunto caníbal se levantó de repente con una habilidad que casi sobrepasa los límites de lo posible.

Tuve la sensación que se levantó volando.

Entonces, confuso por aquel contratiempo, pero consciente de la fuerza que otorgaba a favor de mis intenciones su ciega fe de hombre demente, ordené a mi compañero, situado junto a la persiana de aquel aposento de los horrores, que la abriera a toda prisa y que rompiera los cristales. Bullman, aunque no captó mi idea de primera hora, actuó con la celeridad del mejor adiestrado hombre de acción, y en cuanto la luz del sol se posó sobre la piel del grotesco criminal, éste se hizo un ovillo contra la madera sucia del ataúd, fingiendo retorcerse de dolor y dando alaridos como si lo estuviesen torturando. Parecía que mi plan había funcionado.

Pero justo mientras Bullman se abalanzaba sobre el psicópata con la intención de esposarle fue cuando me percaté de que Henderson aun flotaba inerte en el aire literalmente estampado contra la pared.

En ese momento oí el grito de mi compañero, que soltó de pronto a aquel engendro que ardía de forma espontánea, y el repentino hedor a concentrado de azufre apareció, inundando hasta el último rincón de aquella casa; tan intenso y tan devastador, que ambos nos pusimos a vomitar a la vez. Mientras vomitábamos, tanto Bullman como yo pudimos observar como el tipo se desvanecía.

Literalmente.

Ropa, huesos, carne, órganos… nada quedó de aquel supuesto demente que se hacía pasar por vampiro. Ni siquiera se convirtió en polvo, como cabía esperar.

Ningún resto. Nada orgánico. Nada inorgánico. Nada real.

Absolutamente nada.

Solo el olor a azufre.

(TEXTO ADJUNTADO POR MI TÍO HERBERT AL INFORME OFICIAL)

Ahora me gustaría aclarar algo de cara a este informe oficial:

Lo primero es que, lo que pasó me hizo plantearme la pregunta “¿y cómo escribo yo esto en un informe oficial?” Pues bien, después de tres días sin dormir, de ir asustado al trabajo y de comentarlo con mi mejor consejera, que es Marie, he decidido que la mejor forma de hacerlo es contando las cosas tal y como sucedieron, a pesar de las más que probables consecuencias.

Lo segundo que quiero aclarar, pase lo que pase, es que mi compañero, el agente Cedric Bullman, me alentó en todo momento a olvidar lo sucedido, alegando argumentos como mi inminente despido si me atrevía a hacer público este informe, la opción de mentir a los solicitados refuerzos e incluso tirando de frases hechas del tipo “Aquí las cosas las hacemos de otra manera” o “Es por tu bien, hijo. Algún día me lo agradecerás.”

EN CASO DE QUE MIS SUPERIORES LEAN FINALMENTE ESTE INFORME

Solo quiero decirles que para mí es, y ha sido siempre un orgullo poder servir a los Estados Unidos de América. No espero que confíen en mi palabra, pero la lealtad a la verdad y a mis compañeros caídos me impide redactar un informe oficial sobre este caso distinto al que he escrito.

Y SI FINALMENTE DECIDO NO ENTREGAR JAMÁS ESTE INFORME A LA POLICÍA…

Lo guardaré y haré que Marie tenga una copia guardada también, que llegado el momento, si el mundo está preparado, haremos llegar a la familia de los oficiales Henderson y Ripper.

Que la humanidad, mi familia y mis compañeros sepan perdonarme.

Y que Dios nos ampare.

Herbert P. Davidson.

(SOBRE ESTE RECOPILATORIO, “FÁBULAS MACABRAS”)

Esto ha sido Fábulas Macabras; un recopilatorio de sueños y pesadillas que en un principio pensé en llamar “Cuentos de Cabbeytown” (por motivos más que evidentes) y que fui escribiendo entre 2014 y 2016 en mis ratos libres. Espero que os haya gustado, y ahora, con vuestro permiso, me gustaría aclarar algunos detalles sobre varios de los cuentos que forman el libro:

CINEMASCOPE55  – Se lo quiero dedicar a Rafael González (el Rafita), mi amigo y hermano, mi tatuador personal y una de las personas más cinéfilas que he tenido la gran suerte de conocer.

COMO PEZ EN EL AGUA – Esta historia habla de mi niñez. Habla de crecer en Málaga, de playa en playa cada fin de semana durante el verano, explorando desde Nerja hasta “La Carihuela”, con especial énfasis en “La Araña”, buceando casi sin equipo desde crío y cogiendo pulpos, cangrejos e incluso medusas. A mi hermana Susana, a mi primo Alejandro Díaz, a Vanesa, Óscar y Rafael (el Faliki) Barragán, a Rubén Sánchez Ternero (el Pirulo), a Vicente y Leticia Ternero Pérez, a Manolo, Fran, Alberto y Mario (los hermanos Pavón), a Belén, Mario y David Aranda Corpas, y a nuestros padres y familiares, por supuesto, que se levantaban temprano para preparar la nevera sin que faltara un detalle y nos inculcaron desde pequeños el amor por nuestras playas; a ellos les debo la inspiración para escribir esta historia, porque hay cosas que te marcan para toda la vida.

Único relato con un “intencionado” final abierto.

VÍAS MUERTAS – Vías Muertas es una historia hecha a partir de la letra de una canción (“El Tren”, del grupo español de Rock “Leño”), por tanto estoy más que obligado a dar las gracias a Rosendo Mercado por dejarme hecho el trabajo para que mi imaginación sólo tuviese que moldear. Y por todo lo demás, claro está., Así que lo dicho; AGRADECIDO, maestro.

LOBO ALFA – Lobo Alfa es un intento de llevar la serie B al relato corto; mi intención era que el terror os trasladase a través de la historia pero que a su vez llegaseis al desenlace con al menos media sonrisa marcada en el rostro. ¿Lo habré conseguido…? Viva la Serie-B.

RAÍCES ESCARLATA – Esta historia es la más “plagiada” de todas las que he reunido aquí. La cuestión es que casi toda la escena al completo es exactamente idéntica a un cómic de Batman que leí de pequeño y que jamás he vuelto a encontrar. Lógicamente, no recuerdo los detalles de aquel cómic, de ahí que me haya permitido el lujo de elaborar una historia propia usando la parte de la trama que aún soy capar de recordar de aquella historieta. Sólo aclarar que la grandeza de este cuento no está ni mucho menos en las palabras que yo haya podido usar para escribirlo, sino en la genial idea que alguien utilizó hace ya muchos años para guionizar aquel cómic que tanto me llegó a marcar.

Si alguien sabe a qué historia de Batman me refiero agradecería infinitamente cualquier información al respecto (pancho@fancineweb.com).

PUNTOS DE VISTA – Este relato está dedicado a Javier Rodríguez (el Papino), amigo y guitarrista, valiente y amante de lo extraño, y a Alejandro García Mesa (no me preguntes por qué, Ale, pero desde el minuto uno fuiste para mí el protagonista de esta historia; de ahí el nombre del personaje).

EL INFORME DAVIDSON – Este relato está dedicado a mi pequeño club privado de juegos de Rol, compuesto por Iraultza Segura (el Ira), Ardiel Blanchard (el largo), Pablo Gómez (el Moco), Israel Gordillo (Birrael), Antonio Castro, Francisco Antonio Fernández (el Fransley) y el resto de agregados ocasionales… (os dedico esta escenita por fascículos de una partida de Vampiro, La Mascarada). Vosotros también me inspiráis.

 

A MIS HIJOS, JAVIER Y ADRIÁN

Dicen que antes de morir, todos deberíamos escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Vosotros sois la prueba de que una de esas cosas la hice sobradamente bien, y además por duplicado; este libro, la prueba de que lo demás no resultó tan fácil.

Ya deberíais saber que yo elegí escribir relatos, elegí la música, los libros, los cómics… y deberíais saber que VOSOTROS PODÉIS ELEGIR también, así que encontrad eso que os apasione y dedicadle vuestro tiempo para enriqueceros. Y no lo hagáis para gustarle a nadie; hacedlo por diversión, por amor o por vocación, que sabe mejor.

Yo siempre voy a apoyaros y vuestra pasión pasará a ser también la mía.

Os amo con toda mi alma, hijos.

A MI MUJER, ROCÍO CRESPILLO

Espero que te guste el libro, cariño. Gracias por aguantar “la parte chunga” de todo esto, por ser tan buena madre y por quererme como me quieres.

No hay día en que no piense en la suerte que tengo de tenerte a mi lado.

Te amo, mi vida; muchas gracias por todo.

 

 

Málaga, 30 de Abril de 2016.

 

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