RAÍCES ESCARLATA – Pancho L. Guerrero

2199020-57-1

RAÍCES ESCARLATA

La bola describía una parábola perfecta hacia su posición y Kenny pensó que por primera vez en su vida conseguiría eliminar a un bateador. Además, para más énfasis, esa pelota había sido bateada por el imbécil de Louis Linderman, y el equipo de Kenny (el último en elegir jugadores, motivo por el cual él militaba entre sus filas) estaba a un solo punto de ganar el partido. De pronto, la ilusión se volvió pánico y el gigantón de trece años sintió como las fuerzas le abandonaban y le flaqueaban las piernas. La pelota estaba ya casi a su altura y el muchacho empezó a ver cada vez más borroso debido al sudor que le empapaba la cara y que le empezaba a provocar que le escocieran los ojos.

Primero, la bola cayó suavemente, casi sin oponer resistencia, sobre su mano desprovista de guante alguno (señal de la precariedad de los chavales en cuanto al equipamiento deportivo). Sus compañeros corrieron a celebrarlo con él y el pedante de Linderman se arrodilló de fondo, sobre la base del bateador, llorando como un niño pequeño. Todo era ideal, pero entonces su sueño se desvaneció cuando en el mundo real, la bola golpeó su dedo meñique con la fuerza de un misil, provocándole un esguince cuyo dolor fue instantáneo y haciéndole perder de nuevo cualquier opción de integrarse y de acabar disfrutando como los demás muchachos de los improvisados partidos en el barrio.

Linderman fue el primero en burlarse de él mientras corría como un poseso a completar, sin duda, otra carrera para su equipo. Pero Kenny Grant se detuvo poco tiempo a contemplar la reacción de aquel idiota; con la mano dolorida entre los muslos apretados y gritando de dolor, Kenny escudriñó los rostros de sus compañeros de equipo, que con evidente decepción y coincidiendo en el feo gesto de dar por terminado el encuentro, se marchaban indignados y burlándose también de la torpeza del chico.

Intentando no darle mucha importancia, aunque llorando de puro dolor, aquel muchachote patoso, que en el fondo no era más que un crío, se sujetaba con fuerza la mano herida mientras cayó en la cuenta de que, a pesar de que ya todos se marchaban, nadie había ido a recoger la pelota.

Entonces, se dirigió hacia los matorrales que había justo detrás del límite exterior del improvisado terreno de juego (su equipo siempre acababa asignándole la zona más lejana para que Kenny tuviera que intervenir lo menos posible en el juego) y rebuscó dolorido la bola perdida entre los yerbajos y los montones de basura.

La mano le palpitaba como si se la hubiera aplastado un yunque, y entre condones usados, ortigas, latas de cerveza vacías y oxidadas, cartones de vino resecos, revistas rotas y demás productos de trastienda de campo de béisbol de barrio, el muchacho era incapaz de encontrar la pelota que tanto daño le había causado ya (en todos los sentidos).

Pero era tal la cantidad de residuos allí acumulados, y tan desagradable su mera visión, que no es de extrañar que el joven, en plena exploración, para más inri, de su umbral de dolor, pasara por alto la bola, y también el viscoso material rojo y con extraños relieves negros que impregnaba toda aquella montaña de mierda que tenía delante.

Había caído del cielo flotando muy suavemente, como protegiendo su fragilidad, en una especie de cascarón con formas cuadradas y picos salientes que se descascarilló antes incluso de que los muchachos hubieran terminado de formar los equipos. Aquella extraña forma con adornos piramidales y de procedencia extraterrestre acabó descomponiéndose poco después de su impacto y posterior eclosión, pero la sustancia espesa y carmesí que transportaba en su interior había salido a la Tierra y se había agarrado a todo lo que tenía cerca.

Ese extraño invasor líquido y rojo llevaba ya, pues, un buen rato moviéndose libremente por nuestro planeta.

Entonces el muchacho, ignorante de la presencia de aquel autónomo fluido, divisó tras una lata oxidada de aceite de motor la bola maldita que tanto daño estaba a punto de volver a causarle. Kenny se agachó, cogió la pelota de marca Penn asqueado por la sensación de que acababa de pringarse un dedo de mierda, y de pronto el dolor del meñique de su mano derecha ya no existía para él.

Ni tampoco nada más.

Sus ojos se pusieron en blanco en cuanto se irguió, y en menos de un segundo, pasaron a ser dos enormes bolas negras que brillaban con pequeños destellos y sombras de color rojo sangre. De fondo, junto al vallado, el resto de chicos del barrio se alejaban divididos en varios grupos que tomaban distintas direcciones, sin mirar atrás y sin importarles cómo ni dónde estuviera Kenny.

Kenny no se había movido de aquel sitio y de la mano en la que sostenía la pelota comenzaron a brotar, a una alarmante velocidad, unos pequeños hilillos rojizos, parecidos a grotescas venas, que se volvían más gruesos a medida que avanzaban y que tenían la textura de la raíz de una planta.

Las misteriosas raíces escarlata ascendieron hasta el rostro del crío y lo conquistaron por completo antes de que el último de los muchachos abandonara definitivamente aquel recinto abandonando también a Kenny a su suerte. Después se extendieron al resto del cuerpo en un proceso lento y muy doloroso, llegándole a cubrir incluso la totalidad de la cabeza y confiriéndole el aspecto de la versión carmesí de “La Cosa del Pantano”.

Para entonces, solo la oscuridad de la noche y la triste soledad pudieron ver los leves espasmos en el cuerpo del muchacho que, aún erguido, manaba sangre a raudales por la boca, sangre que en su organismo estaba siendo sustituida por otra sustancia distinta.

Una sustancia extraña, roja, desconocida y letal; capaz de doblegar a las personas y a los planetas enteros.

Cuando ya no quedó sangre en su interior, y Kenny dejó definitivamente de ser Kenny, la enorme masa de raíces negras y rojas que antes habían sido un muchacho rubio se movió y comenzó a andar, o al menos a desplazarse, en dirección a los edificios del barrio de Chippers. Minutos más tarde, en el 19 de la calle Franklin, alguien llamó a la puerta y fue Louis Linderman quien la abrió en seguida.

Solo tuvo tiempo de reconocer la pelota de béisbol.

Todo lo demás fue un inmenso e indescriptible dolor.

Un dolor de color rojo.

Deja un comentario