LA MARCA DE NORAH – Pancho L. Guerrero

“La marca de Norah” es una historia de Pancho L. Guerrero incluida en FÁBULAS macabras.

Aquí podéis leer y descargar la historia completa.

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(RELATO INCLUIDO EN FÁBULAS macabras) – Pancho L. Guerrero

LA MARCA DE NORAH

1

El sol brillaba. La tarde era fresca y el olor del aire transmitía paz. Hacía un día espléndido y El Viejo estaba sentado al pie de una palmera, sobre el césped, con su carrito de la compra que hacía las veces de armario, de despensa, de maletero del coche, de librería e incluso de carrito de la compra. El carro del Viejo era su hogar, pues no tenía más posesiones que las mantas, latas de conservas, bolsas de plástico, paquetes de tabaco y botellas de cerveza que portaba en él. Y los libros. Los encontraba o se los regalaban, y eran su bien más preciado. El Viejo no tenía casa. Vivía en la calle, dormía en el rellano de uno de los edificios siempre con el permiso de sus habitantes y comía de lo que los vecinos amablemente le regalaban. Era un “sin techo”, pero su personalidad amable y culta y el respeto que mostró siempre por sus vecinos hicieron que llegara a ser alguien muy querido entre las gentes de la barriada. Todos en Raymond Street apreciaban y respetaban al Viejo. Aquellos cuatro chicos junto al columpio, sin ir más lejos, se habían criado bajo su atenta tutela, pues del total de horas de vida que sumaban entre los cuatro, la mayoría de ellas las habían pasado en la calle, el hogar sin muros de aquel desahuciado que siempre los vigiló desde el más estricto sentido de la responsabilidad adulta. Conocía a sus padres, y sabía el nombre de cada uno de ellos. Los dos que eran hermanos, el espigado y el gordito pequeño, eran los hijos del policía; muy buenas gentes. El otro chico que recogía piedrecitas del suelo y se hacía collares con ellas  era el hijo del músico, al cual sus padres habían dejado solo en casa mientras estaban de vacaciones en Europa. Era un chaval muy maduro, así que podían estar tranquilos. Ese fue quien le regaló el ejemplar de Moby Dick que El Viejo tantas veces había releído (era el favorito de su colección). Y el otro chico era mexicano y tampoco era de Raymond Street. Sólo había que fijarse en la cara de uno para saber si era o no de Raymond Street, y aquel chico no era de allí. En cualquier caso era como el Viejo, siempre andaba por allí con sus amigos, y a base de ser buen chaval se había ganado un hueco entre la gente del barrio. Esos chicos eran algunos de sus vecinos de toda la vida, pero él era sólo un invitado allí, y para El Viejo aquellos niños siempre fueron simple y llanamente “los críos”. Los agentes de policía que solían patrullar en Raymond Street conocían perfectamente al Viejo. Nunca le pidieron la documentación ni sospecharon de él en ningún sentido. También le apreciaban, invitándole a veces a un café o una cerveza y regalándole bolsas llenas de picadas de tabaco de contrabando incautado. Siempre velaban por la seguridad del barrio (pues no sólo por buenas personas estaba habitado) y también se aseguraban de que él pudiera seguir durmiendo en el rellano de alguno de los edificios donde vivían aquellas gentes y dónde el frío no podría quebrar sus huesos con tanta facilidad. El Viejo daba gracias por eso. Daba gracias por Raymond Street y su hospitalidad.

2

Valiente hijo de puta. No aguantaba más a ese hijo de puta. Era un borracho de mierda y además un asesino.

Porque ella estaba segura de que era Tony el que se había cargado a la mocosa. Clarisse no había tenido hijos, y le importaba una mierda aquel asunto, pero no pensaba cargar sola con el muerto. En este caso con la muerta, con la niña muerta (el símil le pareció divertidísimo). Lo único que quería era colocarse. Nunca pidió vivir allí y ni siquiera quería su puta comida; joder, sólo se dejaba follar a cambio de “caballo”, y sí, a veces incluso se corría con ese cabrón, pero estaba harta de sus locuras, de sus palizas y de la puta niña. Ya había pensado en dejarlo tirado más de una vez; sólo le importaba su maldito dinero. Hay que reconocer que el muy gilipollas tenía dos cojones bien puestos; había dado un palo de veinte mil dólares en un negocio de tragaperras, pero se lo gastaba todo en coca y apenas le traía heroína para pincharse, que es lo que ella quería. Por el amor de Dios, no sabía por qué no se había largado ya.

Pero no; las cosas tenían que complicarse mucho más.

Tuvo la oportunidad de irse varias veces en las que se encontraba serena, y al final terminaba quedándose, o bien porque él aparecía con una bolsita de “caballo” acabando con su serenidad, o bien porque él aparecía de coca hasta el culo  y después de violarla le daba una paliza. A veces acababa tan lisiada como para no poder moverse en varios días. A Tony la niñata mierdosa también le daba igual, y por eso también recibía a veces. Esos días, Clarisse intentaba estar atenta, y juraría que a la cría nunca le pegaba tanto como a ella. Incluso borracho, y aunque solo fuera para pegarle, el muy hijo de puta siempre trataba mejor a la niña.

Encima, por culpa de la mocosa de mierda, Clarisse había perdido cinco gramos de heroína pura y ahora podía ser acusada de asesinato involuntario, o como cojones se dijera, si se llegaba a demostrar que la maldita cría se había tragado la bola de droga y que por eso la había palmado. El cabrón de Tony dijo que no pasaba nada, que no iban a llamar a nadie; que enterrarían de forma discreta a la cría y que lo harían ellos mismos en algún sitio seguro. Ni siquiera derramó una puta lágrima, por eso Clarisse supo que el muy cabrón se la estaba jugando; porque no le importaba una mierda su propia hija y todo parecía planeado por Tony para que ella acabara matándola sin darse cuenta. ¿Cómo podía saber que el “jaco” no lo había puesto él mismo allí en la cocina? De hecho ella no recordaba haberlo sacado de su dormitorio, pues ni ella misma había salido del cuarto en dos días. Y luego estaba lo del boquete. Sabía que tenía que haber ido con él a enterrarla, pero estaba hasta las cejas y ni siquiera recordaba que él se hubiera llevado el cuerpo de la casa. En ese momento le pareció mejor así, pero, por Dios Bendito; ¡¿Un lugar discreto?! ¡¿Es que acaso podía haber sitio más descarado y transitado?! Ahora, le iba a tocar a ella ir a cambiarla de lugar antes de que nadie la encontrara y las cosas se complicaran aún más, y eso si el muy cabronazo no intentaba alguna jugarreta para culparla y hacer que se comiera ella sola aquella condena; pero de eso nada.

El muy hijo de puta. Hoy no pensaba chuparle la polla. Pedazo de cabrón borracho.

Tony llegó tambaleándose y con los ojos desorbitados e inyectados en sangre. Clarisse estaba de espaldas a él, fingiendo ver la televisión sentada en un sillón. Él se le acercó por detrás y alargó las manos hacia el cuello de ella.

-Uhmmm… ¿estás calentita, nena?- Le pregunto al oído. Apestaba. Era una mezcla vomitiva de olor a orín, a sudor, a alcohol, a tabaco, a cocaína, a sexo y a aceite de motor. Ella, que aún no sabía que estaba a punto de vaciar los bolsillos de su blusa, le preguntó algo que resultaría determinante.

-¿Me has traído algo, Tony?- Dijo.

-No había. – Respondió el hombre. – No estaban ni “el Mexicano” ni “el Calvo”. Pero ahora yo te invito a una rayita de coca y así nos entonamos un poco, ¿no?- Le ofreció él.

Cabronazo de mierda. Era asqueroso. Le estaba apretando las tetas como si se las quisiera arrancar y encima no traía ni para un puto chute. La culpaba a ella de la muerte de su hija. Sí, era eso. La culpaba a ella y por eso no le traía más “caballo”. Además, ese cabronazo sabía que a Clarisse la coca no le sentaba bien, pero era lo que le gustaba a él, y por eso no había ido a buscar ni al Calvo ni al Mexicano, a ninguno de los dos camellos de heroína. No le importaba que ella llevara dos días con el mono y encima el borracho hijo de puta olía a coño. Clarisse decidió que la coca estaría bien, pero que primero tendría que acabar con un asunto.

Sacó del bolsillo de la blusa unas tijeras de cocina, y aprovechando que Tony estaba de pie detrás del sillón en el que ella estaba sentada, y que ahora el desgraciado le lamía el cuello, drogado y distraído, le clavó la punta de las tijeras una y otra vez en la yugular. Las sacaba y sin pararse a pensar las volvía a clavar con violencia. Así estuvo asestándole puñaladas hasta que se dio cuenta de que el hijo de puta llevaba ya un buen rato muerto en el suelo. El cadáver de Tony acabó tirado detrás del sillón donde Clarisse seguía fingiendo ver la televisión, con el rostro salpicado de sangre por completo. Ella se levantó y le rebuscó entre los bolsillos. Después de meterse una raya de coca manchada de sangre, usó la llave de la caja fuerte de Tony y guardó en una bolsa de plástico toda la pasta y la droga que el muy cerdo tenía escondida por si alguna vez registraban la casa. Había más de veinte gramos de heroína y otros tantos de coca, además de unos diez mil en billetes de cien dólares. Ahora le tocaba ocuparse de los dos fiambres, pero al menos tenía todo lo necesario para quitarse de en medio y cambiar de vida: tenía el dinero, el “caballo”, la coca, y encima no tendría que soportar nunca más ni al padre ni a la hija.

Ya no tendría que volver a chupársela.

3

Antes de que se marcharan ya estaba empezando a asustarse, pero desde que sus padres se fueran de vacaciones a Grecia, apenas doce días antes, la vida estaba resultando una pesadilla para Andy Isaac. No se lo había contado a nadie, pero en las últimas semanas estaba volviéndose loco. Oía extrañas voces que le llamaban por su nombre, veía misteriosas sombras acechando, soñaba cosas horribles sobre espíritus y asesinatos, y aunque pueda parecer que se trataba de la simple etapa adolescente de lo que luego sería un amante en potencia del cine de terror y la serie B, aquellas paranoias estaban lejos de optar a gustarle a Andy en el futuro, pues no eran para nada alucinaciones ni visiones de joven drogadicto y experimentador. Andy no se había drogado nunca y no pensaba hacerlo en la vida. Era un chico que se consideraba a sí mismo responsable (todo lo que puede ser un chico a los quince años) y buen estudiante. Por eso y desde la lógica y la disciplina que había ido heredando de sus incontables horas de estudio, sabía que cuando el pelo se te eriza, sientes un frío horrible en la nuca, los colores casi desaparecen en tu visión, volviéndose todo momentáneamente blanco y negro, y la ropa del tendedero de pronto cuelga del cordel hacia arriba, desafiando en ciento ochenta grados tridimensionales la inquebrantable ley de la gravedad,  y todo eso sin psicotrópico alguno que lo motive, es porque a) Algo se ha estropeado ahí arriba, en la cabeza, y habrá que echar un vistazo para ver si tiene arreglo, b) Estás siendo víctima del acoso de un fantasma, poltergeist o espectro o c) Estás de la chaveta; ve al loquero. Sin pasar por la casilla de salida y sin cobrar los doscientos dólares.

Por suerte, una de aquellas oscuras tardes recibió la llamada de los chicos para ver la nueva película de Tarantino en el Cinemascope 55, y de forma natural, sin más coacción que la propia angustia de cada uno, empezaron a preguntarse unos a otros de forma tímida y asustadiza de camino al multicine:

-Oye… ¿vosotros dormís bien últimamente? Es que yo tengo unos sueños horribles y apenas puedo pegar ojo. Los días no son mucho mejores, supongo que por el cansancio… – Estaba diciendo Rick, el mayor de los McCloud, hasta que le interrumpió su hermano Charlie.

– ¡Yo también la siento!, ¡yo también la siento…! – Exclamó entusiasmado el pequeño.

-¡¿Es una niña?! Lo que veis, lo que oís: ¡¿es una niña?! – Preguntó Andy. Estaba muy alterado y a punto de un infarto. Llevaba dos semanas deseando no estar sólo en esa isla de misterio en la que se encontraba y ahora le parecía estar viendo un bote salvavidas lleno de amigos en la orilla.

-¡¡Ostia, Joder!! ¿Tú también la ves? ¡Me cago en la puta! Pero, ¿qué coño es esto? – Dijo Rick. Él podía sentir a la cría igual que su hermano pequeño, pero también la podía ver, al igual que le ocurría a Andy, y además era el que evidenciaba mayor miedo ante aquella extraña situación.

Entonces habló Luis Méndez, el muchacho mexicano:

– Yo también la puedo ver. La veo cuando miro de reojo. Si quiero buscarla, miro de reojo y a veces la veo en uno de los lados. Si probáis a lo mejor os sale a vosotros también. – Dijo el muchacho. Y resultó ser cierto; todos lo intentaron y para sorpresa del grupo la chica estaba allí mismo, de pie en el marco de la puerta de Pete’s Sweets como si los observara hablar de ella desde la tienda de caramelos. Era un holograma sin rostro, que desaparecía en cuanto tenían la intención de mirarla, pero que podían encontrar allí donde el ojo se descuidaba de la tarea de buscar y simplemente “veía” sin que ellos hicieran especial esfuerzo en que así sucediera.

Tras aquel descubrimiento, Rick salió corriendo y se puso a vomitar detrás de un coche que había aparcado en esa misma calle mientras su hermano pequeño intentaba reconfortarle en un acto de madurez y de amor fraternal incomparable. Tras una lluvia de ideas que no resultó más productiva que una libreta en blanco, los chicos empezaron a considerar una opción peligrosa y que les aterraba tanto como les atraía.

Quedaron en reunirse al día siguiente en el garaje de los McCLoud, con la irresponsable intención de hacer una sesión de Ouija usando un tablero de chapón improvisado en el que colocaron todo el conjunto de las letras del alfabeto, los números del cero al nueve (los dispusieron de esta forma: 1234567890) y las palabras SÍ (a la izquierda), NO (a la derecha) y ADIÓS (en la parte central del borde inferior del artesanal tablero).

La sesión estuvo en todo momento condicionada por el terror que sentían los chicos, pero es justo decir que fue un éxito en cuanto al resultado y la finalidad con la que la habían planteado. Contactaron con la persona deseada y recibieron alguna de las respuestas que buscaban.

Andy Isaac nunca olvidaría aquella primera sesión de ouija ni la primera vez que habló con un fantasma:

-¿Quién eres?- Preguntó Andy, quien había sido unánimemente elegido para representar al grupo puesto que según sus confesiones era el que más tiempo llevaba recibiendo las extrañas visitas del fantasma de la chica misteriosa. De pronto, el vaso de cristal que descansaba al revés sobre el improvisado tablero de Ouija y en el que cada uno de los muchachos tenía una de las manos apoyadas, empezó a moverse a una velocidad extrema. Aquello no tenía nada que ver con las películas de terror. Apenas podían captar alguna letra suelta del baile de símbolos que estaban quedando bajo el orificio del vaso en aquella violenta sesión de espiritismo. Andy de pronto habló con una voz que le confirió la autoridad de un adulto:

– ¡Por favor, más despacio! ¡Así no podemos ver nada! – Dijo el chico – ¡Ayúdanos a entenderte! – Entonces, como por arte de magia, el vaso quedó casi paralizado y apenas tembloroso fue deslizándose suavemente sobre la madera en la parte en la que los críos habían escrito con un rotulador de la marca Edding las letras N – O – R – A – H.

Aquello ya era algo alucinante; terrorífico también, pero alucinante.

La siguiente pregunta era obligada “¿Qué quieres de nosotros?” quiso saber Andy. La respuesta vino igual de pausada y suave que la anterior; A-Y-U-D-A fueron las letras que señaló el vaso. A la pregunta de cuántos años tenía, el vaso respondió frenándose en seco sobre el número ocho.

Cuando los muchachos se disponían a hacer una nueva pregunta, el trastero de la casa de los McCloud fue sacudido por una especie de terremoto, y las herramientas, tuercas, tornillos y demás chatarras que había distribuidas por todo el garaje del agente Jeff McCloud, el padre de Rick y Charlie, salieron despedidas y empezaron a volar de un lado a otro. Un destornillador se clavó en el muslo de Ismael. Aunque el corte sangraba, era algo superficial, y antes de que retiraran las manos del vaso, Andy aún tuvo tiempo de dirigirse a la chica fantasma:

– Norah, ¿Cómo podemos ayudarte?- Preguntó el muchacho. El vaso danzaba repetidamente a un ritmo sincopado marcando hasta cinco veces el mismo símbolo. Se trataba del lugar donde la tinta negra había dejado marcado el número ocho. Así se fue repitiendo hasta en tres ocasiones, tantas veces como Andy formuló la pregunta, dando siempre el mismo resultado: – 88888 – 88888 – 88888 -.

El temblor ahora parecía tener la intensidad suficiente para empezar a resquebrajar muros y tejados, pero cada uno de los chicos mantenía una mano apoyada aún sobre el vaso. Ismael se taponaba el pequeño tajo causado por el destornillador con la mano libre. Limas, tenazas, clavos y alicates zumbaban por el aire mientras los chicos hacían lo imposible por no cortar su comunicación con el Más Allá. El pequeño Charlie se puso a llorar presa del pánico. Su hermano mayor berreaba como un demente. Era espantoso, y aunque hacía rato que habían perdido del control de la situación, no fue hasta ese momento que Andy también fue consciente del peligro que corrían.

– Estamos asustados, Norah. ¿Podemos irn…? – Fue a preguntar Andy, pero Norah ya sabía lo que le iba a preguntar el chaval y les estaba respondiendo con una danza rápida del vaso (aunque no tan vertiginosa como al principio) a través de la cual, pasando de una palabra a otra, ambas completamente escritas ya en el tablero, les decía en una nueva secuencia:  – SÍ – ADIÓS – SÍ – ADIÓS – SÍ – ADIÓS -.

El ruido, los golpes y la metralla cesaron en cuanto los muchachos dejaron de contactar con la superficie del vaso, que murió, resquebrajado su cristal, sobre la palabra ADIOS. Los cuatro niños se miraron los unos a los otros. Estaba claro que la sesión había funcionado. Ninguno de ellos había manipulado el vaso y sólo hacía falta verles las caras para saberlo. Ismael lloraba; porque le dolía la herida que le había dejado el destornillador y porque estaba muerto de miedo. Los demás estaban pálidos y nadie hablaba. El silencio duró varios segundos. De pronto el terremoto pareció volver, y Rick, que parecía ahora más calmado, arrancó de nuevo a chillar de forma histérica sujetándose la cabeza con las dos manos, aunque en realidad solo se trataba de una falsa alarma. Era del móvil de Andy, que estaba situado sobre una mesita metálica en la esquina y había comenzado a vibrar y a sonar durante unos segundos. Luego invocó al silencio con la misma fuerza que lo habían hecho los chavales al despedirse de aquel espíritu y fue ignorado sin más.

Ahora tocaba recoger todo ese desastre.

Aunque Andy, sobrexcitado y aterrorizado por lo que acababan de ver, no le dio importancia alguna a aquella llamada, más tarde en su casa echaría un vistazo a su teléfono y se le helaría la sangre de los pies a la cabeza al descubrir que aquel misterioso fantasma le había acompañado desde el garaje de Charlie y Rick hasta su propio dormitorio y que había viajado además en el bolsillo derecho de su pantalón, dentro de su propio teléfono móvil. Tenía una llamada perdida a las ocho y media de la tarde de aquel día, justo el momento en que el trastero de los McCloud dejó de zarandearse como una lavadora llena de tornillos. El número era el 91- 88888.

Con unas ojeras como bolsas de basura y el rostro totalmente pálido, Andy entró en su habitación y sostuvo el teléfono con las dos manos. Lo primero que pensó es que se moriría de miedo si en ese mismo momento recibía otra llamada de aquel número. Pero eso no ocurrió. Dudó si llamar o no a sus amigos, para que se reunieran y realizar juntos la llamada al número misterioso, pero eran casi las dos de la mañana, y es que, aunque habían recogido el garaje de los McCloud entre los cuatro, tardaron más de dos horas en volver a colocar en su sitio cada una de las herramientas del padre de Rick y Charlie.

Andy se armó de valor y, con las manos temblorosas por los nervios y la sensación de tener al menos cuarenta de fiebre, pulsó sobre el registro de llamadas, localizó la llamada recibida del número 91 – 88888 y… se fue corriendo al cuarto de baño. Si el wáter hubiese estado apenas dos metros más lejos, Andy habría acabado largando la pota en mitad del suelo del cuarto de baño. Pero tuvo el tiempo justo de llegar, arrodillarse, abrir la tapa del retrete, sujetarse su mejor collar con una mano para no mancharlo y con la otra, sostener la tapa del sanitario para que no le golpeara en la cabeza. Cumplidos los protocolos, Andy se concentró en soltar dentro del inodoro los dos perritos calientes que había cenado en Pappi’s Burguer, entre lágrimas y temblores. Francamente, sabían mucho mejor cuando se los comió.

Más tarde, sentado en su cama y un poco más tranquilo aunque igualmente asustado, Andy no pudo aguantar más y realizó la llamada al misterioso “número fantasma”. En cuanto oyó el sonido de que alguien descolgaba al otro lado de la línea, el niño estuvo tentado de decir “Hola, le llamaba porque he recibido una llamada desde este número…” como si aún confiara en que pudiera existir una respuesta lógica, incluso puede que una casualidad, que pudiera explicar toda aquella demencia, pero no tuvo tiempo ni de abrir la boca cuando se dio cuenta de que era una locución automática la que le saludaba a través del aparato.

“Hola amigo. Has llamado a Mr. Mystic, La Voz del Más Allá…”

Andy colgó y supo que Norah les había enviado ayuda desde el otro lado.

No creía que pudiera dormirse aquella noche, y los pensamientos se arremolinaban en su mente formando una maraña de temores, secretos, misterios y aventuras. Pero apenas tardó diez minutos en caer, y su último recuerdo antes de dormir, o el primero que tuvo en sueños, fue preguntarse a sí mismo si acaso no había visto a la muchacha fantasma, Norah, en su cuarto de baño mientras vomitaba como un quinceañero borracho. Gracias a Dios que sus padres estaban fuera.

Luego hubo una larga noche de plácidos sueños que nunca recordó y a la que siguió un día inolvidable.

4

Norah no podía parar de llorar. Sabía que ya no podría ser modelo ni veterinaria. No sabía dónde estaba, pero sabía dónde NO estaba. Había estado comiendo dulces en la cocina de casa, y parece ser que se equivocó y se comió una cosa venenosa de la novia de Papá. Ahora debería estar en el cielo con Mamá, pero para poder llegar tenía que encontrar primero el camino hacia la luz, y ella estaba en un lugar donde no había luz por ningún sitio; por eso lloraba. Sabía que el llanto no cesaría hasta que encontrara a su mamá.

En ese sitio en el que se encontraba ahora había una puerta muy grande entre las sombras, siempre abierta y con el borde iluminado, que podía usar para volver abajo, donde estaban los vivos. Ya no podría ser modelo, era cierto, pero si bajaba a través de aquella puerta podía ser una sombra, un sonido, un aroma, un pájaro o incluso una canción. Pero bajar era muy peligroso y le daba muchísimo miedo. Las primeras veces que bajó para ver si encontraba a alguien que pudiera ayudarla a llegar al Cielo no le pasó nada, pero tampoco pudo hacer que nadie la sintiera. Era un rollo, pero al menos bajaba y se daba paseos por calles, casas y personas en las que nunca había estado. Hasta que pudo hablar con Andy. Él tenía una parte de Norah, y por eso podía verla y oírla tan bien. Así fue como encontró al muchacho. Andy la recibió y poco a poco se la fue pasando a sus amigos, y ahora Norah podía comunicarse con cualquiera de ellos usando el camino que bajaba a la mente de Andy. Pero Papá de alguna forma había conseguido llegar también allí arriba (Norah ni si quiera se planteaba que su padre ahora pudiese estar muerto) y además estaba siempre vigilando la puerta grande que conducía al mundo de los vivos. Justo ahora que parecía que alguien iba a ayudarla, aparecía aquel monstruo horrible en mitad de la Oscuridad. Nora estaba muy asustada, y se escondió de aquella bestia en un lugar donde no pudiera encontrarla.

En La Oscuridad de Norah, Papá no era Papá, aunque ella sabía que en el fondo sí lo era, sólo que era diferente. Allí era un gigantesco demonio peludo de color morado, pero no de un divertido color morado, sino de una tonalidad oscurecida por las manchas de grasa y sobre todo de sangre seca. Su boca era una enorme trampa mortal de la que siempre caía saliva y que estaba llena de afilados dientes dispuestos en forma de sierra capaces de destrozarla de un solo mordisco. Entre sus dientes colgaban restos de brazos y piernas de otros niños. El Gigante Morado medía más de tres metros, echaba fuego por los ojos y se había hecho el dueño de La Oscuridad de Norah. Arrastraba su largo pelaje morado sobre la nada, olía fatal y siempre estaba hambriento, porque se alimentaba de cosas que no podía encontrar allí arriba, así que Norah había aprendido a esconderse de él en una esquina de su Oscuridad, tapada con restos de cosas muertas (no lo había visto aún, pero Norah sabía que entre las cosas muertas estaba incluso el cadáver de su Mamá), y todo indicaba que el Gigante Morado no podía verla cuando se metía en aquella guarida.

Pero no podía estar siempre escondida, porque necesitaba ayuda para poder llegar al Cielo, y sin embargo, se cuidaba de intentar bajar a la mente de Andy, pues aun recordaba lo cerca que había estado el Monstruo Morado de atraparla la última vez que bajó por ese camino y el peligro que corrieron también los chicos en ese momento. Así fue que rebuscando agazapada en su escondite entre la Tierra y el Cielo, la niña encontró, tras el cuerpo muerto de su madre, una minúscula trampilla que para su alegría, el Monstruo Morado no podría encontrar jamás, y que no daba a la mente de Andy y sus amigos, pero sí a la de otra persona.

Se trataba de un señor mayor, que vivía sólo y que tenía la casa llena de posters  y fotos suyas.

Norah empezó a jugar con el señor desde dentro de su cabeza.

Primero se presentó, mostrando su sombra en la pared de la habitación de aquel hombre; era el primer “truco” que había aprendido a hacer después de morir (ya ni si quiera recordaba cuándo). Luego pensaba sacudir algunos objetos, escribirle algún mensaje o intentar (esto era mucho más difícil) hablarle directamente desde el interior de su mente. Pero todo aquello no fue necesario.

En cuanto aquel hombre solitario vio la sombreada silueta de la chiquilla formándose contra el cartel de “Mr. Mystic, La Voz del Más Allá”, se sentó, abrió una cajita de madera que había sobre la mesa y sacó de su interior una especie colgante con forma de lágrima de cristal que sostuvo a modo de péndulo delante suya, hasta que Nora lo hizo flotar como ocurriera con la ropa tendida del pobre Andy unos días antes. En ese momento el extrañó habló:

-Hola, cariño, no tengas miedo. Voy a ayudarte en todo lo que pueda. Por favor, dime quién eres y qué es lo que te atormenta. – Le dijo aquel hombre mientras el colgante flotaba de una forma preciosa en el aire.

Y Norah, alegre, triste y asustada, le habló entre sollozos.

5

Serían algo menos de las siete de la tarde cuando llegaron los chavales. Al menos eran puntuales. El que le había llamado aquella mañana, Andy Isaac, estaba sin duda aterrorizado, y más miedo tuvo cuando, para su sorpresa, Pat le explicó que ya lo sabía todo, pues la muchacha le había visitado la noche anterior. El chico, que sin saberlo había producido en Patrick una especie de descarga eléctrica con sólo estrecharle la mano (solía pasar con la gente especialmente sensible), no podía ni creerlo. Aunque claro, algunos conceptos sobre lo que creer  y lo que no creer  iban a cambiar ahora drásticamente para esos muchachos, igual que le había ocurrido a él tantas y tantas veces.

– Antes de que digáis nada, quiero que sepáis que Ella vino a verme anoche y sé por qué estáis aquí. Por favor, pasad. Pero antes aclaradme una cosa, ¿qué hay de lo que os dije sobre venir acompañados de algún adulto? – Dijo Patrick.

– Es que no nos atrevíamos a contárselo a nadie, señor. – Respondió con sinceridad Andy.

– Bueno, ahora hablaremos de eso, pero por favor, no os quedéis ahí plantados y pasad de una vez. No quiero que nadie piense que voy a montar una fiesta por del Día del Pederasta. – Contestó Patrick realmente preocupado.

Pat observó que los chicos se miraban unos a otros, desconfiados, pero sin más remedio que poner sus vidas en manos de aquel desconocido. Quizás parezca una imprudencia por parte de los muchachos, y a ciencia cierta que lo fue, pero cuando son los fantasmas los encargados de ordenar las piezas de un rompecabezas, uno solo va dejándose llevar, aprendiendo, descubriendo y sobre todo pasando muchísimo miedo, y en ese hacer va cometiendo imprudencias casi a cada paso que da. Eso Patrick lo sabía por experiencia.

Cuando los chicos hubieron pasado, el hombre se presentó y preparó café; aquella iba a ser una tarde muy larga.

El tipo tenía sesenta y dos años, aunque a juzgar por la cara de los muchachos debía aparentar al menos ochenta. Su nombre era Patrick Payton, pero llevaba casi veinte años escuchando a los demás dirigirse a él como “Mr. Mystic” (La Voz del Más Allá), y sí, él era vidente; pero de los de verdad. “Mr. Mystic” era su apodo profesional y con él se había granjeado una fama que pocos habían logrado en el mundo de “Los Videntes de la Tele”. Siempre había sido un buen cirujano, y cuando comenzó a dar cuenta de sus “habilidades especiales” se dedicó íntegramente a estudiar lo oculto y la parapsicología. Pero ese mundillo sólo le trajo problemas en cuanto a las relaciones sociales y a su propia salud. Había pasado de ser un médico serio a ser el chiflado que veía fantasmas y se comunicaba con ellos. A eso, había que sumarle la depresión que sufrió en los años ochenta por culpa de los remordimientos que le atormentaban, pues eran demasiadas las cosas que Patrick había visto y oído y demasiado horribles. Nadie podía acabar en su sano juicio cuando tenía que irse a la cama a dormir tan tranquilo después de haber visto, por ejemplo, el fantasma de un recién nacido flotando, sin padres, en el pasillo del hospital. Pero lo que resultaba peor era el hecho de que cada vez que Patrick vivía una experiencia demasiado intensa acaecía de pronto de los peores males imaginables, desde fiebres, temblores o vomiteras hasta ataques de epilepsia, amagos de infarto e incluso pérdida total del conocimiento durante más de una semana. Todos esos factores acabaron con los huesos de Pat de feria en feria anunciado como “Mr. Mystic, La Voz del Más Allá”; diez días en coma bastaron para alejarlo de los fantasmas y convertirlo en un farsante que no hacía más que jugar con la ilusión de la gente y ganarse la vida desprestigiando unos dones que precisamente él tendría que haber defendido siempre a capa y espada.

Durante su época de feriante, hacía un reducido uso de sus habilidades para descubrir un dato clave sobre sus clientes, generalmente paletos (les pedía cualquier objeto de algún familiar fallecido y gracias a eso averiguaba el nombre del difunto) y a raíz de ese dato iba forjando un argumento a medida de los oídos del ignorante en cuestión y se encargaba de solicitar los debidos honorarios con la sutileza que sólo los mejores trileros saben emplear. Así administraba sus “esfuerzos psíquicos” y a costa de semejante y continua deshonra se ganó la vida durante casi dos décadas hasta considerarse a sí mismo “demasiado viejo para tanta carretera”. Luego vendrían los días en el Canal Seis, de dos a cuatro de la mañana, en los que Mr. Mystic, ahora ataviado con toga púrpura y peluca, animaba y aconsejaba sin hacer uso de magia alguna a gente que en realidad no creía en sus poderes y que tampoco tenía en principio ningún tipo de problema serio. Ese era el mundo de la Televisión.

Pero la auténtica magia, esa que tenía de forma innata y que le permitía realmente ponerse en contacto con personas que ya no vivían, la reservaba para su tiempo libre, pues Pat nunca había dejado de practicar sus habilidades por honor a los que de verdad lo necesitaban.

Sin honorarios; porque la magia no se vende, chicos.

-Lo primero que quiero deciros es que no me gusta que me toreen. Os dije que vinierais con algún adulto; ¿se puede saber por qué demonios no me habéis hecho caso? – Preguntó Patrick.

– Es que nuestro padre es policía y tenía turno de tarde, señor. Por eso no hubiera podido acompañarnos. Andy está sólo en casa porque sus padres están de vacaciones y la madre de Ismael trabaja de profesora interina, así que tampoco hubiera podido venir de todas formas. – Explicó Charlie, el menor de los McCLoud.

– ¡¿Vuestro padre es policía?! Ahora sí que estoy jodido. Sólo espero no acabar entre rejas por culpa de esta niña fantasma. – Dijo alarmado Patrick. – A ver, otra cosa que quiero explicaros: estáis aquí porque yo puedo acabar con esto de una vez. Esa chica necesita que la ayudemos y no vamos a poder hacerlo hasta que contactemos con ella. Para eso hay unos métodos y yo sé perfectamente cómo usarlos, pero vosotros en cambio no. ¿Me seguís? – Preguntó de nuevo Patrick. Los chicos asintieron tímidamente ante su monólogo de modo que no esperó respuesta alguna y continuó hablando. – Bien, me alegro de que lo entendáis, porque lo que hicisteis ayer, primero fue una auténtica chapuza (eso no lo pensaba realmente, pero formaba parte de la regañina y estaba dispuesto a soltarla tal y como la había planeado) y segundo fue una enorme insensatez más peligrosa de lo que vosotros creéis. ¿Es que estáis locos? ¿Sabéis lo que os podría haber pasado si a través de vuestra Ouija de cartón hubiera entrado en nuestro mundo el espíritu contra el que estaba luchando esa niña? ¿Sabéis que habría pasado si alguno de vosotros llega a retirar la mano del vaso, el cenicero, o lo que usarais, en el momento equivocado?

Pat se iba calentando a medida que avanzaba en su preparado discurso, pero el chico latino le interrumpió súbitamente, aunque con mucha educación:

– Disculpe, señor, con todo mi respeto: no ha dejado de regañarnos desde que llegamos y sin embargo fue ella la que vino a buscarnos a nosotros, ¿qué podíamos hacer? No sabíamos si… – Dijo el chico antes de que Pat le interrumpiese indignado.

-¡No sabíamos! ¡No sabíamos! ¡Por eso mismo, que no sabíais, teníais que haber pedido ayuda primero! Así que prometedme que esta es la última vez que vais a jugar con el Más Allá; ¿de acuerdo? Y por cierto – añadió Pat – a Ella también le he regañado ya por eso.

Las caras de los chicos cuando Pat confesó aquello eran una obra de expresionismo hiperrealista. En sus ojos se podía ver la ilusión y la seguridad de quien acaba de encontrar a su Gurú; un verdadero vidente capaz de regañarle al fantasma que les había estado atemorizando durante las últimas semanas. A Patrick le costó contener alguna lágrima cuando recogió el significado de aquellas miradas de admiración. Pero eso no le interrumpió en su perorata:

-Quiero que entendáis que os lo digo por vuestro bien; nos movemos entre dos mundos y hay cosas en ese espantoso espacio vacío que no tienen conciencia, ni edad, ni sentimiento alguno; es necesario que comprendáis el riesgo que entraña este asunto. Cada sesión de Ouija es una cuestión de vida o muerte. Y por eso quiero que nunca más volváis a hacer espiritismo, chicos. Prometédmelo. – Les pidió Payton.

Los muchachos, que de corazón querían cumplir aquella promesa, aceptaron sin rechistar, incluso Andy, quien sin saberlo, tantas veces rompería ese juramento en el futuro (aunque para eso aún faltaría muchísimo).

Más tranquilo ahora, Patrick explicó a los muchachos los riesgos que entrañaba la mala ejecución en una sesión de espiritismo, los métodos más seguros para contactar con los muertos, los requisitos para hacerlo, las herramientas necesarias y los peligros que conlleva hacerlo con éxito y hacerlo mal. Luego les explicó el plan que tenía preparado, y ellos, que lo entendieron a la perfección, aceptaron muertos de miedo aquella misión sin ser realmente conscientes de las amenazas que entrañaba. Iban a contactar con Norah para expulsar al demonio que la atormentaba, pues sólo así conseguirían por fin comunicarse con ella de forma fluida. Tenían por delante una tarde muy larga.

Pat deseaba estar equivocado, pero sabía que si aquello no resultaba ser una odisea que acabara con sus huesos en la cárcel o bajo tierra, iba a expulsar a un ser espiritual hecho de pura maldad del Inframundo de una pobre chiquilla muerta, y solo contaría con la ayuda de aquellos niños para poder rematar la faena.

Llamó a Andy aparte, le mantuvo agarrado por la pechera, y mientras ambos se aguantaban la mirada el vidente  le advirtió:

– Pase lo que pase, hijo, no te preocupes por mí. Ella prefiere hablar contigo porque en ti hay un pedazo de Ella, pero hablaré yo para que ese hijo de puta no pueda hacerte daño. Si ves que la cosa se complica, por favor, prométeme que soltarás el vaso y dejarás que yo me encargue de él. Júramelo, muchacho. – Dijo Patrick.

– No se preocupe señor Payton. Si me asusto demasiado lo soltaré. Se lo juro. Y gracias por todo, señor. – Respondió el muchacho. Los ojos del médium reflejaban oscuros secretos que  no decían sus palabras, pero a Andy el hombre le inspiraba confianza y no se le ocurría otra persona que pudiera ayudarles a solucionar aquel asunto. Además, era Norah quien le había elegido, así que no había otra opción.

– De nada, chico – dijo Payton – y por cierto; bonito collar. – El muchacho se agarró el colgante con recelo y lo volvió a colocar por dentro de su camiseta de los Clippers.

– Ha llegado la hora de ponernos manos a la obra, pero primero hazme un favor, chico: – dijo Patrick a Rick, el mayor de los McCloud – hablad con vuestro padre y decidle que estáis aquí. – El muchacho (que tenía restringido el envío de llamadas desde su móvil) usó el teléfono de Pat para llamar a su padre. El agente McCloud estaba de servicio y no respondió al teléfono en ese momento.

Patrick Payton se descubrió a sí mismo avergonzado imaginando el rostro de aquel oficial de policía cuando devolviera la llamada perdida y escuchara el saludo de su contestador automático.

“Hola amigo. Has llamado a Mr. Mystic; La Voz del Más Allá…”

Era el momento de hacer algunos cambios en su vida, pero primero había que resolver el asunto de los críos, así que bajó al sótano a buscar las herramientas.

6

Los agentes Vázquez y Montana esperaban ya en la puerta de la Comisaría de Cabbeytown para escoltar a aquel demente a prestar declaración y luego a los calabozos. El muy desequilibrado había irrumpido en casa de un traficante a plena luz del día y lo había cosido a balazos en el salón de su casa mientras su mujer y sus dos hijas pequeñas observaban la escena aterrorizadas. Se trataba de un ajuste de cuentas, otro de tantos, pero daba miedo pensar que uno compartía el planeta con gente tan desalmada como aquel tipo, que a pesar de haber clavado en el cerebro de su víctima el primero de los disparos que le dirigió en su propia casa, no paró de apretar el gatillo hasta ver alojadas en su objetivo las dieciséis balas de su Colt de nueve milímetros. Últimamente Jeff McCloud consideraba cada vez con más peso la posibilidad de jubilarse. Podría haberlo hecho dos años atrás, pero se quedó a instruir a aquel novato por petición expresa del Sheriff Davidson. Davidson era un buen hombre que le había sacado más de una vez las castañas del fuego, y en el mundo del agente McCloud los favores de devolvían con más favores.

Pero una cosa estaba clara; cada día le gustaba un poco menos su trabajo.

McCloud dejó al indeseable a cargo de sus compañeros y retornó a su ronda diaria. Con él viajaba el agente Barrels, su compañero por asignación desde hacía dos años. Era un muchacho joven con un alto sentido de la disciplina, y aunque a veces pecaba de inexperiencia, Jeff auguraba un gran futuro en el cuerpo para aquel policía de nombre Joe.

Cuando el semáforo del cruce entre Chippers y Genoa Park permitió el paso de su vehículo, Jeff sintió vibrar su móvil en el bolsillo, aunque le hizo caso omiso y avanzó con el coche patrulla mientras se dirigía a su compañero:

– Joder, Joe, no tengas hijos nunca. Ellos no se pueden imaginar las cosas que tiene uno que ver cada día, y creen que cada advertencia es simplemente una forma poco original de Papá para tocarles las narices. De verdad que recuerdo mi infancia, y sé de buena tinta que no fui precisamente un santo, motivo por el cual me siento agradecido de lo responsables que son Richard y Charles, pero ¿sabes Joe? El miedo no lo pierdes jamás. Comienza incluso antes de verlos nacer y se va haciendo más grande a medida que ellos mismos van siendo cada vez más conscientes de los horrores que alberga este mundo. – Se explayó Jeff. – Supongo que ese miedo es proporcional al amor que uno siente por ellos.

– Te entiendo perfectamente. – Respondió Joe Barrels. – Aunque no haya tenido hijos aún, me he visto muchas veces en la tesitura de pensar lo mismo que tú; ¿Qué clase de mundo se va a encontrar mi hijo? No es que Sandra y yo no queramos ser padres, pero estamos esperando el momento en el que nos veamos más preparados, tanto mental como económicamente, por eso más de una vez me he parado a observar a ladrones, maltratadores, pederastas, violadores, camellos, drogadictos… ese podría ser mi hijo, pienso. Y entonces créeme Jeff, que me siento exactamente igual que tú ahora mismo.

– Te aseguro que no. Puede que sientas algo parecido en el futuro, pero hasta entonces, nada. – respondió Jeff, un policía viudo y con dos hijos a punto de jubilarse para el que la vida no había resultado nada fácil. – Ayer, por ejemplo, cuando volví a… – la radiofrecuencia de la Policía de Cabbeytown interrumpió al agente McCloud en ese momento. Se llamaba a las unidades en el distrito de Northsimth para acudir a un “Beta 40” en Dumbermills. Un “Beta 40” era un robo con intimidación, de modo que habría que tomar huellas,  declaraciones, etcétera… Iba a ser una tarde entretenida para el agente McCloud y su compañero, el oficial Barrels.

Tomó la segunda rotonda a la izquierda para recorrer la larga avenida Miss Delaware hasta la zona de la residencia Dumbermills. De camino al recinto, Jeff continuó con su discurso por donde lo había dejado:

– Estoy preocupado por mis hijos. Ayer cuando volví a casa estaban los dos pálidos, no quisieron comer y ni siquiera se quedaron a ver la tele. Subí a la habitación dispuesto a mantener una conversación  “Padre e Hijo” con ellos, y me los encontré rondando un papelito con cinco ochos escritos en él… – estaba narrando Jeff, cuando le interrumpió su compañero.

– ¿Cinco ochos? – preguntó el joven.

– Ocho, ocho, ocho, ocho, ocho. – Respondió Jeff. –  Yo me quedé igual que tú. El pequeño me preguntó “Papá, ¿tú sabes que puede significar esto?” mientras me mostraba el garabato y mi hijo mayor le echó una mirada que me hizo saber que me ocultaban algo. Mandé a Rick a por helados al Veinticuatro/Siete  y sometí a Charles un grado dos. Una calada a mi cigarro (aunque sabe Dios que pienso matarle si un día me lo encuentro fumando) y la promesa de salir a disparar con la escopeta de balines. El pobre me lo soltó todo.

-Voy tomando nota de tus técnicas, Jeff. – Dijo riendo Barrels.

-Pues resulta – dijo Jeff – que ahora ven fantasmas. Charlie me aseguró que ambos pueden sentir el fantasma de una niña, y que algunas veces  incluso puede verlo. – Esta última frase obligó al agente McCloud a poner una extraña mueca y mirar a su compañero con gesto cómico. – Cuando me lo contó lo asocié con la vieja tradición del amigo invisible, y joder Joe, ¿quién no ha tenido uno de esos de pequeño? – Barrels asentía con una sonrisa desde el asiento del copiloto mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad ante la inminente llegada al lugar de la denuncia. – Lo que me acojonó – continuó Jeff – es que al parecer se reunieron ayer por la tarde, en mi garaje, ¿puedes imaginarlo? ¡en el garaje de casa! y los insensatos intentaron invocar al fantasma de la niña con un viejo chapón en el que improvisaron un tablero de Ouija. Y dice el crío que lo consiguieron. Cuando me aseguré de que dormían bajé al trastero y efectivamente; allí estaba, en un escondite bastante predecible y tal y como Charlie me lo había descrito. No sé qué pensar, Joe. Estoy hecho un lío. – remató McCloud.

Los dos Oficiales de la Policía de Cabbeytown se apearon del coche patrulla y se dirigieron conversando hacia la puerta principal de Dumbermills, una residencia enrome y con mucha clase que albergaba en su mayoría a gente que un día fue de “Cabbey” pero cuyos hijos nunca aceptarían serlo. En Dumbermills, los nietos de Cabbeytown dejaban a sus abuelos como ofrenda al pueblo, para marcharse y no volver jamás.

– No le des más importancia de la que tiene, Jeff. – Joe intentaba animar a su veterano compañero. – Yo mismo de pequeño también pasé por mi época espiritista, en la que hacía la Ouija con mis amigos un día sí y otro también, y como verás no sufrí ningún tipo de maldición ni de ataque fantasmal…

– Vete a la mierda, Joe. – Dijo Jeff mientras saludaba con un gesto de la mano al compañero que se encargaba de vigilar la puerta principal de “Dumbers”, quien a su vez les abría paso a los dos agentes mientras les devolvía el saludo. – No me gustan un pelo esos juegos, y aunque tú lo veas como algo normal, es bastante peligroso en realidad. O al menos eso creo. Pero déjame contarte una cosa antes de que me desvíe del tema; sabes de dónde sacaron lo de los cinco ochos, ¿no?

– No me lo digas, Jeff. De la Ouija, ¿verdad? – Adivinó Joe.

– Pero eso no es lo peor, ¿sabes a quien corresponde ese número de teléfono, compañero? – Preguntó Jeff al novato. – Compruébalo tú mismo. Lo encontré esta tarde en Comisaría junto a la máquina de café.

McCloud le dio a su compañero una especie de cartulina amarilla en la que había impresa una publicidad. Era un anuncio de esos que dejan en los buzones y se colocan en los parabrisas de los coches. Decía:

“MR. MYSTIC; La Voz del Más Allá”

Acaba con tus dudas en directo

en Canal 6

De 2 a 4 de la madrugada

en el  91 – 88888

– Te espero –

El joven agente se quedó de piedra y le preguntó a su compañero con impaciencia, súbitamente emocionado:

-¿Una Ouija de cartón les dio a tus hijos el número de un vidente de la tele? Joder tío, esto sí que es espiritismo, y no lo de los viejos tiempos…

– Déjate de gilipolleces, Barrels. Son mis hijos y daría mi mísera vida por protegerlos. Me asusta muchísimo la idea de que puedan contactar con un farsante de feria y acaben con el coco lleno de fantasmas, suicidios e historias de la cripta. Pero ¿sabes cuál es el problema, colega? – Preguntó McCloud a su compañero.

-¿Cuál? – Le respondió el joven.

– Que una mísera vida no basta para proteger a los hijos, Joe.

La chica que les recibió en la puerta era una joven de raza afroamericana que vestía riguroso uniforme de camarera de piso. Les invitó a pasar y les condujo a la habitación en la que se encontraba Gretchen Marx, la señora mayor que había sido supuestamente atracada por un joven navajero y que sollozaba entre sudores mientras todos alrededor prestaban atención a su terrorífica historia. McCloud había aprendido a lo largo de su carrera como agente en Cabbeytown que de vez en cuando, los ancianos residentes de “Dumbers” solían hacer denuncias totalmente falsas que les daban vidilla a sus aburridas tardes en el asilo. Siempre que llegaba una denuncia de Dumbermills, Jeff se acordaba del viejo chiste de la anciana que acude a comisaría a denunciar un intento de acoso sexual, y , al preguntarle el agente encargado de tomarle declaración si hace mucho que sucedió aquello, la mujer responde “Sí hijo, sí. Pero me gusta recordarlo de vez en cuando…”.

Serían las once de la noche cuando Jeff  recordó haber sentido vibrar su teléfono mucho antes, y al comprobar en el registro de llamadas que una de ellas provenía del número  91 -88888 casi sufre una bajada de tensión. Marcó en seguida el número del móvil de su hijo Rick y esperó impaciente. Su cara era el reflejo de la desolación y el pánico, y casi no acertó a pulsar sobre la pantalla los números correctos fruto del miedo que sentía. Para su infinita tranquilidad, Rick le  respondió asegurándole que tanto él como su hermano pequeño se encontraban sanos y salvos, aunque se encontraban en Kocoa y su historia era cuanto menos rocambolesca. Jeff le pidió que volvieran a casa en seguida y que le llamaran desde allí cuando hubieran llegado.

Pasada la una de la madrugada, Jeff seguía esperando horrorizado aquella llamada que no llegaba.

7

Cabbeytown era un pueblo costero dividido a su vez en cuatro distritos. Estaba Cañaveral, haciendo frontera con México, Kocoa, al Norte de Cañaveral, y los Smith, que es como se conoce coloquialmente al conjunto formado por los distritos de Northsmith y Southsmith, al Este de Kocoa. Raymond Street era una de las mejores urbanizaciones de Northsmith, y en el momento que nos atañe, el Grupo se encontraba en un caserío en Kepa Beach, Kocoa, en el punto en el que el White River desemboca simultáneamente en Cotton Bay (Kocoa) y en la Bahía de Cañaveral (Cañaveral), convertido ahora en Rioblanco (el White River es uno de los pocos ríos del país que tiene dos nombres según el tramo; en Cañaveral, un distrito totalmente hispano, es conocido como Rioblanco, la traducción literal de White River al español).

Aunque los chicos habían traspasado las fronteras de Northsmith, la distancia entre Kepa Beach y Raymond Street era de tan sólo treinta minutos en tren, medio que habían usado para llegar hasta la casa de Patrick Payton.

Pero para ser honestos, y fieles a la verdad, lo justo sería decir que al Grupo le faltaban aun dos miembros, pero no les llegaría su turno hasta un poco más tarde. Exceptuando a dichos miembros aún ausentes, y tras la dura tarea de volver a fabricar un tablero de Ouija, esta vez por partida doble, el Grupo tomó las posiciones que Patrick había asignado a cada uno en su arriesgado plan:

Habían situado sendos tableros cada uno en una mesa, y se habían sentado en orden de forma que Rick e Ismael quedaron ubicados en la más lejana a la puerta, mientras que Pat y Andy ocupaban la mesa contigua. Ismael sería el encargado de hacer las preguntas en su tablero. Patrick haría lo propio en el suyo. Los demás callarían y bajo ningún concepto retirarían la mano de los vasos. Aunque doliera. Aunque doliera muchísimo. El pequeño Charlie estaba allí para asegurarse de que nadie externo al Grupo interrumpiera ninguna de las sesiones de espiritismo, y también era el encargado de interrumpirlas si el peligro sobrepasaba los límites que Pat había establecido. “En cuanto veas una gota de sangre, separa las manos de los que estén en esa mesa” le dijo Pat al chico, al que le encantó la idea de pensar que era una especie de bárbaro con un hacha en la mano que guardaba la entrada de un castillo para asegurarse de que nadie pudiera pasar, aunque la realidad es que se trataba tan sólo de un niño de diez años que estaba a punto de vivir la experiencia más impactante de su vida, puesto que se encontraba a escasos metros de dos sesiones de Ouija en una de las cuales se jugaba la vida su hermano con la intención de destruir a un espíritu maligno. Todo ello, por supuesto, en casa de un señor mayor extraño.

Una vez iniciadas las sesiones, Patrick invocaría desde su tablero a Norah e intentaría contactar con el demonio que la acosaba. De conseguirlo, Norah sería invocada ahora por Ismael mientras Andy y el vidente se encargaban de retener al demonio e intentar destruirlo.

Al menos esa era la versión oficial que Payton dio a los muchachos, aunque el verdadero plan tenía algunos matices diferentes, nimiedades que los críos no tenían por qué saber y que Patrick se encargaría de controlar con la ayuda del pequeño Charlie, que demostró ser un niño muy valiente aunque fácilmente sobornable.

El Grupo (a excepción de los miembros rezagados) se abrazó, se deseó fuerza y suerte, y comenzó las sesiones de espiritismo que intentarían liberar el alma desolada de Norah.

Esto es lo que sucedió:

Ismael y Rick esperaban su momento según las órdenes de Payton. Confiaban en el tipo y el tipo confiaba en ellos, y eso era todo lo que tenían para pensar que aquello iba a funcionar. En la mesa de Pat y Andy, el vidente invocaba a Norah; preguntaba si estaba allí y si podía sentir a Andy. La respuesta no se hizo esperar demasiado:

– SI – Indicó el vaso cuando acabó su primer movimiento.

– ¿Está él ahora ahí contigo? – Preguntó Payton. El vaso se deslizó hasta el borde opuesto de la recién serrada madera y frenó en seco sobre la palabra NO.

– Perfecto, no tengas miedo. – Dijo Pat. – ¿Has entendido nuestro plan, cariño? – El vaso volvió a su posición sobre la palabra SI.

– Bien. Entonces ve a buscarle, cielo. Sé valiente y tráelo hasta aquí. Vamos a acabar con él. – Dijo Patrick.

En la mesa de al lado, Ismael y Rick que escuchaban en silencio al médium, eran conscientes de que se acercaba su momento. Tenían los nervios a flor de piel y el mayor de los McCloud estaba a punto de mearse encima.

El vaso de Pat y Andy comenzó a moverse de forma temeraria a una velocidad imposible, y esta vez, con esfuerzo, y aterrorizado porque sabía lo que estaba a punto de ocurrir, Andy consiguió descifrar la palabra que ya había leído sobre un tablero similar el día anterior. Pat sabía de memoria lo que significaba aquel movimiento sobre una Ouija y sería capaz de descifrarlo aunque le borraran todas las letras. Ya lo había visto antes cientos de veces. El mensaje decía:

A-Y-U-D-A – A-Y-U-D-A – A-Y-U-D-A

Un segundo después, Pat hizo un gesto a Ismael y volvió a formular una pregunta:

– ¿Quién eres, demonio? – Pregunto el vidente. Al principio no hubo respuesta, pero pasados apenas cinco segundos, cuando Patrick ya pensaba en repetir la pregunta, los ojos de Andy y los suyos propios se convirtieron en dos enormes bolas negras, como pozos sin fondo encajados en sus rostros, y comenzaron los gritos y las convulsiones. Muchacho y médium se retorcían entre alaridos usando un coro de voces que no les pertenecían y ahora faltaba lo más difícil; atrapar al espíritu que los estaba torturando de ese modo y encerrarlo dentro de un amuleto mágico.

Una lejana parte de Pat deseó que Dios repartiera suerte.

En la mesa de Ismael, el chico formuló su primera pregunta al captar el acordado gesto que le había lanzado Payton:

– Norah, ¿estás ahí? – Quiso saber Ismael. El vaso tintineó y tímidamente se colocó en la parte izquierda de la tabla, sobre la palabra SÍ. Habían conseguido pasar a Norah de un tablero al otro, y ahora solo tenían que entretenerla y confiar en que Payton consiguiera atrapar al demonio dentro del péndulo.

Andy y Pat aguantaban entre horribles espasmos mientras el colgante que sujetaban entre ambos se ponía incandescente y zumbaba de un lado a otro como si se tratara de un ave atrapada por una pata y tratando de escapar. El abalorio casi se les cae de las manos aunque, haciendo acopio de todas sus fuerzas, lograron retenerlo el tiempo necesario para que cumpliera con su cometido. Pero el dolor era insoportable, y para colmo, empezó la verdadera fiesta:

Los grifos de toda la casa se abrieron al unísono con su mayor presión. El agua salía hirviendo a juzgar por la humareda y el vaho que desprendían lavabo y fregadero. Todo aquello que era de cristal reventó en mil pedazos, aunque para suerte del Grupo, el experimentado médium, que ya había previsto semejante posibilidad, se encargó, antes de la sesión, de guardar en los muebles posteriormente sellados a cal y canto todo el instrumental de cocina, así como vajillas, jarrones y demás piezas potencialmente “explosivas”, “punzantes” o “cortantes”.  Las televisiones y aparatos de radio que había en casa de Patrick se conectaron de forma automática emitiendo diferentes contenidos a un nivel de decibelios tres veces superior al permitido por la Ley de Contaminación Acústica, a pesar de que el hombre había desenchufado todos los aparatos eléctricos. Las puertas y ventanas de la casa se abrían y se cerraban una y otra vez. Aquello parecía el mismo infierno. Un demonio andaba suelto.

En la mesa del joven Ismael, los muchachos seguían el guion marcado por Payton al pie de la letra, con el fin de distraer a la vulnerable muchacha el máximo tiempo posible:

– Ahora no puedes acordarte de él, Norah. Olvida al Monstruo. ¿Te acuerdas de tu mamá? – Dijo Ismael según lo planeado. El vaso rodeó la palabra SÍ sobre la que se hallaba plantado y volvió a situarse encima.

– Eso es, Norah. ¿Era guapa tu Mamá? – Prosiguió el muchacho. El vaso repitió la misma danza obteniendo el mismo desenlace que en la pregunta anterior. SÍ. Ismael siguió preguntando por su madre a Norah, intentando ganar para Patrick el tiempo que necesitaban.

El escándalo era ensordecedor y podía oírse a quinientos metros de distancia, aunque por suerte para El Grupo, ninguno de sus miembros parecía herido y no había nadie en kilómetros a la redonda. Los alaridos de Andy se convirtieron de pronto en aberrantes gritos de lamento, y entonces Charlie McCloud le dio un tirón del brazo que apoyaba sobre el vaso, el que usaba para mantener el contacto con el demonio de la Ouija, dejando a Patrick solo y en trance, con una mano apoyada en el vaso sobre la Ouija  y sujetando con la otra el péndulo ardiente en el aire. Así se lo había pedido Payton y así lo hizo el menor de los McCloud. Los ojos, la nariz y los oídos del médium sangraron abundantemente. Pat, sin embargo, sonrió al pequeño Charlie orgulloso. Ninguno de los chicos olvidaría jamás la visión de aquel rostro sonriente, de cuyos orificios manaba la sangre como si fueran oscuras cataratas carmesíes.

Patrick ya tenía al demonio en la trampa. Norah lo hizo levitar tal y como habían acordado, aunque el Talismán de Bedhú acababa de sufrir una combustión espontánea y ahora era un enorme cráter llameante que gracias a la muchacha flotaba en el aire de forma antinatural. Era un demonio cautivo queriendo escapar de su prisión. Era el padre de la niña; un hijo de puta de cuidado.

Pero Pat tenía que aguantarlo un poco más, hasta que Ismael tuviera tiempo de pronunciar la frase, y el hombre ya podía notar en el cuello cómo le chorreaba la sangre desde los oídos.

Instantáneamente, como si acabaran de comunicarse con su mente (quién sabe si no fue así…), Ismael giró la vista hacia la mesa de al lado y vio el colgante de Pat convertido en una bola de fuego y flotando en el aire. Pronunció la frase:

-“Norah, acaba con él.”

El espíritu de su Papá había pasado momentáneamente al interior del amuleto del vidente, y ahora ella tenía la misión de destruirlo. Norah no se creía capaz, pero Pat le había dicho que confiaba en ella, que era una niña muy fuerte y que podría hacerlo si realmente se concentraba. Le dijo que olvidara a aquella Bestia y que pensara fuerte en su Mamá. Ella sabía que iba a hacerle daño, y no quería, porque era un hombre bueno que la había ayudado, pero ya no podía seguir llorando. Ya no le quedaban lágrimas. No quería herir a Pat, pero se concentró en su Mamá. No tenía ni la menor idea de lo que tenía que hacer y se acordó de los días en los que Papá bebía y le pegaba. Se asustó al pensar que por culpa de ese recuerdo fugaz finalmente aquel plan no funcionara; entonces ella tendría que quedarse allí sola siempre llorando en Su Oscuridad, donde el Monstruo Morado la acecharía eternamente. Y Papá les haría daño a Pat y a los chicos. Pensó fuerte en su Mamá. Casi la pudo tocar. Entonces intentó besarla, pero ella se desvaneció.

Y ese fue el momento en el que el péndulo se desintegró con el amargo recuerdo de su padre dentro, y esparciendo proyectiles de cristal al rojo vivo en todas las direcciones.

Norah se encargó de proteger a los chicos, pues se lo había prometido a Pat la noche anterior, y solo tuvo que frenar una gran esquirla con forma puntiaguda que iba directa a la cabeza del pequeño Charlie;  los demás no corrieron peligro.

Su Papá por fin había desaparecido, y aunque Norah seguía llorando desconsolada por no haber podido besar a su Mamá, lo que hizo que sus lágrimas ahora fueran mucho más dolorosas, al fin podía comunicarse con los chicos sin miedo al Monstruo Morado. Ahora podría decirles las cosas que antes no podía.

Norah escuchó la voz de Ismael que la llamaba desde la distancia tras aquel extraño umbral a través del cual podían hablarse vivos y muertos.

– Norah, ¿se ha ido ya? – Preguntó el chico mexicano. El vaso volvió a danzar sobre la palabra SÍ en su tablero y los chicos suspiraron al unísono.

– ¿Podemos irnos, Norah? – Dijo ahora Ismael. La respuesta fue un baile breve, como si la cría, en un acto de madurez, no quisiera prolongar más el esfuerzo de los muchachos. – SÍ -.

Ismael y Rick se apearon de sus sillas y se abrazaron orgullosos por el éxito de la misión. Andy, que había acudido a abrazar a Pat, se horrorizó al verle el rostro; estaba lleno de cortes y quemaduras en la piel, y tenía clavados restos del Talismán de Bedhú por toda la cara. El Grupo vio entonces al señor Payton hablando con una voz que no era la suya. Aún tenía los ojos completamente negros y lloraba hilillos de sangre. Su voz era de ultratumba, aunque aguda e infantil, y los chicos creyeron saber a quién pertenecía:

– 1561 DKV es la matrícula. Buscad en Raymond Street, lo escucharéis por la radio. Muchas gracias chicos. – Dijo el hombre con la voz de Norah.

Escuchar aquella voz los dejó clavados en el suelo. Ninguno de ellos se había imaginado así la voz de Norah (excepto Andy, el único que ya la había oído en sueños) pero escucharla brotar de los labios de Payton era tan grotesco como inverosímil.

Los críos, aun de piedra, pensaban que todo aquello ya había terminado y no esperaban tener otra tarea por delante, pero reaccionaron ante el atronador alarido de Payton que hablaba ahora con una voz deformada y grotesca, como si sonara a través de un amplificador, sin restos ya de la voz de chiquilla de antes:

– ¡¡¿Se puede saber a qué demonios estáis esperando?!! ¡¡Marchaos!!… ¡¡MARCHAOS YA!!

Los chicos, amedrentados y cabizbajos, abandonaron la casa de Patrick tristes por aquella despedida tan grosera. Después de la épica misión que habían llevado a cabo le habían cogido cariño al vidente, casi le idolatraban, y no solo era que el tipo finalmente había resultado ser un idiota y un maleducado, sino que además, para colmo, tenían que dejarle allí solo en su casa y evidentemente malherido.

Aunque había que reconocer que como médium no tenía rival.

Uno a uno salieron con rostros serios al exterior del caserón, y Andy cerró la puerta tras él, después, eso sí, de despedirse cortésmente de Payton.

– Hasta siempre, señor Payton. Y muchas gracias; le debo una. – Se despidió Andy. Él no lo sabía, pero esa fue la última vez que hablaría cara a cara con Patrick “Mr. Mystic” Payton.

Patrick, en la casa, sacó del bolsillo delantero de su camisa el teléfono móvil y marcó el 911. Después lo dejó apoyado sobre la mesa completamente salpicada de sangre, junto al tablero de Ouija. En algún lugar de su mente, Payton se quedó vagando por un espacio vacío y sin conciencia que sería a partir de ahora Su Oscuridad.

“La Voz del Más Allá” había entrado en coma profundo, y en ese estado estaría durante mucho, mucho tiempo.

8

Los chicos se bajaron del tren en la estación de Northsmith sobre la una y media de la madrugada, y en cuanto Rick se dio cuenta del aluvión de llamadas perdidas que tenía, todas de su padre, le pidió nervioso a Andy su teléfono para llamarle.

– Richard McCloud, ¡¿se puede saber dónde estabais metidos?! ¡¿Pero tú sabes qué hora es?! – Comenzó el padre de Rick. – Llevo más de dos horas llamando a casa, y nada. ¿De quién es este teléfono?

– Es el teléfono de Andy, papá… – Respondió tímidamente el muchacho. – Es que veníamos en el tren y no teníamos cobertura, pero acabamos de llegar a la estación de Northsmith y en quince minutos estamos en casa.

– ¿Qué acabáis de llegar a Northsmith ahora? Lo único que he sabido de vosotros en todo el día es que tengo la llamada de un desconocido, que a saber qué clase de degenerado podría ser, que además vive en la otra punta de Cabbetown y que si no me equivoco, coincide con el número que supuestamente os envió un fantasma ayer en mi garaje. Cuando consigo hablar contigo me dices que el tío os ha invitado a su casa después de que le llamarais. ¿Es correcto? A ver, chicos: ¿Es que os habéis vuelto locos? – Recriminó Jeff a su hijo. – Ni se os ocurra moveros de ahí. Llego en cinco minutos y os recojo. No os mováis de ahí, ¿entendido? – Quiso recalcar el indignado padre.

– Entendido… – Contestó Rick, avergonzado por la colosal reprimenda.

No habían pasado ni tres minutos cuando el agente McCloud se apeó del coche patrulla, aparcado en doble fila en la puerta de la estación de Northsmith.

– Buenas noches, chicos. ¿Andáis metidos en algún lio o qué demonios os pasa? – dijo Jeff nada más llegar donde se encontraban los cuatro muchachos. – ¿Y vosotros? ¿Por qué no pensáis un poco en vuestros padres? No deberíais andar por ahí a estas horas y sin que nadie sepa nada de vosotros en todo el día, sea lo que sea lo que hayáis estado haciendo. Y por cierto, me gustaría que me aclararais todo ese follón del fantasma, el vidente, y la madre que lo parió…

Rick, que había sido siempre un chico infantil y miedoso, nulo en deportes y con poco éxito entre las chicas, experimentó la sensación de subir al podio a recoger la medalla de oro. Fue “el campeón” por esa noche y se sintió completamente útil para ésta, su misión, desde que todo comenzara, días atrás. Había estado todo el rato evitando la mirada de su padre mientras éste les daba la brasa, y eso hizo que escuchara su sermón con la vista clavada en el coche patrulla aparcado a escasos metros. Nadie esperaba en el asiento del copiloto, puesto que la pareja de policías había terminado su turno a la una de la madrugada, y Barrels, el compañero de su padre, debería estar ya en casa con su mujer, lo que ofrecía un total de cuatro plazas libres en el coche. A Rick aquello le pareció providencial.

– Papá, ¿te importaría llevar a Ismael y a Andy a sus casas también? – Interrumpió Rick a su padre.

– Claro que no me importa hijo, ¿acaso piensas que después de lo que os estoy explicando iba a dejar que los chicos volvieran a casa andando y a solas? – Respondió el agente McCloud algo extrañado por el inusual golpe de iniciativa de su hijo.

Andy, que vivía a dos casas de distancia de los McCloud, no entendió de primera hora por qué Rick había incluido también a Ismael en aquella petición, ya que el joven vivía con su madre en un piso de alquiler justo en la calle de atrás de la Estación de Northsmith en la que se encontraban en ese momento. Ismael, extrañado también, intentó insistir al padre de Rick y Charlie de que aquello no era necesario, pero el policía se mostró implacable en ese sentido. Entonces, de camino al coche, Rick dijo algo que hizo que los demás comprendieran su estrategia y se sintieran orgullosos de él.

– Oye papá, ¿sabías que la matrícula de tu coche patrulla suma trece? – Preguntó el muchacho de pronto con una sonrisa de oreja a oreja.

– Ahm… pues mira, no. No lo sabía. ¿Y eso? ¿Por qué lo dices? – Preguntó el oficial a su hijo.

– No, por nada… es que me acabo de dar cuenta. – Dijo Rick, poniendo un especial énfasis en la posterior aclaración. – 1561 suma trece.

Los chicos subieron al coche que Norah les había indicado a través del cuerpo de Payton, y de Camino a Raymond Street, una conversación entre Rick y su padre supuso un cambio drástico en la mentalidad del agente McCloud para el resto de su vida.

Sucedió en cuanto subieron al coche que el mayor de sus hijos pidió al oficial McCloud, ahora fuera de servicio, nada menos que encender la radiofrecuencia de la Policía. El agente se quedó perplejo ante tan extraña petición, y le explicó a su hijo que al no estar de servicio era absurdo encender la emisora de la Policía, pues no pensaba hacer nada más que acompañarlos a todos y cada uno de ellos (incluidos sus hijos) a sus respectivas casas y ponerles un cerrojo a las ventanas para que no pudieran escaparse durante el largo periodo de castigo que les iba a esperar tras aquella noche. Entonces la petición se volvió una súplica. Y luego un ruego multitudinario, pues los cuatro muchachos intentaban convencer al policía de que iba a ocurrir algo en Raymond Street y solo podrían enterarse a través de la radio. Y así fue que el pequeño Charlie cambió el rumbo de la historia con una frase digna de un crío tan noble e inocente como él.

– Papa, si dicen en la radio que ha pasado algo en Raymond Street ahora mismo, y compruebas que todo esto es verdad ¿nos llevarás? – Preguntó entre llantos el pequeño con una irresistible cara de pena.

Su padre, que le adoraba, le contestó con sentido del humor:

– De acuerdo; hagamos un trato. Si dicen en la radio que ha pasado algo en Raymond Street, te prometo que os llevo ahora mismo a comprobarlo… – Dijo Jeff a su hijo, y tras una breve pausa culminó entre carcajadas -…pero no vale encender la radio.

En ese momento, justo antes de que Charlie comenzara a llorar desconsoladamente por culpa del chascarrillo de su padre, la radiofrecuencia apagada y desenchufada del coche patrulla emitió un aviso que sólo pudieron recibir ellos:

– A todas las unidades en Raymond Street; la persona que buscamos nos espera en Genoa Park. Mucha suerte, chicos. Y a usted, señor agente, enhorabuena: tiene unos hijos muy valientes. Y no tema, no pasa nada por creer en ciertas cosas.

Los chicos se quedaron de piedra al reconocer la voz que salía de aquel aparato inerte y el rostro del señor McCloud se tornó de un pálido que sus hijos jamás habían visto en él. Sin mediar palabra y muerto de miedo, el policía se dirigió con el coche hacia Genoa Park cumpliendo la promesa que acababa de hacerle a su hijo.

“La Voz del Más Allá” nunca había sonado tan clara y convincente.

9

Quería disfrutar a tope su momento de suerte. Por eso esa noche se permitió una pequeña traición y se saltó “el caballo”. Tenía trabajo que hacer y necesitaría toda la energía posible, así que eligió coca, aunque al final de la noche, cuando hubiera atravesado Cañaveral y se encontrara en México, a salvo de las putas leyes de Cabbeytown y lejos de aquellos pestosos fiambres, tenía previsto equilibrarse con una dosis de heroína de las que la hacían volar durante días. Pensaba salir del país por el Cabrestante, barrio conocido así por ser el lugar perfecto para pasar grandes cargas, generalmente ilegales y generalmente desde México. Clarisse iba de droga hasta las trancas.

Había llegado a un acuerdo con “El Mexicano”, y por dos mil dólares, el narco se encargaría de que la gente de su cártel quitaran de en medio los dos muertos y el coche robado que él mismo le había conseguido. Pero ella no era tonta. Quizás fuera una yonki, pero no tenía un pelo de tonta, y sabía que El Mexicano había olido la pasta como un perro puede oler una hamburguesa con queso. Ese hijo de puta seguro que intentaría jugársela, de modo que ella se había prevenido por si las cosas se ponían feas. La llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta, con el seguro quitado y el cargador a tope, y aunque Clarisse confiaba en no tener que usarla esa noche, también se ponía cachonda solo de pensar que ningún cerdo hijo de puta volvería a ponerle una mano encima.

Aparcó el coche robado en Genoa Park, abrió la puerta, y echó la pota sobre la acera. Cerró la puerta de nuevo. Abrió el bolso. Sacó la coca. Se metió dos buenas rayas y volvió a abrir la puerta del coche.

Esta vez salió y abrió el maletero para coger la pala. Fue hasta el columpio donde el imbécil había enterrado a la mocosa, y allí se puso a cavar hasta que aparecieron los primeros huesos y restos de piel que la hicieron maldecir a gritos a aquel cabrón hijo de puta que le prometió que la metería primero en una bolsa de plástico. Clarisse no era consciente del ruido que hacía, de la hora que era, de la gente que estaba aún despierta ni de los vehículos que ocasionalmente pasaban por allí. Sólo quería acabar de una vez la chapuza que el cabrón de Tony había empezado y largarse cagando leches. La tierra allí donde la niñata había sido enterrada  estaba ya tan removida por los pies de los críos al columpiarse que casi había medio fiambre al descubierto. El sudor le resbalaba a chorros por la cara y el cuello, cayéndole hasta la espalda, pero ella seguía con su tarea como si todo aquello estuviera sucediendo solo en su mundo.

Cuando tuvo la bolsa de deportes llena de tierra y huesos de la niña guardada en el maletero junto con los restos hediondos de su padre, cogió la lata de gasolina y la vació en la zona donde la mocosa había estado enterrada. Luego encendió una cerilla y la acercó al combustible, y entonces Genoa Park se convirtió en una gigantesca antorcha que alumbraba todo Northsmith con sus llamas rojas, naranjas y amarillas… ¿y azules?… pero ¿qué cojones…?

De pronto Clarisse sintió un vuelco en el corazón que la hizo parar en seco y respirar hondo para no caer desplomada. Tenía los ojos abiertos de par en par, la cara llena de tierra surcada por el sudor  y creía estar sufriendo una sobredosis. Se preguntaba qué coño hacía ella allí en medio, y por qué cojones estaba viendo el reflejo de las luces de un coche de policía justo en sus ojos.

Esa coca era puto veneno; veía en su propia cara las luces de los maderos, aunque solo veía a uno que le decía algo mientras la encañonaba, y ¡joder!, que los demonios se la llevaran si no estaba la niñata muerta justo al lado del agente, aunque Clarisse no podía oír ni una sola palabra de lo que le decían. El calor de las llamas, ahora a su espalda, la abrasaba. El policía le hacía señales con la mano para que ella se arrodillara, y Clarisse pensó que, seguramente, ese hijo de puta la obligaría a chupársela allí mismo. Aquello era un marrón, y sabía que si no los liquidaba a ambos (casi estalla en carcajadas al imaginarse liquidando a una niña ya muerta), su plan de fugarse a México con la pasta se iba a ir a tomar por culo, de modo que antes de que el sonido volviera a coordinarse con las imágenes en su cabeza, Clarisse sacó la pistola que llevaba escondida en el bolsillo de la chaqueta y disparó al cadáver de la niña a la que había ido a desenterrar.

10

Vieron las llamas incluso antes de llegar a Genoa Park, y Jeff se cuestionó su decisión de haber llevado a los chicos hasta allí. Pero el oficial tenía una máxima con sus hijos, y era que “una promesa es una promesa”, método con el cual se había granjeado la confianza de los chicos a cambio de demostrarles que ellos también podían contar con él.

Antes de aparcar, divisaron justo delante del incendio a una mujer totalmente ida, que hablaba sola y estaba completamente manchada de tierra. La presunta pirómana alucinaba junto a los restos de una lata de gasolina.

El agente McCloud oteó rápidamente la zona con la técnica y profesionalidad que más de treinta años en el cuerpo le habían hecho desarrollar, y en su rápido vistazo distinguió un enorme agujero bajo el columpio en llamas y un surco de tierra y… ¿vómito? que iba desde la entrada de Genoa Park hasta el Bentley Continental que había aparcado justo delante de ellos. Procedió a comprobar la matrícula antes de pasar a la acción, y aunque en la Comisaría Central se sorprendieron de que McCloud aún estuviera de servicio, éste explicó al oficial Gilbert Kingston que su turno ya había finalizado, pero un coche sospechoso estaba aparcado en frente de casa. El agente Kingston en seguida le informó de que aquel coche, efectivamente, era robado.

– ¿Quieres que te mande una patrulla, Jeff? – Le preguntó Kingston.

– No creo que sea necesario, Gill. Si no te importa, me gustaría encargarme personalmente del tema. – Contestó McCloud.

– Por supuesto, Jeff. Es tu casa, joder. De todos modos, si te parece bien mandaré una patrulla de aquí a veinte minutos, para asegurarme de que estéis bien. – insistió Kingston – ¿Están los chicos en casa?

– Si, están en su habitación durmiendo tranquilamente – mintió McCloud – Oye, muchas gracias Gill. Te dejo.

– De nada – respondió el agente Kingston – y por favor, ten cuidado, Jeff.

– No te preocupes, Kingston. Hasta mañana.

Jeff colgó el teléfono y se dispuso a bajar del coche, pero Andy le agarró del brazo en ese mismo instante.

– Señor McCloud;  yo voy con usted. – Sentenció el joven.

El padre de Rick y Charlie observó los ojos de Andy y pudo ver un brillo extraño en ellos, tan extraño como una historia llena de fantasmas, videntes, incendios y mensajes radiofónicos salidos del Más Allá. Jeff juraría que el habitual marrón de los ojos del chico cambió durante un momento de forma intermitente (como cuando saludas a alguien usando la luz de largo alcance del coche) tornándose de un coralino turquesa y volviendo después al original marrón que por genética le correspondía a aquel par de órganos. El oficial, que esa noche estaba descubriendo verdades ocultas tras puertas abiertas que él ni siquiera creía que existieran, recordó su papel de encargado, desde hacía unos años, de instruir a un policía novato, y así fue como se dejó acompañar por el muchacho, sabedor de que en el terreno en el que se movían, el chico era mucho más docto que él, y más le valdría dejarse aconsejar por el muchacho en tan desconcertante misión en la que se había visto involucrado de forma totalmente involuntaria. Pero sus hijos no correrían riesgo alguno, esa era su condición:

– De acuerdo, pero ellos tres se quedan. – Exigió tajantemente el oficial, que incluso cerró el coche con llave después de apearse de él  junto a Andy con la intención de adentrarse en el recinto infantil en llamas.

Jeff desenfundó su arma reglamentaria y ambos se encaminaron con sigilo en dirección a la presunta drogadicta incendiaria. Al llegar al lugar donde desvariaba la mujer, el oficial McCloud la apuntó con su arma y le pidió que no hiciera ningún movimiento brusco y que se pusiera de rodillas. En lugar de eso, la mujer sacó del interior de su chaqueta una pistola y disparó a Andy, que cayó al suelo de frente, desplomado a causa del inmenso dolor que le abrasaba el pecho.

En el instante que caía al suelo, el torso dejó de quemarle de forma milagrosa. Por un instante llegó a pensar que había muerto a causa del disparo, pero entonces su visión captó una imagen que hizo que el mundo dejase de girar. La mujer quedó congelada, con el arma en la mano, mientras Jeff, boquiabierto y con cara de pánico, era también una estatua situada al lado del chico. El fuego era de attrezzo, una imagen en dos dimensiones que ya no desprendía ni frío ni calor, y las luces del coche patrulla estaban alumbrando de forma fija, carentes de su implacable rotación habitual.

Y es que el tiempo se había parado dentro de la cabeza de Andy Isaac.

Lo que había visto era un agujero bajo el columpio de Genoa Park. Un agujero hecho por una demente que había sacado algo de allí y que tenía que ver con Norah. La aplastante lógica de las cosas hizo que Andy se pusiera a sonreír. Al fin le encontraba sentido a la pieza más misteriosa de aquel extraño rompecabezas, que no era otra que el propio Andy Isaac.

Llevaba puesto su collar favorito, un collar que él mismo se había fabricado y que le dejó una cicatriz provocada por la quemadura que Norah le transmitió a través de él, con el fin de protegerle y hacerle esquivar el disparo. Porque el collar estaba hecho de dos trozos de lapislázuli recuperados de una vieja pulsera rota y una especie de hueso bastante bonito que Andy había encontrado allí mismo, en aquel parque, bajo aquel columpio en llamas y que (ahora lo sabía con certeza) formaba parte de los restos mortales de la pobre Norah.

El botón de “Play/Reproducción” del cerebro del chico volvió a accionarse sin previo aviso y las cosas sucedieron a una velocidad vertiginosa.

Jeff apretó el gatillo horrorizado al ver caer al chico y el disparo hizo blanco en el muslo derecho de la mujer. Andy dejó de chillar agazapado ahora en el suelo, no porque hubiera muerto, sino porque ya no le quemaba el pecho; más aún, gracias a Norah se encontraba sano y salvo.

Entonces, una sombra surgió de entre las llamas con una velocidad felina y tras golpear a la drogadicta en la cabeza con un objeto de cristal, la degolló en pocos segundos ante la atónita mirada de Andy y del oficial McCloud.

11

Esa noche paseaba y bebía porque no tenía sueño. Vio que en Genoa Park se avivaba un horrible incendio, y corrió hacia el lugar para asegurarse de que no hubiera ningún herido. Al llegar al parque vio a la chica borracha, al policía y al joven, plantados frente al fuego. Él, que a lo largo de su vida muchas veces se sintió invisible, aprovechó aquel “don” y lo utilizó en su favor.

Estaba ya situado bastante cerca de la mujer, cuando ésta sacó un arma y disparó al pequeño, que cayó desplomado en ese mismo instante.

El Viejo saltó de entre las llamas golpeando la cabeza de la chica con la botella de cerveza. El casco estalló a causa del golpe, y antes de que los primeros trozos de cristal hubieran caído al suelo, El Viejo usó los restos de la botella rota que aún tenía en la mano para rajarle el cuello a la maldita asesina. Los cuatro o cinco primeros cortes fueron los que más dolieron a la muchacha. El sexto corte comenzaba a la altura de una oreja y terminaba justo debajo de la otra, formando una brecha tan amplia que a partir de dicho tajo no le llegó ni una sola gota de sangre a la boca, pues toda salía del cuerpo de Clarisse por aquella improvisada apertura.

En ese momento vio como el chico se incorporaba, y El Viejo dio gracias por eso. Muchacho, Policía y Vagabundo se miraban ahora en silencio. Un leve gesto con la barbilla por parte del policía, como asintiendo, y El Viejo se dio la vuelta, agarró su carrito y huyó de Genoa Park a paso acelerado. Antes de que se alejara demasiado, Andy intentó hablarle a gritos:

-¡Oiga! ¡Oiga, por favor! – Gritaba el chico. El Viejo se volvió un instante y entonces el chico se dirigió a él.

– Muchas gracias, Señor Hill. Siento que todo haya tenido que acabar así.

El Viejo asintió con el rostro serio mientras hacía un gesto amistoso con la mano y se dio la vuelta de nuevo sin mediar palabra.

Entre lágrimas de dolor, de tristeza y de alegría, El Viejo continuó andando a paso ligero, tirando de su carrito y dándole vueltas en su cabeza a la despedida que el chico acababa de pronunciar.

La alegría se la provocó el muchacho, que sabía su nombre, porque sus padres lo habían sabido primero y se lo habían enseñado, y aunque ni él mismo lo recordaba ya, era una inmensa alegría pensar que después de tantos años, alguien allí se acordaba de que un día El Viejo había sido el Señor Montgomery Hill.

El dolor era por los restos de cristal que le habían destrozado la mano.

La tristeza, la de verse obligado a abandonar el que durante tantos años había sido su hogar y que no era otro que el barrio de Raymond Street, sitio al que ya nunca podría volver después de aquello. Ahora le esperaba un largo camino por delante, pues tendría que quitarse toda esa ropa, lavarse, curarse y lo más importante, encontrar un lugar seguro y libre de prejuicios donde quién sabe si alguna vez alguien llegaría a regalarle un libro usado.

El Viejo se alejó para siempre de Raymond Street.

12

El padre de Rick y Charlie se encargó de poner en conocimiento de la Policía todo el caso de Norah, obviando la parte en la que una sombra irreconocible degollaba a la pirómana y huía a toda prisa. Hallaron el coche y los dos cadáveres (tres contando el de Clarisse), y el Estado les brindó a todos una ceremonia decente de incineración a la que sólo acudieron los chicos y el oficial McCloud. Al menos la pobre Norah al fin podía descansar en paz.

Andy aprovechó la ceremonia para poner junto a los restos de la chica, antes de que fuera incinerada, el collar que él mismo había fabricado sin saberlo con uno de sus huesos. Aunque nunca más volviera a ponérselo, el chico llevaba en el pecho una cicatriz que se encargaría de recordarle cada día la aventura que vivió junto a sus amigos para salvar el alma de aquella muchacha.

Andy llevaría para siempre grabada en su pecho La Marca de Norah.

EPÍLOGO (La Marca de Norah)

THE CABBEY’S OLD NEWS #37

             MAY 2067      QUEMAR LAS BIBLIOTECAS –                      por Andrew Isaac

Todo el mundo conoce los horribles sucesos ocurridos recientemente en Hopefull Park.

El pueblo de Cabbeytown está conmocionado, y una vez más, el parque infantil del distrito de Northsimth vuelve a ser protagonista de una historia que parece sacada de los textos de Eurípides. Suman ya tres los menores cuyos cadáveres se han encontrado en Hopefull Park desde que se inaugurara el parque tras su remodelación posterior a un incendio hace ya cincuenta años. Los tres fueron asesinados por las personas que les trajeron al mundo.

Para algunos, tres casos de parricidio con el mismo escenario en cincuenta años quizás puedan parecer producto de la casualidad. Con total seguridad, podríamos censar a varios cientos de habitantes que al menos preferirían pensar de esta manera por una simple cuestión de ser prácticos; de nada ha servido al Hombre a lo largo de la Historia su incesante búsqueda de respuestas, pues la única certeza que ha sido capaz de encontrar en la vida es la muerte, y lo único que el Hombre sabe de la muerte es que siempre vuelve, que siempre vence. Por tanto, la sociedad deduce que el esfuerzo humano por “conocer” ha sido desde siempre una batalla perdida. Yo, a mis casi setenta años y desde la humilde columna que mensualmente me permite este diario, quiero hoy invitaros, en consecuencia, a quemar vuestras bibliotecas. Si el saber no nos aporta ningún beneficio, mejor dejarlo ahora, y ahorrar así tiempo y espacio. Pero no vale guardar ningún ejemplar de vuestro libro favorito. “La enciclopedia”, “el Diccionario” y “La Santa Biblia”, así como “La Isla del Tesoro”, “Moby Dick” o “El Señor de las Moscas” irán a parar todos a la misma hoguera.

Pero si sois de los que piensan que todo tiene un peso, una longitud y una medida, entonces no estaréis de acuerdo con mi propuesta, aunque igualmente tres parricidios en el mismo lugar sean pocos para vosotros teniendo en cuenta que suceden a lo largo de medio siglo. Haréis lo posible para que os parezcan una casualidad y evitaros así mayores esfuerzos mentales. Pues que sepáis que eso es como guardarse una revista guarra. ¿Queremos saber la verdad? ¿Estamos preparados para ello?

Pues si no, volved a enrollar este periódico, terminad vuestro café y salid a la calle a vivir otro día más en un calendario sin fechas señaladas.

O sigan leyendo si quieren, pero ya están avisados de que aquí se va a contar la verdad.

Si queremos la verdad esta debe ser contrastada. Y con testigos; sin medias tintas.

Algunos recordamos aún que estos crímenes, siempre de padres contra hijos, sucedían en Northsmith, Cabbeytown, mucho antes de existir Hopefull Park. En aquel entonces, Jason Street era Raymond Street, y por algún motivo se decidió cambiar el nombre tanto de la calle como del recinto infantil que la coronaba y que dejó entonces de ser conocido como Genoa Park. Quizás fuera una cuestión burocrática, o de estética, pero los más informados, los que en su día cometimos la inútil insensatez de ampliar nuestros conocimientos documentándonos sobre el tema, sospechamos que tras el rebautizo de la urbanización se escondía un intento en cubierto de acabar con un mal incontrolable.

Dejadme contaros una historia:

Lord Raymond Cassani, “El Rey Miope”. Nació en 1639 y fue nombrado Rey cuando sólo tenía veintisiete años. A pesar de su excelente vista, era conocido como “El Rey Miope” por lo peculiar de su mirada y de la forma que, al parecer, el monarca enarcaba las cejas, aunque cuentan los rumores que la extrañeza que provocaba en los demás aquella mirada se debía nada menos que a las terribles adicciones que el joven escondía del resto de la Corte y que practicaba en sus aposentos con enfermiza asiduidad. “El Rey Miope” gobernó las tierras británicas durante un corto periodo de apenas seis años, en los que tuvo una hija de nombre Genoa con su primera consorte, Adeleine Rushmore, y una segunda esposa, Liliane Forthshire, que para decepción de ambos resultaría ser estéril. Raymond Cassani murió asesinado por su segunda mujer en 1672, después de que ambos acabaran primero con la vida de su hija Genoa de solo cinco años, a la que ni el monarca ni sus dos esposas perdonaron jamás haber nacido mujer en un mundo de riquezas hereditarias para hombres.

En Northsmith, hubo un periodo de casi dos siglos en el que El Rey Miope vigilaba desde Jason Street a su hija Genoa, siempre jugando distraída en Hopefull Park. Yo mismo fui testigo directo de ello.

Con la muerte golpeando ya mi puerta, no tengo intención de hacer publicidad de un producto que por motivos de derechos no me reporta ningún beneficio económico, pero cualquiera que haya leído o lea el libro “Norah desde el Más Allá”, que escribí hace ya más de treinta años con la ayuda de mi viejo amigo el Dr. Patrick Payton (que Dios le tenga en su Gloria), podrá notar cierta similitud entre la historia que recogimos y que nosotros mismos pudimos vivir en primera persona unos veinte años antes y los lamentables acontecimientos que por desgracia siguen ocurriendo, aun hoy en día, en Raymond Street y en Genoa Park.

Pero claro, si después de conocer esta historia, y tras haber leído nuestro libro, aun mantienes tu postura de defender la mera casualidad, entonces me veo obligado a ser más contundente en mi artículo, dejando, al contrario de lo que dicta el periodismo moderno, el titular para el final:

LOS QUE CREEN EN LAS CASUALIDADES ESTÁN MATANDO A SUS HIJOS EN NORTHSMITH

Mayo de 2067                        Andrew Isaac – The Cabbey’s Old News #37

(SOBRE ESTE RELATO, “LA MARCA DE NORAH”)

Gracias a mi mujer, Rocío Crespillo,

por dormir al peque mientras yo revisaba

el borrador y por ser nuestra Maestra.

Esta historia está dedicada:

A mi hijo Javier,

Que en el relato aparece con los nombres

de Andy, Ismael, Rick y Charlie.

Al final, Papá (con la ayuda de Norah y de Payton)

consiguió destruir al demonio morado del corto

de Minions que tanto miedo te daba de pequeño.

A mi prima Nora,

Que me dejó su nombre

y también me dejó su marca.

 

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