LOBO ALFA – Pancho L. Guerrero

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LOBO ALFA

Dejó la furgoneta en los aparcamientos del “Hill Sweet Home”, se tomó un café doble bien cargado que Trevor ni siquiera le dejó pagar y salió a intentar acabar de una vez por todas con ese maldito alfa. Aunque el parking del HSH era privado y bastante pequeño (había espacio para ocho vehículos aprovechando al máximo sus opciones), Trevor Jenkins nunca tuvo ningún problema en dejar usar las contadas plazas a los vecinos de Kocoa, no así a los incontables esquiadores, ni a los turistas, curiosos y periodistas que habitualmente acudían al monte Kocoa Hill en busca de leyendas y seres fantásticos. Kocoa es un lugar, por tradición, muy dado a la santería, y el monte Kocoa Hill siempre ha estado ligado a historias sobre vampiros, fantasmas y otros monstruos de película, consiguiendo con ello un reclamo turístico inmejorable para tan recóndito paraje. Aunque Henry también se dedicaba al periodismo, lo suyo era la sección de deportes, y además su pasado como militar y combatiente en Afganistán le había hecho ganarse la admiración de muchos de sus vecinos de toda la vida, de ahí el exquisito trato que recibía siempre en la posada montañesa.

Trevor Jenkins, el dueño del “Hill Sweet home”, deseó a Henry toda la suerte del mundo y le dijo que estaba invitado al café, y que no volvería a pagar una bebida en su local si conseguía regresar con la cabeza de aquel maldito lobo. Una cosa eran los cuentos de fantasmas, que tanto bien le hacían al negocio, y otra cosa bien distinta, una manada de lobos salvajes que ya había hecho estragos entre las granjas de la aldea y que, a saber que podría llegar a hacer si, en lugar de ganado, una noche se cruzara con algún crío despistado.

Agradeciendo su amabilidad, y el detalle de permitirle aparcar allí la furgoneta de su padre, Henry se despidió del hostelero desde la puerta de la rústica posada. El hombre, mientras atendía a un grupo de clientes en un ridículo español que ni la música country de fondo conseguía disimular, le deseó suerte de nuevo.

Sacó del maletero la bolsa de deportes donde solo guardaba la escopeta y la munición. Llevaba la cantimplora, los prismáticos, una brújula, varias cuerdas y un botiquín en la mochila, colgada a la espalda, la linterna en el bolsillo y el machete de caza en su funda, en la pernera derecha, de modo que estaba listo para adentrarse en la espesura nevada de Kocoa Hill, deseoso de dar caza definitivamente al líder de la manada que atemorizaba a sus buenos vecinos. El padre de Henry tenía una pequeña granja familiar en la que cuidaba de ovejas, terneras, cerdos, gallinas y gallos, y desde que el lobo alfa apareciera por primera vez con su manada (gracias a Dios que los vecinos también los vieron, o todo el pueblo andaría ahora con la historia de “El Wendigo ataca de nuevo”) habían sido ya cuatro las veces que los lobos irrumpieron en la granja, acabando con varias ovejas y gallinas que, para colmo, no eran del padre de Henry, y cuyas pérdidas el granjero tuvo que compensar a sus legítimos dueños. La última vez, apenas días antes, Henry se encontraba con él en la granja, y a punto estuvo de hacer blanco en el líder de los lobos, un macho de al menos sesenta kilos cuyo pelaje parecía un poco más cano que el del resto de su manada, aunque el disparo que realizó pasó rozando la oreja del Patriarca de los Lobos (Henry estaba seguro de haberle dado a aquel maldito monstruo) y acabó haciendo estallar en mil pedazos la cabeza de una de las pobres ovejas de su  padre. ­El tamaño también diferenciaba al líder del resto de sus semejantes, siendo éste casi el doble de lobo que los demás.

Cansado, Henry Stone decidió salir a la caza de tan macabra bestia, herido en la cartera y en el orgullo por el continuo descenso de su ganadería familiar, pues la avanzada edad de su padre le hizo responsabilizarse del asunto en su nombre. Aquel era el segundo día que Henry salía en busca del Rey Lobo, y quizás fueron los deseos de suerte de Trevor Jenkins (afectado también económicamente por el peligro que suponía la presencia de animales salvajes cerca de su posada) o la convicción y la seguridad con la que el veterano militar afrontó la situación lo que hicieron que aquel día la fortuna estuviera dispuesta a sonreírle.

Al menos en parte.

Justo antes de emprender el camino hacia el bosque, alguien le asió del hombro y Henry se volvió sobresaltado.

– Cuánto tiempo, Stone. Me alegro mucho de verte. – Le saludó Marcus Meyer, antiguo compañero en el periódico al que Henry no veía desde que le despidieran meses después de incorporarse él al rotativo.

– ¡Mark! Cuánto tiempo, amigo. ¿Qué tal estas? – respondió Henry.

– Bien, no me puedo quejar. – Dijo Meyer – Vivo de las prestaciones del gobierno y me las gasto en vino y cama aquí en el “Hill Sweet Home”. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí a estas horas? Leí tu artículo sobre Joe Louis; ¡tío, me pareció brutal!

– Gracias Mark. Pues nada, aquí, dispuesto a practicar la caza, como puedes ver. – Respondió Henry.

– ¿Es que acaso vas a salir a cazar tu solo? ¿De noche? – preguntó  alarmado el joven Marcus – Debes de estar loco, tío… ¿Es que no tienes miedo del Yeti? – Meyer pronunció esta última frase sin poder evitar esbozar una media sonrisa.

– Bueno…  solo espero que, si decide aparecer, al menos no sea admirador de Rocky Marciano. –respondió Henry entre risas.

-¿Quieres que vaya contigo, Stone? – Se ofreció Meyer –  De verdad que no me importa. Además, no tengo otra cosa que hacer esta noche…

– Verás Mark… – comenzó Henry – es que lo que estoy buscando es… no sé cómo decírtelo… es bastante peligroso…

– No te preocupes. – Le interrumpió su antiguo compañero de trabajo – Solo era por precaución, pero supongo que todo un veterano de guerra como tú sabe cuidarse solo. Al menos hazme un favor, Stone: – concluyó el joven – ten mucho cuidado con las leyendas… ya sabes.

Henry pensaba que esta última frase era otra broma del muchacho, pero esta vez no había nada en el rostro del joven que así lo indicara. Más bien todo lo contrario. Algo oscuro y siniestro brillaba en aquella extraña mirada.

Sin más, se despidieron formalmente y cada uno continuó su camino.

Henry se dirigió hacia el principio de la Senda del Tucán, un camino de madera reforzado que bordea la ladera de Kocoa Hill, para abandonarlo luego y abrirse paso campo a través hacia un oculto desfiladero al que se conoce como “la Garganta”, y donde el hombre estaba seguro de que encontraría el rastro de los lobos. Estaba seguro de que se escondían allí porque aquel era el más oscuro y perdido rincón de Kocoa Hill, y los hombres y los animales no se diferencian mucho a la hora de buscar refugio cuando sus vidas dependen de ello.  De algún modo, Henry ya había estado allí. En otros países, entre las sombras de otras “Gargantas” diferentes, Henry ya conocía los mejores escondites para sobrevivir en mitad de la nada.

El fornido periodista era una sombra muda que avanzaba protegida por la oscuridad de la noche. Se había frotado las manos y la cara con plantas, restos de excrementos y con la tierra mojada por la nieve, y tanto las bolsas como la ropa de camuflaje estaban también impregnadas del olor de la montaña, con objeto de burlar así el mayor de los sistemas de alarma que su enemigo poseía; el olfato. Caminaba sigilosamente cuando, de repente, tuvo que pararse en seco, y mientras el sudor comenzaba a perlarle la frente, retrocedió dando pequeños pasitos, casi imperceptibles, con los ojos abiertos de par en par y esforzándose en no pisar ni la menor de las  ramas secas.

Una serpiente de cascabel, que para más peligro, no hacía sonar el mismo, se estaba dando un festín de cobaya a menos de dos cuartas de distancia, mirando al repentino ser humano que irrumpía en su zona de confort pero sin darle demasiada importancia, al menos de momento. Henry consideró que lo más sensato sería retirarse con suavidad y bordear la zona evitando posibles molestias y deseando buen provecho al venenoso crótalo.

Tras este primer encuentro con los peligros de la naturaleza, Henry, que se esforzaba ahora en caminar con los ojos bien abiertos, comenzó a sopesar la idea de volver a casa, a tenor de que resultaría mucho más fácil encontrar a su enemigo de día o contando con el hándicap de un grupo de perros de caza. Pero el cazador tenía un presentimiento y no podía abandonar aquella búsqueda aunque el cansancio se incrementara o apareciera la desilusión. Aquella iba a ser La Noche del Fin de los Lobos, de modo que a pesar de llevar ya casi dos horas caminando por el bosque nevado con la única conversación que le ofrecían las rapaces nocturnas, siguió avanzando perseverante y silencioso.

Por fin, casi una hora después, divisó a su temible y escurridizo rival.

Se encontraba a una distancia suficiente para un buen disparo y, precedido de un tímido aullido, como de bienvenida, el lobo alfa se irguió de pronto y oteó olfateando el horizonte en busca de aquel intruso que perturbaba su manada; en busca del periodista y ex-militar Henry Stone, aunque a juzgar por su expresión no parecía haber localizado a nadie, de modo que volvió a su posición original, recostado entre otros cuatro hermanos de manada que dormían profundamente.

Él no dormía; él vigilaba.

Henry se quitó la mochila que llevaba a la espalda y la camufló entre la maleza a los pies de una gran encina que ahora le servía de parapeto, ignorando que aquel gesto acababa de salvarle la vida. Con la calma y el mutismo de un francotirador profesional, sacó de la bolsa de deportes la escopeta y colocó dos cartuchos en la recámara. Se acomodó tumbado boca abajo sobre la nieve y las hojas que formaban el manto del bosque (asegurándose primero de no interrumpir la cena de ninguna víbora mortal) y estiró las piernas y los brazos adoptando la postura  que tantas veces había escenificado en tantas y tantas improvisadas trincheras.

Podría haber apuntado al cerebro, justo en medio del cráneo del animal, o haberle disparado en el pecho, entre las patas delanteras y calculando unos quince centímetros hacia abajo, justo en el lugar donde el motor de la vida bombeaba sangre al resto del cuerpo del Jefe Lobo, pero tras varios segundos comprobando que, efectivamente, a la bestia le faltaba un trozo de oreja (que él mismo le había volado días antes con la escopeta de su padre) dejó con cuidado los prismáticos a un lado y decidió que un disparo en el ojo sería igualmente mortal.

Se concentró, contuvo la respiración y apretó el gatillo.

El monte entero de Kocoa Hill vibró al sonido de aquel cañonazo.

El proyectil dejó el rostro del animal con el aspecto de un irrecuperable rompecabezas de carne, huesos, sangre y pelo gris. Donde siempre tuvo el ojo derecho, el Gran Lobo lucía ahora un interminable túnel negro y carmesí del tamaño de una manzana y que dejaba pasar el aire a través de su cabeza. El animal cayó desplomado al instante, en una postura que le confería el triste aspecto de una alfombra de piel de lobo que sin disimulo alguno intentara ocultar un creciente charco de sangre en mitad de la nieve. El resto de miembros de la manada, horrorizados ante la súbita muerte de su líder, huyeron despavoridos sin mirar atrás; ya tendrían tiempo para presentar sus candidaturas a nuevo Alfa; ahora a correr las tocaban.

Henry se encaminó instantes después pleno de felicidad hacia su trofeo, pensando ya en las felicitaciones que recibiría por parte de Trevor Jenkins y el resto de gente del pueblo, y descuidando los sonidos y movimientos que se estaban produciendo a su alrededor. De repente, un segundo cañonazo hizo retumbar el bosque y un zumbido que luego pasó a ser un empujón le tiró de boca a la sucia tierra nevada, no sin antes perforarle completamente el hombro izquierdo.

Sin duda, algo iba mal; acababan de dispararle por la espalda.

– ¡Cuánto tiempo, Stone! Me alegro mucho de verte. – Dijo por segunda vez en la  noche Marcus Meyer, cuyo revolver aun humeaba tras el reciente disparo traicionero. Reía como un demente y sin duda estaba borracho como una cuba.

– ¡Maldita sea, Mark! ¿Se puede saber que cojones te pasa? – respondió Henry entre gritos mientras intentaba taponarse la herida, aunque, haciendo un enorme esfuerzo se encaminó directamente hacia el joven con la idea de atraer su atención y desviar su mirada de la oculta mochila en la que se escondían sus escasas opciones de salir con vida.

– ¡Ey, tío! ¡Pero si sigues siendo un gallito! – Se burló Meyer – Ahora veremos si eres lo suficientemente gallito… – Entonces Marcus cogió del hombro herido a Henry hundiéndole el cañón del arma, todavía incandescente, en el orificio sangrante y obligándole a arrodillarse de forma involuntaria entre alaridos. Una vez arrodillado, Meyer se retiró dos pasos hacia atrás y justo cuando Henry pensó que el desquiciado se disponía a ejecutarlo allí mismo, Marcus le pateó el rostro de haciendo que escupiera varios dientes a la vez. Magullado y casi sin conocimiento, Henry no pudo oponerse de forma alguna a las continuas vejaciones de Meyer, que lo trasladó hacia un falso ciprés de más de veinte metros de altura cuyas ramas más bajas casi rozaban la nieve y la tierra húmeda. Allí, mientras lo ataba con fuerza al tronco del árbol, Meyer explicó a Henry, a duras penas, el ridículo motivo de su, por otra parte, injustificable agresión:

– Verás, Stone, aunque no lo sepas, yo antes era el encargado de cubrir las noticias de deportes en el Newer News. Hasta que llegaste tú, claro. Eras El Combatiente de Afganistán, el Superhéroe Americano, y no conforme con haber escrito un puto Best Seller sobre la guerra en Oriente Medio, tenías que solicitar un puesto de redactor en el “Newers’” . Y además, tenía que ser justo en Deportes. – Meyer casi lloraba al recordar sus tiempos en el periódico local de Cabbeytown.

– Por tu culpa pasé meses haciendo teletipos y trabajos de becario – prosiguió el joven ebrio – hasta que decidí plantarle cara al maldito cabrón de Princeton, el redactor jefe, y reclamarle mi antiguo puesto. Mírame ahora; y todo por tu puta culpa, maldito héroe de guerra. Pero hoy no pareces tan fuerte, ¿verdad? – Meyer volvió a patear en la cara a Henry que, ya atado, casi no percibió el dolor a causa del tremendo mareo y la sensación de que…

(…se iba…)

… la sensación de que le empezaban a fallar las fuerzas. Pero tenía que aguantar como fuera. Si conseguía mostrar la resistencia suficiente y alguien le encontraba allí amarrado podría hacer uso del botiquín que tenía en su mochila. Pero las cosas no iban a ser como Henry esperaba, o al menos eso pensó al oír de nuevo a aquel demente.

– No voy a volver a pegarte, sucio cabrón. – Dijo el joven al malherido veterano – Te vas a quedar ahí, sangrando como un cerdo, y entonces ellos olerán la sangre, y seguirán tu rastro, y… ¡Oh! ¡Sí! ¡Hoy cenarán “héroe de guerra”! Ja, ja, ja… – El joven parecía en éxtasis. – ¿Quieres que ponga alguna frase especial en tu esquela cuando regrese al “Newers’”, puto marica? – Preguntó con malicia el muchacho en alusión a los rumores sobre la condición homosexual de Henry mientras acercaba su rostro hasta rozar el del retirado militar. Entonces, Henry asestó tal cabezazo a su indigno adversario que éste rompió a sangrar por la nariz en menos de un segundo, brotando la sangre en descoordinados borbotones. El muchacho reía y gritaba de dolor, con una voz tan fina y a la vez quebrada por el alcohol que parecía imitar a un buitre real, un águila o un cóndor.  – ¡Joe Louis era una puta mierda comparado con Marciano, gilipollas! – sentenció el joven psicópata, y sin mediar más palabra, se dio la vuelta y se perdió entre los matorrales y los espesos ramajes de los árboles nevados, dejando un rastro de sangre apenas perceptible en la oscuridad para el ojo humano, pero bastante apetitoso para el olfato carnívoro.

Los minutos posteriores, Henry se limitó a intentar reunir fuerzas, pues sabía que estaba bastante jodido…

(…se estaba muriendo…)

bastante jodido, pero no podía rendirse, no podía tener miedo. Él había dejado el ejército por miedo, miedo a las barbaridades del hombre, miedo a la miseria, al poder, a la corrupción y al podrido sistema. Por eso solicitó un puesto como periodista, que era lo que había estudiado, y por eso había salido aquella noche a cazar al maldito lobo alfa. Porque no le daban miedo los lobos, no le daban miedo los animales ni su instinto. Le asustaban las personas y sus actos razonadamente injustos y crueles.

Le asustaba la guerra, y acababa de volver a ella.

Cuando Henry comenzaba ya a reunir fuerzas tuvo delante al primero de los lobos, mostrándole una dentadura que el militar retirado recordaría casi eternamente en sus pesadillas (aquella noche marcó sin duda un antes y un después en las largas e insufribles noches de insomnio de Henry Stone).

Harto ya del aliento del animal, y consciente de que la muerte le estaba mirando a los ojos como preludio a la letal ceremonia de arrebatarle su cuerpo para alimentarse de él, sintió el pinchazo y el desgarro de dolor a su espalda, en los dedos de una mano. Al menos eso pensó Henry, aunque el dolor provenía más bien del lugar donde antes se encontraban dos de los dedos de su mano, pero él no podía ver el estropicio porque el maldito psicópata de Meyer le había amarrado al tronco del árbol con los dos brazos extendidos hacia atrás. Concretamente era la mano izquierda la malherida, y los dedos corazón e índice los que ya no estaban.

Henry no pudo evitar reírse al sentir que los mordiscos habían desgarrado también las cuerdas que lo apresaban; habían aflojado aquella trampa lo suficiente para poder sacar ambos brazos. Entonces desenfundó el machete de la pernera antes de que sus enemigos se abalanzaran sobre él y en menos de un segundo atravesó al animal que lo miraba desafiante.

Gritando de dolor y de pánico, Henry empaló la cabeza de la bestia con el machete de arriba abajo y la mantuvo enterrada en la nieve entre un eruptivo volcán de sangre mientras el chacal pataleaba inútilmente intentando escapar. Los aullidos del lobo eran un ridículo susurro frente a los gritos demenciales del malherido periodista, y seguramente fuera eso, unido a la euforia del momento, lo que provocó que Henry no pudiera percatarse de aquel segundo aullido, éste humano y de puro dolor, que se estaba produciendo apenas a cientos de metros de allí.

El adiestrado militar se cercioraba de rematar al incauto lobo girando con violencia la hoja del cuchillo que sostenía con su mano sana mientras apretaba cada vez más, y el resto de la manada abandonó a su difunto líder por segunda vez aquella misma noche incrementando de forma grata e inesperada las esperanzas de Henry de volver a ver un amanecer. Así siguió hasta que se descubrió semi-atado y solo en mitad del bosque con el cadáver de un lobo clavado por la cabeza en la tierra húmeda delante de sus narices. Medio machete se perdía bajo el nivel de la tierra y la cabeza del maltrecho animal, vista desde un plano cenital, bien podría confundirse con cualquier otra cosa menos con la cabeza de un animal.

Henry tardó en desatarse mucho menos de lo que esperaba, aunque mucho más de lo que le hubiera gustado. Le dolía la cabeza, la nariz y la mandíbula al completo, sentía como si tuviese un taladro en marcha dentro del hombro y tenía la sensación de que una enorme apisonadora estuviera pasando constantemente sobre los dedos de su mano. Solo la visión del inminente éxito en su esfuerzo por liberarse le empujó a sobrevivir una vez más.  Aun así, daba gracias por la suerte que había tenido; no todo el mundo podía presumir de sobrevivir en la misma noche a dos líderes de una misma manada de lobos. Pero estaba “hecho unos zorros”. El símil con la fauna salvaje le pareció de lo más gracioso, y sonrió para sí mismo mostrando a la oscuridad del bosque una horrenda mueca causada por los recientes agujeros donde faltaban las piezas dentales y la sangre manaba mezclada con la saliva. Dicha imagen voló hasta su propia mente, y entonces su grotesca sonrisa se incrementó al recordar a Sean Penn totalmente demacrado en una de las escenas finales de la película Giro al Infierno. Aquello parecía una broma casi del mismo nivel; por fin podría presumir de tener una “sonrisa de cine”.

Pero si algo podía agradecerse a sí mismo, y no al destino, la suerte o el azar, era la precaución de haber dejado la mochila a buen recaudo (además, por supuesto, de llevar siempre un machete en la pernera). Utilizó el botiquín para curarse, taponarse y remendarse como pudo los peores de sus males, que eran la falta de dos dedos y un preocupante balazo en el hombro.

En cuanto al energúmeno, ya habría tiempo de pensar en ello; ahora lo primero volvía a ser sobrevivir.

Rebuscó entre la nieve en la base del tronco al que le habían atado y encontró uno de sus dedos todavía intacto. Pensó que se trataba del índice, aunque no podía estar seguro. El otro nunca más lo volvió a ver. Cuidadosamente, sacó del botiquín un sobre hermético de plástico que contenía unas tijeras esterilizadas y, retiradas las tijeras, colocó en su interior el amputado miembro, el cual arropó con abundante nieve, esperanzado en sus pocas opciones de poder recuperarlo.

Aplicar los primeros auxilios, estabilizar su salud y reunir las fuerzas necesarias para emprender el camino de regreso llevaron algo más de tiempo a Henry, que no dio el primer paso de vuelta a casa hasta apenas una hora antes del amanecer. Podría haber salido mucho antes, si solo fuera por las curas y el descanso, pero después del infierno por el que había pasado no estaba dispuesto a volver de vacío, de modo que tras ordenar bien su contenido, Henry volvió a cargar como pudo con la pesada bolsa de deportes y con la mochila que le había salvado la vida, y comenzó el camino de vuelta.

Casi había llegado a la Senda del Tucán, o al menos no era mucha la distancia que le faltaba por cubrir, cuando, a su derecha, cerca pero no visible, pudo oír un brusco estruendo entre las ramas de los árboles. Parecía como si un elefante acabara de arrancar de un solo golpe un árbol desde las raíces. Su primer instinto fue coger el rifle, hasta que recordó que ya no disponía de la falange con la que había aprendido a pulsar el gatillo. Entonces, usando la mano derecha, volvió a desenfundar la que había resultado su mejor arma aquella noche y se dispuso a recibir cualquier ataque sorpresa, y a morir, si era preciso, con el cuchillo en la mano y dando la vida por defenderse, si bien ni en sueños pensaba acercarse a investigar qué tipo de gigantesca criatura podría haber causado semejante vaivén entre las ramas.

Así permaneció, en estática posición de defensa, esperando cuchillo en mano a un coloso enemigo que nunca llegó. En un momento dado, al hombre le pareció distinguir el movimiento de una enorme figura de aspecto simiesco que pasaba justo por delante, entre las ramas, y a punto estuvo de perder los papeles y echar a correr como alma que lleva el diablo. Pero para su tranquilidad no había nada allí, pues todo estaba silencioso y seguramente Henry había sufrido algún tipo de trastorno debido a su reciente pérdida de sangre. Puede que pasaran varias horas, o quizás fueran solo treinta minutos, el caso es que, un buen rato después, la calma y la tranquilidad fueron tales que Henry Stone se supo a todas luces seguro. Braceó entonces, apartando varias de las ramas que con tanta brutalidad habían sido zarandeadas un rato antes, y en cuanto sus retinas registraron el pavoroso espectáculo que tenía delante, su organismo no pudo por más que responder provocándole un repentino y caudaloso vómito.

Un pequeño claro en el bosque era el escenario donde habían descuartizado a Marcus Meyer. La cabeza, arrancada del cuerpo, seguía en cambio unida a un corto segmento de huesos, procedente sin duda de la columna vertebral. Alguien (o algo, pensó Henry muerto de miedo) había arrancado de cuajo la cabeza de su vecino, y a juzgar por los negros túneles que eran ahora sus ojos, lo habían hecho usando las cuencas para introducir los dedos (o garras) como si se tratase de una macabra herramienta improvisada para jugar una partida de bolos. El resto del cuerpo (o lo que quedaba de él), incluyendo la mayoría de órganos internos, estaba repartido en varios montones que Henry no tuvo ni el valor ni las ganas de inspeccionar. Cuando por fin el vómito cesó, Stone volvió a echar un último vistazo a aquel bosque de muerte rojo y blanco, y vomitó de nuevo, aunque esta vez el regusto en la lengua le indicó que ya no había más café que expulsar, solo quedaba la bilis que le salía por la boca mezclada con su propia sangre. Se giró, se enjugó como pudo los labios y las lágrimas con una mano que ya no recordaba mutilada y que le manchó el rostro de sangre, y emprendió despacio y sigiloso el camino de vuelta hacia el “Hill Sweet Home”.

Henry apareció por las puertas del HSH horas después, cuando el sol ya calentaba, aunque al ser Martes de Octubre aún no había ni un solo cliente. En cuanto Trevor lo vio, malherido y ensangrentado, corrió a recibirle y auxiliarle, pero Henry le hizo un gesto con la mano (con la mutilada) y se acercó por sus propios medios hasta la barra de la posada, tras la cual se encontraba el hostelero. Entonces, mientras el hombre, preocupado y asustado, no paraba de preguntarle qué le había pasado y si habían sido los lobos los que le había hecho eso, Henry abrió torpemente con su mano derecha la bolsa de deportes que había depositado en el suelo y sacó no una, sino dos cabezas de lobo, aún sangrantes y a cada cuál de aspecto más horrible. Una había sido empalada y la otra, mucho más grande, atravesada por un disparo justo en el ojo.   –No ha sido tan difícil. – bromeó Henry.

El boquiabierto posadero no daba crédito y Henry, utilizando la que se había convertido en su nueva “Sonrisa de Cine”, le dijo algo que nunca llegó a explicarle ni a él ni a nadie en Kocoa:

-Y Trevor… Puedes estar tranquilo en cuanto al negocio…

…Creo que en Kocoa Hill aún nos quedan muchas leyendas que oír.

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